– Hace mucho tiempo que no me acuesto con un hombre, Jon. ¿Seguro que no quieres quedarte?
Él le sonrió.
– Es una proposición tentadora, Tess. Pero ¿qué diría Robin?
Ella cerró los ojos.
– No tiene de qué preocuparse, estás a salvo de mis terribles garras. -Soltó otra risita. Se sentía lo bastante reconfortada y relajada para encontrarse a gusto-. Dile a Robin que no te he puesto un dedo encima. -Se acurrucó en la almohada, y exhaló un suspiro cuando él le retiró el pelo de la cara. Empezaba a adormilarse-. Otra vez me toca dormir sola.
Jon vaciló.
– Tess.
Ella abrió un ojo. La expresión de él le transmitió a Tess pesadumbre y a la vez hizo que, inesperadamente, una profunda nostalgia invadiera su corazón. Era el vino, se dijo. «Porque lo de ese hijo de puta lo tengo superadísimo.» Hacía más de un año que no se acostaba con Phillip Parks, y no lo echaba de menos. Por lo que a ella respectaba, podía irse al carajo. Sin embargo, sí que echaba de menos… estar con alguien, suponía. Se removió un poco y aquel pensamiento se esfumó. Al día siguiente tendría tiempo de sobras para reflexionar sobre su vida. «Sobre todo si Reagan consigue detenerme.»
– Estoy bien, Jon. Ve a casa con Robin. Cierra la puerta con llave y no dejes que Bella salga. -Como si hubiera oído su nombre, la gatita parda de Tess se subió a la cama de un salto, se enroscó junto a ella en la almohada y empezó a emitir un fuerte ronroneo.
– Llámame mañana, Tess.
El sueño la estaba venciendo. Por fin. Menos mal.
– De acuerdo.
Capítulo 5
Lunes, 13 de marzo, 7.40 horas.
«Daniel Morris, seis años y dos meses de edad. Causa de la muerte: asfixia. En los pulmones se han encontrado restos de fibra correspondientes a una almohada de espuma.»
«Mierda.»
Aidan soltó el informe del forense sobre su mesa de trabajo y se tragó la bilis que se le había subido a la garganta. El cabrón del padre había ahogado a su hijo con una almohada, luego le había roto el cuello y lo había tirado por la escalera para ocultar el crimen. Aidan apretó los dientes. Encima, la madre del pequeño le había seguido la corriente, y eso aún empeoraba las cosas. Cerró los ojos y tomó aire por la nariz. «Cálmate. No conseguirás hacerle justicia al niño si pierdes los nervios.» Oía la voz de Murphy en su cabeza, firme y tranquilizadora, igual que cuando ambos, codo con codo, habían presenciado cómo el forense cerraba la cremallera de la bolsa que contenía el pequeño cadáver el viernes por la noche.
«Caray.» Tragó saliva y frunció los labios; detestaba notar que se le humedecían los ojos. «Piensa en otra cosa, en cualquier otra cosa.» Pensó en Cynthia Adams y en Tess Ciccotelli. Había cumplido la promesa que le había hecho a Kristen y se había centrado solo en Adams, en descubrir quién deseaba su muerte. Se había presentado en la asesoría financiera en la que trabajaba la chica para averiguar por dónde solía dejarse caer en su tiempo libre. Se estremeció al reparar en lo inapropiada que resultaba la expresión.
Decidió seguir la pista de los lirios. Seguro que en la tienda recordarían quién había comprado tantas flores, y…
– ¿Detective?
La voz que irrumpió sin previo aviso hizo que se levantara de un salto. Al alzar la mirada vio a Tess Ciccotelli de pie junto a su mesa con cara de preocupación. El pulso, que había empezado a recuperar su ritmo normal, volvió a acelerársele de golpe y por unos instantes todo cuanto pudo oír fue el bombeo de su propia sangre. El martilleo persistía mientras miraba a la chica de arriba abajo.
Ese día iba vestida como una profesional y llevaba un abrigo de color tabaco en el brazo. Había sustituido los vaqueros ajustados y la chaqueta roja de piel por un entallado traje pantalón gris marengo que le confería un aspecto más formal. Ya no lucía los rizos rebeldes; se había alisado el pelo y lo llevaba recogido en la nuca, aunque había dejado unos cuantos mechones sueltos para suavizar sus facciones. El maquillaje era más discreto, nada de pintalabios carmín. La única nota de color la proporcionaba una bufanda de seda roja anudada al cuello con holgura. En lugar de las botas de tacón de aguja lucía unos prácticos mocasines planos muy brillantes. Parecía una modelo de portada vestida de Empresaria del Año; de no haber visto el aspecto tan extremado del día anterior no creería posible tal transformación.
La cuestión era que llevara o no indumentaria formal, fuera o no una lagarta calculadora, resultara o no sospechosa… al mirarla se le hacía la boca agua, lo que la convertía en una mujer peligrosa, de las que se miran pero no se tocan, daba igual quiénes fueran sus devotos. Aidan volvió a levantar la vista hasta cruzarla con la de ella.
– Doctora Ciccotelli, no he oído el timbre del ascensor.
Ella había soportado el escrutinio sin pronunciar palabra.
– Es que he subido por la escalera. Detective Reagan, siento molestarle tan temprano -dijo en tono suave-. Esta mañana tengo que pasar consulta y antes quería dejarle esto. No iba a subir, pero el oficial de guardia me ha dicho que estaba en el despacho y me ha hecho pasar.
Alzó un hombro y con expresión irónica añadió:
– Supongo que no ha oído las noticias.
Aidan señaló la silla que había junto a su mesa.
– ¿Le apetece un café?
– ¿De su cafetera? -La chica esbozó una sonrisa ladeada y Aidan se sintió atraído por ella a la vez que trataba con todas sus fuerzas de evitarlo-. Seguro que quiere envenenarme. No, gracias, detective. -Volvió a ponerse seria y sacó de su maletín un sobre de papel manila-. Me quedé hasta tarde transcribiendo las cinco últimas visitas que hice a Cynthia Adams. He pensado que podrían servir para… arrojar un poco de luz mientras investigan su muerte.
No era eso lo que esperaba que dijera, pero de todos modos tomó el sobre y vació su contenido en la mesa. Había un montón de hojas mecanografiadas y cinco cintas magnetofónicas.
– ¿Graba las visitas?
– No todas, solo las de algunos pacientes, y siempre con su permiso.
– Así que Cynthia Adams le dio permiso para grabarla.
– Al principio, no. Cuando empezó a acudir a la consulta negaba los aspectos más desviados de su conducta. Me contó lo de las citas.
– Lo de los amantes.
– Lo de las relaciones de una sola noche -lo corrigió-. Pero en la siguiente visita lo negó todo. Por eso la convencí de que me permitiera grabar la conversación, para que luego pudiera oír lo que me había contado. -Su expresión se tornó sombría-. Se quedó… destrozada. Pero al menos nos sirvió para tratar el verdadero problema.
Aquella mujer no era para nada tal como esperaba. Supuso que Kristen no se hubiera sorprendido, ni tampoco Murphy, ni Spinnelli.
– Se refiere a la depresión.
– Sí. Tenía que controlarla porque influía en el resto de su conducta.
– Como en el intento de suicidio de hace un año.
– Y en su parafilia… su adicción al sexo -aclaró-. Para Cynthia era una compulsión, posiblemente se tratara de una forma de controlar a los hombres y a su propio cuerpo al mismo tiempo.
– Porque su padre había abusado de ella.
– Sí. Casi nunca invitaba a su casa dos veces al mismo hombre, por mucho que él insistiera.
Aidan tomó el montón de papeles y empezó a hojearlos.
– ¿Quién insistió?
– Unos cuantos. He subrayado los nombres de los que sé que lo hicieron, pero Cynthia no me facilitó los apellidos, y creo que la mitad de las veces se inventaba los nombres.
– Entonces, ¿cómo sabe que el resto era verdad?
Ciccotelli exhaló un suspiro, parecía cansada.
– Uno de los medicamentos que tomaba puede causar hepatotoxicidad, así que tenía que hacerse análisis de sangre con frecuencia. El hígado no estaba afectado, pero le encontraron gonorrea, la había contraído una de esas noches. Quién sabe a cuántos hombres contagió. Por ley, me vi obligada a denunciarlo al Departamento de Sanidad. Hablé con una tal señorita Tuttle, ella se ocupó del caso de Cynthia. Acordamos que le contaría a mi paciente lo de la enfermedad de transmisión sexual y también que había dado parte de ello. -Respiró hondo-. Cynthia se enfadó muchísimo conmigo por haber vulnerado su privacidad. Me aseguró a grito pelado que eso le costaría el puesto de trabajo. Fue la penúltima vez que la vi. Me juró que no volvería.