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– Cógelo -le ordenó. Los ojos azules del hombre brillaban en la oscuridad de la noche.

– No, no. -Ella retrocedió. El corazón aún palpitaba. La sangre chorreaba entre los dedos del hombre y caía sobre el pálido rostro de Cynthia. Y mientras la sangre iba salpicando su rostro, los ojos de Cynthia se abrieron de golpe y la miraron. Una mirada apagada y vacía.

Tess se dio media vuelta con un grito contenido en la garganta. Pero se quedó petrificada. La policía. «Vienen a por mí.» Los hombres uniformados llegaban hasta donde su mirada podía alcanzar. Ojos acusadores. «Corre. Despiértate. Mierda, despiértate y corre.»

– Tess. Mierda, Tess, despierta.

Oyó un grito; era muy agudo y denotaba terror. Se percató de que procedía de su propia boca. Tess levantó la cabeza de la mesa del comedor y abrió los ojos de golpe; aún lo veía todo borroso. Pestañeó varias veces y sus ojos enfocaron la imagen de un rostro. Le resultaba familiar. Ojos castaños; cabello bermejo, muy corto. Unos dedos le retiraron los tapones de los oídos. Unas manos fuertes agarraron su rostro. Su tacto era real, cálido.

«Jon.» Jon estaba allí. Estaba a salvo. No se la llevarían. Ese día no.

Seguía teniendo el pulso desbocado, pero volvía a respirar.

– Dios, Jon.

Jon Carter sostenía su rostro entre sus manos de cirujano; sus hábiles dedos le rodeaban el cráneo mientras con el pulgar le acariciaba las mejillas, aguardando a que se recobrara. Tess asintió con gesto trémulo y se recostó en la silla. Él tomó otra silla y se sentó a horcajadas mientras la observaba con detenimiento.

– Estoy bien. He tenido una pesadilla, eso es todo.

– Ya. -Él bajó los dedos hasta su carótida y los mantuvo allí mientras le tomaba el pulso.

– Te he dicho que estoy bien. -Se retiró el pelo del rostro-. Solo ha sido una pesadilla.

– Gritabas tan fuerte que te he oído desde el rellano. Mierda, Tess, me has dado un susto de muerte. Menos mal que tenía la llave, si no habría tenido que avisar a la policía. -Se estremeció-. Parecía que te estuvieran arrancando las entrañas.

Ella dio un respingo al recordar vívidamente el corazón del sueño.

– No tiene gracia, Jon.

– No pretendía hacer ningún chiste. -Sus cejas rojizas se unieron en un ceño de preocupación y desconcierto-. Menudo sueño. ¿Qué ha pasado?

Tess se puso en pie, y le fastidió notar que las rodillas se le doblaban como si fueran de goma.

– ¿Cómo es que has venido?

– Estaba preocupado por ti. Has avisado a Amy de que no ibas a venir a comer y no me has llamado para decirme que estabas bien. He estado llamándote toda la tarde pero no contestabas, así que me he acercado hasta aquí al terminar el turno.

– He desconectado el teléfono para poder dormir.

– No estabas durmiendo -observó él.

Lo había intentado, varias veces, pero el maldito sueño la despertaba una y otra vez. Aunque no había gritado ninguna vez más, que supiera.

– Ahora sí.

– Ya. En la mesa, con la cara encima del teclado del ordenador. Pues me parece que a esos chismes electrónicos no les van muy bien las babas. ¿Qué está pasando, Tess?

Él la siguió con la mirada mientras ella probaba a dar un paso en dirección a la cocina y luego otro.

– ¿No te lo ha contado Amy?

– No. Solo me ha dicho que tenías un problemilla y se ha marchado para recogerte, acompañarte a casa, ayudarte a meterte en la cama y arroparte bien. Pero me parece que la cosa es un poco más grave.

– Vaya con el secreto profesional. Así que Amy sabe ser discreta. Bueno es saberlo. -Tess llegó hasta el frigorífico y se apoyó en la puerta, aún temblorosa-. Voy a servirme un vaso de vino. ¿Quieres otro?

Él la había seguido y ahora estaba apoyado en la puerta de la cocina con el entrecejo fruncido.

– No. ¿De qué secreto profesional hablas? Amy me ha dicho que se te había estropeado el coche.

– Pues lo ha dicho para no contarte que he solicitado sus servicios. -Tess dio con el sacacorchos y se alegró de tener algo entre las manos para no temblar tanto-. Soy sospechosa.

Jon frunció el entrecejo aún más.

– ¿Cómo? ¿De un crimen?

Tess soltó una risa nerviosa mientras extraía el tapón de corcho de la botella.

– Y menudo crimen. Sírvelo tú, ¿quieres? Todavía me tiemblan las manos. -Él le sirvió un vaso y Tess lo vació de tres ruidosos tragos-. Más.

Jon obedeció en silencio y ella se llevó el vaso al comedor y volvió a sentarse cómodamente en la silla.

– Anoche se suicidó una paciente mía.

– ¿Tiene que ver con la llamada que recibiste? ¿Por eso me pediste que te acompañara?

Ella sacudió la mano.

– Sí, pero habría acabado pasando de todos modos, así que no tengas remordimientos. Siéntate, cariño. Voy a contarte una cosa.

Él se sentó y ella se lo contó todo, desde la mirada acusadora de los ojos de Reagan hasta el encuentro con la joven periodista al salir de la comisaría.

Jon permaneció unos momentos sin decir absolutamente nada.

– Menuda locura -soltó al fin.

Tess se echó a reír.

– Supongo que es una palabra tan apropiada como cualquier otra. -Empujó su vaso hasta que chocó con la botella que él había depositado en la mesa-. Más, por favor.

Él le sirvió el que ya era el cuarto vaso.

– ¿Te han acusado?

– Aún no. Estaría bien que te quedaras en la ciudad. Tal vez te necesite para que testifiques en mi favor.

Él frunció el entrecejo.

– No le encuentro la gracia, Tess.

Ella ladeó la cabeza.

– No tenía intención de hacerme la graciosa. Tengo problemas serios. -Señaló las cintas magnetofónicas apiladas junto a su radiocasete-. Y en ninguna cinta he encontrado nada que me dé una pista. Cynthia no mencionó a nadie en concreto en ninguna de las sesiones, y eso que hay grabadas cinco horas. Lo he transcrito todo palabra por palabra.

Jon respiró hondo, pensativo.

– ¿Y ahora qué?

Tess se encogió de hombros.

– Lo primero es terminarme el vino. Luego tengo que dormir, en condiciones. Espero que tanto vino me deje grogui y no vuelva a tener ese puñetero sueño. Mañana le llevaré las transcripciones a Reagan. Después, si durante la noche no ha dado con nada que le sirva para arrestarme, iré al hospital y pasaré consulta. -Volvió a encogerse de hombros-. A partir de ahí, todo son conjeturas.

– ¿Estás segura de que es eso lo que quieres hacer?

Ella esbozó una sonrisa ladeada y empezó a dar golpecitos con una uña en la botella casi vacía; había bebido lo bastante para sentirse contentilla.

– Ya lo he hecho. Llevo cuatro vasos.

– Tess -Jon le dirigió una mirada de advertencia-, me refiero a si te parece sensato darle al detective esa información. Puede que fuera uno de los que te fastidió el contrato.

– Es posible. De hecho, es probable. Aun así, Murphy y él son mi única oportunidad de que todo esto se resuelva, por ahora. Si ellos la cagan, hablaré con su jefe. A Spinnelli sigo cayéndole bien. De momento será mejor que colabore con los detectives. -Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos-. Jon, a Cynthia Adams la mataron; está tan claro como si la hubieran empujado literalmente por el balcón. Si tengo oportunidad de ayudar a Reagan a descubrir quién ha sido, todo esto se terminará y yo podré retomar mi vida. -Se esforzó por ponerse en pie, y esa vez agradeció que él la ayudara-. Ahora necesito dormir. -Se apoyó en el hombro de Jon y regresó al dormitorio.

Ella soltó una risita cuando él la empujó para meterla en la cama y le quitó los calcetines. Tess se apoyó sobre los codos y le sonrió. Jon era muy atractivo, y había oído más de un rumor sobre lo hábil que era con las manos al margen de la cirugía. Pero ellos no eran más que amigos, entre ambos no había nada de química. Después de Amy, Jon era el mejor amigo de Tess; además, estaba comprometido y era hombre de una sola relación. Aun así, no pudo resistir la tentación de provocarlo.