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Si se esforzaba por comprenderlo, tenía la impresión de que se volvería loco, así que centró su atención en la cálida acogida que le dispensaba la voz de su madre.

– ¡Aidan! Me preguntaba cuándo te dejarías caer por aquí.

Aidan la besó en la mejilla.

– Hola, mamá. ¿Ha quedado algo de comida?

Ella lo miró de arriba abajo, escrutándolo con detalle. A Aidan aquel gesto le resultaba familiar; lo miraba del mismo modo que solía hacer con su padre todos los días cuando este regresaba a casa tras haberse pasado la jornada patrullando por la calle. Después de toda una vida al servicio del Departamento de Policía de Chicago, ahora Kyle Reagan disfrutaba de su jubilación. La mujer se secó las manos y acarició la mejilla de Aidan, mirándolo con ojos comprensivos. No haría preguntas a menos que él le diera pie. Era una de las cosas que más apreciaba de ella; una de las cosas que no había encontrado en ninguna otra mujer, y sabía Dios que lo había intentado. Suponía que ese era el motivo por el que a sus treinta y tres años seguía soltero.

– En la nevera hay un plato con las sobras. El pastel aún se está enfriando. -Arqueó una ceja-. Llegas a punto, como siempre.

Él consiguió esbozar una sonrisa cansina.

– Estupendo.

– Estás chorreando, chico. Vas a pillar una pulmonía.

Aidan abrió el frigorífico.

– Es que está lloviendo, mamá, y por la capota del Camaro ha empezado a entrar agua cuando ya estaba de camino hacia casa.

Ella exhaló un suspiro.

– No servirá de nada que insista en que te compres un coche en condiciones.

Él se limitó a sonreír y se sentó ante la gran mesa de la cocina.

– El Camaro tiene doscientos noventa caballos.

La mujer, habituada a su respuesta, alzó los ojos en señal de exasperación.

– Tu padre tiene un poco de cinta de sellado por el garaje. Primero cena y luego ve a arreglar tu tartana.

– Ya lo he hecho -dijo él con la boca llena-. Por el camino he parado en una tienda y he comprado un rollo de cinta. -Cuando hubo dejado el plato limpio, su madre lo retiró y le sirvió otro con un gran pedazo de pastel.

– Sean, Ruth y los niños ya se han marchado, pero Abe y Kristen aún están aquí -explicó ella-. Tu padre le está enseñando a la niña a unir puntos para formar figuras.

Hablaba de Kara, la sobrina de quince meses de Aidan. Su ahijada. Se alegró al pensar en la felicidad que por fin su hermano Abe había encontrado.

– Ya. El todoterreno de Abe está aparcado en medio del camino de entrada, he tenido que dejar mi coche en la calle. ¿Dónde está Rachel? -Su hermana de dieciséis años estaba creciendo demasiado deprisa para su gusto.

– Está en casa de una amiga. Llegará sobre las nueve. Me parece que tiene problemas con algún chico, pero no me ha contado nada. -La mujer arqueó una ceja-. Puedes intentar hablar con ella.

Aidan soltó un gruñido.

– ¿De chicos? No, gracias. Si yo fuera papá la encerraría en su habitación hasta que cumpliera veinticinco años, así nadie tendría que preocuparse por todos esos chicos.

– Tú también fuiste uno de «esos chicos».

– Precisamente por eso.

Ella dio un sorbo de café y se puso seria.

– La semana pasada me encontré a la madre de Shelley en la esteticista.

Aidan apretó la mandíbula. Shelley St. John era un tema prohibido.

– Mamá, hoy no estoy de humor para hablar de eso.

Becca asintió.

– Ya lo sé. Pero no quiero que lo sepas por otra persona sin estar prevenido. Va a casarse.

En otro tiempo eso le habría afectado. Ahora solo sentía repugnancia.

– Ya lo sé.

Su madre abrió los ojos de golpe.

– ¿Ya lo sabes? ¿Y cómo es eso?

– Me envió una invitación. -Un último y estudiado golpe para añadir a la larga lista. Shelley era muy ducha en la traición y el apuñalamiento por la espalda-. Déjalo correr, por favor.

Becca exhaló un suspiro.

– Cómete el pastel antes de que tu hermano vea que te he cortado un pedazo.

– Demasiado tarde -gruñó Abe desde la puerta-. Joder, Aidan, te lo estás comiendo todo.

– Oveja que bala, bocado que pierde -repuso Aidan con prontitud.

Renegando, su hermano cogió un plato y se sentó a la mesa.

– ¿Qué te ha ocurrido? Estás empapado.

Becca colocó la cafetera entre ambos.

– Está lloviendo, Abe -dijo, y Aidan esbozó una sonrisa lastimera.

Pero Abe no sonrió.

– No has dormido, ¿verdad? ¿Sigues trabajando en el caso del pequeño Morris?

Aidan negó con la cabeza.

– Ayer Murphy y yo nos pasamos toda la tarde tratando de localizar al cabrón embustero del padre, pero ha desaparecido. Justo después de medianoche nos llegó un nuevo caso que nos ha tenido ocupados todo el día.

Abe frunció el entrecejo.

– El único caso que se conoce desde ayer por la noche es un suicidio.

Aidan fijó la vista en el pastel.

– En realidad no fue un suicidio.

– ¿Cómo que en realidad no fue un suicidio? -quiso saber Becca-. Suena igual que decir que se está un poco embarazada.

– ¿Quién está embarazada? -Kristen, la cuñada de Aidan, entró en la cocina con un bebé de rizos pelirrojos en brazos. Miró la porción de pastel que quedaba y luego a Abe-: ¡Eh!

– Pregúntale a mamá -dijo él encogiéndose de hombros y extendiendo los brazos para coger al bebé.

– ¿Quién está embarazada? -repitió Kristen, sentándose junto a ellos.

Abe sentó a Kara en sus rodillas y le hizo el caballito.

– Nadie. Aidan tuvo un caso de suicidio anoche.

Kristen hizo una mueca.

– Una noche dura. -Su cuñada sabía mucho acerca de esos casos. Era abogada y trabajaba para el fiscal del estado, de modo que veía cadáveres a diario.

Aidan exhaló un suspiro.

– No sabes de la misa la mitad. La mujer estaba en tratamiento con una psiquiatra que… -Se interrumpió al ver que Abe y Kristen cruzaban una mirada.

– Tess Ciccotelli -dijo Kristen con desánimo-. Así que tú eres quien la ha detenido para interrogarla esta tarde. Joder, Aidan.

Aidan miró sucesivamente a Kristen y a Abe. Kristen parecía furiosa y Abe estaba absolutamente concentrado en arreglar el lazo que adornaba el rizado pelo de Kara. Se había quedado solo ante el peligro.

– ¿Cómo lo has sabido?

– Esta tarde me ha llamado mi jefe para explicarme cuatro cosas sobre el caso y pedirme que me ocupe de él. Me ha encargado que hable con los policías que la han detenido para interrogarla. Yo le he dicho que no podía hacerlo porque Tess y yo llevamos años trabajando juntas. Somos amigas.

– Pues menuda amiga. -Aidan, molesto, clavó el tenedor en el pastel. Aquella mujer tenía más aliados que la OTAN-. ¿Acaso no había nadie más en la sala cuando declaró que Harold Green no era responsable del asesinato de tres niñas y un policía?

Kristen guardó silencio un momento.

– Ella no dijo que no fuera responsable, Aidan.

– Tú no estuviste presente, Kristen -le espetó Aidan en tono de advertencia-. Yo sí.

– No, no estuve en el juicio. Pero hablé con ella antes y después. Acudió a mí, Aidan, porque lo que tenía que hacer la angustiaba. Sabía que la reacción sería violenta. Nunca habría declarado que Green estaba incapacitado para someterse al juicio si no lo creyera de veras. Ella no es así. Esta tarde has pasado con ella muchas horas, seguro que te has dado cuenta.