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Era mucho más inestable emocionalmente que Cynthia Adams. Ella había aguantado bien el tipo, era toda una experta en negar la existencia de lo que más temía. El proceso había resultado muy irritante; cada vez que Adams estaba cerca de su objetivo, acababa negándose a creer lo que había oído y retrocedía. A veces incluso negaba haber tenido una hermana. Fue necesario aumentarle tres veces la dosis de «medicación» para que se trastocara lo suficiente, y al final había tenido que utilizar sustancias poco corrientes. La fenciclidina era lo que la había hecho venirse abajo.

Los lirios habían dado un toque de gracia, y la fotografía de su hermana con la soga al cuello había sido la guinda del pastel. Del pastel de cumpleaños. El calendario había desempeñado un papel muy importante en el derrumbe psicológico de la señorita Adams.

Y el calendario también sería la clave para derribar al señor Avery Winslow.

Eso y el llanto constante de un bebé. Magistral.

Si la pequeña y encantadora Nicole estaba cumpliendo con su deber, en ese mismo instante el pobre señor Winslow estaría recibiendo una más de las oportunas fotografías que lo llevarían a la perdición.

Y con él arrastraría a la doctora en quien tanto confiaba, Tess Ciccotelli.

Lunes, 13 de marzo, 9.45 horas.

Patrick Hurst, el fiscal del estado, arrojó el periódico sobre la mesa con indignación.

– Mierda. Esto es horroroso, Marc, verdaderamente horroroso.

Jack Unger, de la policía científica, arrastró el periódico hasta su lado de la mesa y lo estudió.

– ¿Quién es el confidente anónimo de Bremin?

Murphy frunció el entrecejo.

– No lo sabemos, no estuvo allí la otra noche. En cambio la fotógrafa sí. Los dos agentes que llegaron primero al lugar de los hechos recuerdan haber visto a Carmichael entre la multitud, pero aseguran que no le dirigieron la palabra.

– Cualquier persona que ayer estuviera de servicio pudo vernos entrar con Ciccotelli. -Aidan se encogió de hombros con incomodidad al recordar lo furioso que se había puesto. Bastaba con observar su mala cara para comprender lo que ocurría-. Su abogada firmó la hoja de registro al entrar, así que cualquiera que la consulte sabrá que estuvo aquí. Muchas personas debieron de verlas salir juntas, pero nadie admitirá haber avisado a la prensa, Marc, aunque sabemos que cualquiera lo habría hecho con gusto.

Spinnelli dobló el periódico de modo que el rostro de Ciccotelli quedara oculto.

– Es cierto. Investigaremos la filtración al mismo tiempo que lo demás, como siempre hemos hecho. ¿Cuál es, pues, la verdadera razón de que te tengamos aquí, Patrick? Tu visita me parece un poco… prematura.

El fiscal suspiró.

– He venido porque lo ocurrido tiene implicaciones que van mucho más allá del hecho de que Tess Ciccotelli sea inocente o culpable, incluso de descubrir quién hizo una cosa así a esa pobre mujer.

– Cynthia Adams -dijo Aidan con suavidad, y arqueó las cejas al ver que Patrick lo miraba con extrañeza-. Así es como se llamaba esa pobre mujer.

La mirada del fiscal se llenó de compasión.

– Ya lo sé, detective, pero de momento no podemos siquiera asegurar que la muerte de la señorita Adams fuera un homicidio. -Levantó la mano antes de que Aidan pudiera protestar-. Lo investigaréis y descubriréis quién lo hizo. No estoy diciendo que debáis abandonar el caso. De hecho, quiero que os apliquéis. El gran problema es que está en juego la credibilidad de la doctora Ciccotelli en la resolución de casos pasados. Gracias a Bremin y al Bulletin, ya es del dominio público que la detuvieron para interrogarla. Todos los abogados defensores que han perdido casos en los que Ciccotelli ha declarado pedirán la apelación, y para mi despacho eso será desastroso. ¿Sabéis en cuántos casos ha intervenido en los últimos cinco años?

«Sí», pensó Aidan. Lo sabía con exactitud. Y Kristen tenía razón, Harold Green era una excepción. Tess Ciccotelli había hecho todo lo posible y más para quitar de en medio a unos cuantos malhechores. Al descubrirlo se le habían bajado los humos.

– En cuarenta y seis -masculló.

El bigote de Spinnelli se frunció siguiendo la forma de sus labios.

– ¿Cómo?

Aidan se aclaró la garganta.

– La doctora Ciccotelli ha declarado en cuarenta y seis casos. Ayer fui al archivo y pedí que me imprimieran la lista; la he recogido de camino hacia aquí. -Arrojó la lista en el centro de la mesa.

– ¿Cuántas condenas, Aidan? -le preguntó Spinnelli.

– Treinta y una de los cuarenta y seis casos.

Murphy apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.

– Santo Dios.

Patrick tomó la lista con mala cara.

– Treinta y una apelaciones posibles. ¿Sabéis cuánto tiempo robará eso al personal de mi oficina?

– No quiero ni pensarlo -respondió Spinnelli-. Vamos a desvincular cuanto antes a Tess de todo esto y así tus hombres podrán dedicarse a hacer que condenen a unos cuantos gilipollas más. ¿Qué tenemos, aparte de las huellas dactilares que encontraron en el piso de Adams?

– Su voz grabada en el contestador -respondió Aidan.

– Enviaré la cinta al departamento técnico para que dibujen una gráfica -sugirió Jack.

Patrick negó con la cabeza.

– No servirá para probar nada.

– Pero si las gráficas son distintas, Ciccotelli quedará libre de sospechas -arguyo Jack-. Ese tipo es muy bueno, Pat. Vale la pena invertir un poco de tiempo.

– Entonces de acuerdo -convino Patrick.

– Entonces necesitamos que la doctora Ciccotelli venga y nos proporcione una muestra de su voz para poder comparar las gráficas. -Aidan lo anotó-. Hasta ahora ha colaborado, así que no creo que ponga ninguna pega. ¿Qué hay de la pistola que enviaron a Adams?

– La limpiaron para no dejar huellas, y también han lijado el número de serie pero creo que podré conseguir que se lea. -Jack miró a Spinnelli-. Supongo que el caso es de alta prioridad.

– Supones bien. ¿Qué más?

– Estamos siguiendo la pista de los lirios -añadió Murphy-. Hasta ahora hemos encontrado tres floristerías que vendieron muchos el sábado. Esta tarde pasaremos por allí, pero antes tenemos que ir a la asesoría donde trabajaba Adams. Está claro que alguien la odiaba lo suficiente como para desear su muerte. Sabemos que tuvo muchos amantes y es probable que varios se llevaran un regalo de despedida bastante desagradable. Puede ser que alguno de ellos se cabreara y quisiera matarla.

Aidan echó un vistazo a la lista de casos en los que Ciccotelli cabía declarado y la recordó sentada sola en la sala de interrogatorios el día anterior. «¿Por qué me utilizan?», se había preguntado. Tal vez el objetivo final fuera ella.

– También puede ser que Cynthia Adams no fuera más que un medio para conseguir una apelación.

Patrick arqueó las cejas sorprendido.

– Me parece que hay formas más sencillas.

– Estamos haciendo demasiadas conjeturas -soltó Spinnelli-. Volvamos a los hechos. ¿Qué hay de los correos electrónicos? ¿Habéis podido seguirles la pista?

– Lo he dejado en manos del departamento técnico, les pediré que se den prisa con eso también. -Jack frunció el entrecejo y desdobló el periódico-. Esta foto fue tomada después de que la mujer cayera al suelo; inmediatamente después, quiero decir, tal vez hubieran pasado unos treinta segundos, o como mucho un minuto.

Aidan se inclinó para verla más de cerca.

– ¿Cómo lo sabes?

– Mira la zona del pavimento alrededor de su cabeza. No se ve ningún charco de sangre todavía. A Aidan se le aceleró el pulso.

– Ciccotelli aseguró que recibió una llamada anónima diciendo que Adams estaba a punto de tirarse por el balcón a las doce y seis minutos. Los dos testigos, en cambio, dicen que eran las doce y cinco cuando se tiró.