Aidan se removió en la silla, incómodo porque aún no sabía cómo tomarse lo que había visto y oído.
– Es psiquiatra, Kristen. Sabe mostrarse ante la gente tal como le interesa que la vean.
Kristen apartó el plato de un empujón.
– Es psiquiatra, no bruja. Estás perdiendo el tiempo, Aidan. Descubre quién quería que esa chica muriera y quién odia a Tess lo bastante para meterla en medio. -Se puso en pie con la respiración agitada-. Descubrirás que la lista es muchísimo más larga de lo que piensas.
Aidan se pasó la mano por la cansada cabeza.
– Kristen, por favor.
– ¿Por favor, qué, Aidan? ¿Me pides que haga la vista gorda mientras tú te recreas en tus puñeteros prejuicios? Pues me parece que no voy a hacerlo. ¿Sabes que Tess Ciccotelli perdió el contrato con la fiscalía porque el sindicato de policías presentó una queja?
Aidan pensó en el Mercedes que Tess conducía la noche anterior.
– No, pero me parece que no le faltan ingresos.
Kristen entornó los ojos peligrosamente.
– Muy bien, ¿y sabes que estuvo a punto de morir porque un policía no actuó con suficiente rapidez para defenderla de un chiflado a quien tenía que examinar?
Aidan se estremeció.
– No, no lo sabía.
– Pues pregúntale a Murphy. Él te contará lo que ocurrió. Tess Ciccotelli ya ha pagado bastante por cumplir con su deber. No pienso quedarme cruzada de brazos mientras se la acusa. No puede haber sido ella, coño, y tú lo sabes tan bien como yo.
Becca ahogó un grito y Aidan miró a Kristen perplejo al oír el taco tan insólito en su cuñada. Aidan cubrió con las manos los oídos de Kara.
– Has dicho «coño», Kristen -observó Aidan despacio-. Delante de la niña.
Kristen frunció los labios visiblemente temblorosos. Tenía las mejillas encendidas.
– Lo siento, Abe, pero no siento haber dicho ninguna de las otras cosas. Habla con Murphy, Aidan. Después, haz una lista de todos los criminales a quienes hemos metido entre rejas gracias a Tess. A ver si luego eres capaz de mirarme a los ojos y decirme que no hay nadie que le desee tanto mal como para tenderle una trampa así.
– Tranquilízate, Kristen -musitó Abe-. Aidan llegará al fondo de la cuestión. -Suspiró y siguió haciéndole el caballito a la niña-. Vas a ocuparte personalmente del caso, ¿no?
Kristen negó con la cabeza.
– No, no puedo ser objetiva. Todo junto me parece una gran injusticia. Patrick sí que cree poder ser objetivo, así que a partir de ahora se ocupará él. -Dirigió a Aidan una severa mirada-. A menos que durante la investigación se descargue a Tess de toda responsabilidad.
Aidan también la miró a los ojos. Que supiera, su cuñada no se equivocaba nunca con respecto a alguien a quien defendía con tanta vehemencia. Ella más que nadie se aferraba a la inocencia de Ciccotelli.
– Hoy antes de salir de la comisaría he pedido al personal del archivo una lista de todos los delincuentes contra los que ha declarado. Supongo que la tendré mañana por la mañana.
Ella respiró hondo.
– Gracias.
– Le preguntaré a Murphy por ese… chiflado que trató de herirla.
– Y que lo consiguió -repuso ella en tono quedo-. Averigua más cosas sobre Tess, Aidan. Descubrirás que te equivocas con ella.
– Eso espero, Kristen. De todos modos, tengo que hacer mi trabajo.
Ella arqueó una ceja.
– Cuento con ello.
Domingo, 12 de marzo, 20.30 horas.
Ahora Ciccotelli estaba en su casa, sana y salva. A través de la ventana se la veía claramente. Gracias a los prismáticos, por supuesto. Qué herramienta tan importante. No había que salir nunca de casa sin ellos. Los cuchillos y las pistolas llamaban la atención, pero nadie se fijaba en alguien que andaba por la calle con unos prismáticos colgados del cuello, y, de todos modos, si alguien preguntaba, siempre podía decir que le fascinaban los pájaros.
Venga ya. Cómo le fastidiaban esas criaturas de mala muerte que piaban sin cesar. Salvo las aves rapaces que observaban en silencio desde las alturas y que se lanzaban en picado sobre las desprevenidas víctimas, con las garras a punto de rasgar la carne como si fuera papel. Las aves rapaces eran criaturas dignas de ser admiradas. E imitadas.
Su desprevenida víctima estaba sentada ante la mesa del comedor, trabajando con su portátil. Llevaba tapones en las orejas y de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar por la ventana que ponía Chicago a sus pies. Resultaba verdaderamente curioso que las personas que gozaban de una ventana situada a cierta altura no cayeran en la cuenta de que, igual que ellas veían el exterior, desde fuera se veía el interior. De hecho, resultaba igual de fácil. Y en esos momentos incluso aburrido.
No estaba en la cárcel, lo cual por muy decepcionante que resultara era de esperar. Aún había bastantes personas con una opinión de Tess Ciccotelli lo bastante buena para defenderla ante unos cargos que parecían absurdos. ¿Qué motivo tendría para hacer una cosa así?, preguntarían. Una respetable psiquiatra, merecedora de muchas menciones… Una risa rompió el silencio. Al día siguiente a esas horas la policía habría dado con el motivo, y el grupo de sus leales defensores pronto empezaría a menguar.
Pero, por si acaso, tenía que haber más víctimas. Y las habría.
Tenía memorizado el número de Nicole, con solo pulsar una tecla el teléfono empezó a sonar; y, como era una chica muy diligente, respondió a la primera llamada.
– ¿Diga? -Su voz sonaba ronca.
– ¿Qué coño has hecho con la voz? -Lo normal era que una actriz cuidara su voz, pero parecía que Nicole había estado llorando. Era una debilucha. Tendría que vigilarla de cerca. Tal vez hiciera falta otra visita a su hermano pequeño para asegurarse de que continuara cumpliendo-. Más vale que estés preparada para otra interpretación.
Nicole se aclaró la garganta.
– No es nada, estoy bien.
– Mejor para ti. He invertido mucho tiempo y mucho dinero en tu voz, Nicole. Por favor, no olvides que la salud de tu hermano depende de ti y solo de ti.
– ¿Qué quiere? -preguntó Nicole, y sus palabras sonaron como si las pronunciara entre dientes.
– Que estés en la esquina de Michigan Avenue con la calle Ocho a las once en punto. Ponte la peluca.
Hubo un instante de silencio y luego volvió a oírse la voz de Nicole, asustada y sin apenas fuerza.
– Me dijo que no tendría que volver a hacer nada hasta dentro de unos días.
– He cambiado de idea. A las once, Nicole. -«Tú y yo vamos a hacer una visita, al señor Avery Winslow.» El rostro de Winslow, con su triste y abatido aspecto de basset, aparecía en la primera fotografía del montón. La siguiente foto mostraba el rostro del pequeño Avery. Pobre señor Winslow, qué forma tan horrible de perder a su hijito. Era perfectamente comprensible que el padre se sintiera culpable, y era normal que hubiera buscado la ayuda de un psiquiatra. Lo imperdonable era que su psiquiatra fuera Tess Ciccotelli.
Lo de Avery Winslow llevaba tres semanas cociéndose. En su piso estaba todo preparado. Había llegado el momento de pasar al segundo acto.
Pobre señor Winslow. Lo cierto era que no se trataba de nada personal. No tenía nada contra él. Pero Ciccotelli… era harina de otro costal. Lo suyo sí que era personal.
Muy pronto estaría muerta. Pero antes aún tenía que sufrir lo suyo.
Domingo, 12 de marzo, 23.30 horas.
«Demasiado tarde, demasiado tarde. Llego demasiado tarde.» La frase se repetía en la mente de Tess una y otra vez mientras se abría paso entre la multitud. No podía ver nada entre tantos hombres; todos eran altísimos y morenos. Y todos estaban muy enfadados.
«Están enfadados conmigo.» Consiguió pasar delante del primer hombre y se detuvo en seco. A sus pies yacía Cynthia Adams. Muerta. «Demasiado tarde.» Uno de los hombres se agachó, metió la mano en el destripado cadáver de Cynthia y le arrancó el corazón; lo sostenía en la mano, y seguía latiendo.