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– Pues a mí me parece que no es eso lo que creen.

– Tal vez Todd Murphy no, pero ese tal Reagan lo tiene clarísimo.

Tess pensó en Reagan, en la forma en que le había planteado las preguntas por la mañana.

– Me parece que él tampoco me cree culpable. De todos modos, no podrán acusarme porque no he hecho nada.

La carcajada que soltó Amy no le resultó precisamente agradable.

– Como si eso tuviera algo que ver. Despierta de una vez, Tess. Todos los días me dedico a defender a gentes que piensan que no podrán acusarlas porque no han hecho nada. ¿Qué te hace pensar que tú eres distinta?

Tess cerró de golpe el maletín, un repentino ataque de pánico hizo que el pulso se le acelerara vertiginosamente.

– Que yo no pienso que soy inocente, lo soy.

La ofensa hizo centellear los ojos de Amy.

– No represento a alguien si creo que es culpable, Tess.

Los hombros de Tess se hundieron.

– Lo siento, no pretendía herir tus sentimientos. -Posó la mano en el brazo de Amy y notó que su amiga estaba tensa-. Sé que para ti la ética profesional es tan importante como para mí.

Amy asintió con gesto forzado.

– No tiene importancia. -Pero sí que la tenía, y no resultaba difícil darse cuenta. De todos modos, Amy irguió la espalda y prosiguió-. Mira, yo opino que tienes que atacar el problema de frente. Llama al periódico y cuéntales tu versión. Haz que Bremin se muera de ganas de adelantarse a los acontecimientos.

Todo el día, Tess había estado pensando en un plan similar.

– De acuerdo. ¿Conoces a alguien que trabaje en un periódico? ¿Alguien que te merezca confianza?

– Sí. Yo me encargo de concertar la cita. Ya te diré con quién tienes que encontrarte y cuándo. -Amy levantó un dedo en señal de advertencia-. No hables con nadie excepto con quien yo te diga. Prométemelo.

– De acuerdo. -Tess miró el reloj y frunció el entrecejo-. Tenía que ver a un paciente a las tres. ¿Quién era? -Se mordió el labio tratando de recordarlo. Se trataba del señor Winslow, un hombre muy triste. Al oír su caso se le había partido el corazón-. Amy, tengo que ver a un paciente. Te llamaré al despacho cuando termine.

Amy se estaba abrochando el abrigo cuando alguien llamó flojito a la puerta. Denise asomó la cabeza.

– Doctora, tengo unos veinte mensajes para usted. La mayoría son de periodistas, pero también han llamado seis pacientes. -Frunció el entrecejo-. Tres han cancelado la visita de mañana.

Tess suspiró, tomó el montón de notas que le tendía Denise y les echó un vistazo.

– Supongo que es normal que haya bajas.

– Un tal detective Reagan ha llamado dos veces. Ha dicho que se pusiera en contacto con él en cuanto estuviera libre, que se trataba de algo urgente. Me ha dejado su número de móvil. Ah, y tiene una llamada por la línea uno; se trata de una vecina del señor Winslow. Insiste mucho en hablar con usted y no quiere dejar ningún mensaje.

Tess dio un respingo, la palabra «vecina» hizo que se le cayera el alma a los pies.

– ¿Cómo?

– Una vecina del señor Wins…

Tess se abalanzó sobre el teléfono.

– Mierda, mierda.

Descolgó el auricular con manos temblorosas.

– ¿Diga?

– ¿Doctora Ciccotelli?

No era la misma mujer, esta parecía mayor que la que decía ser vecina de Cynthia Adams. «Joder.» Con un gesto de la mano, indicó a Denise y a Amy que guardaran silencio. Respiró hondo y se esforzó por hablar con voz serena.

– Sí, soy yo. ¿Qué quiere?

– Soy vecina de uno de sus pacientes, Avery Winslow. Estoy preocupada por él, lleva todo el día encerrado en el piso, llorando. He llamado a la puerta para ver qué ocurría pero me ha pedido que me marchara. Tenía… Tenía una pistola en la mano, doctora.

«Santo Dios.»

– ¿Ha llamado a la policía?

– No, solo a usted. Dios mío, tendría que haber llamado al 911. Ahora mismo lo haré.

– No, ya llamo yo. Gracias, señora… -Pero oyó cómo colgaba-. Mierda. -Temblando, hojeó las notas hasta dar con la de Reagan-. Joder, qué mierda. Denise, llama al 911. Tenemos que enviar a la policía a casa del señor Winslow, diles que va a suicidarse. Consígueme la dirección; te llamaré desde el coche para pedírtela. ¡Muévete, Denise!

Blanca como el papel, Denise desapareció dispuesta a hacer lo que le pedía.

– Mierda. ¿Dónde tengo el móvil?

Amy metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de Tess.

– Está aquí. Tranquilízate, Tess.

– No puedo.

Un sollozo de terror afloraba a la garganta de la psiquiatra, pero consiguió ahogarlo mientras marcaba el número de Reagan. Cuando él respondió, ya había cogido su abrigo y había salido del despacho.

– Reagan.

– Detective Reagan, soy Tess Ciccotelli.

– Doctora Ciccotelli, llevo toda la tarde tratando de hablar con usted. -Su voz denotaba otra vez tensión, enfado-. Hemos…

– Sea lo que sea, tendrá que esperar. -Pasó por delante del ascensor y bajó corriendo la escalera sin apenas prestar atención a Amy, que le pisaba los talones-. Necesito su ayuda. He recibido otra llamada.

– ¿De quién?

– Está relacionada con Avery Winslow. En este mismo momento mi secretaria está llamando al 911. Llámela a ella si necesita la dirección de Winslow. Yo estoy de camino. Me gustaría que nos encontráramos allí.

– Ahora mismo voy.

– Dese prisa, detective. -Colgó de golpe el teléfono e irrumpió en el aparcamiento-. Tengo el coche allí.

– Iremos con el mío. -Amy la asió del brazo y la obligó a cambiar de sentido-. No estás en condiciones de conducir.

Tardaron solo unos instantes en llegar hasta el Lexus de Amy, pero les parecieron siglos. Tess aún temblaba cuando esta salió del aparcamiento y se incorporó al tráfico.

Dio un respingo cuando su amiga le oprimió la mano con suavidad.

– Respira, Tess, respira. Me daré toda la prisa que pueda.

Lunes, 13 de marzo, 15.45 horas.

– ¿Ves alguna tarjetita de regalo? -preguntó Murphy.

Aidan se puso de pie, sostenía el Colt 45 del señor Avery Winslow entre dos dedos enguantados.

Al hombre ya no le hacía ninguna falta.

– No. -En el salón de casa del señor Winslow solo se observaban sesos y fragmentos de huesos del cráneo esparcidos por toda la estancia. La pared más cercana al ordenador había quedado cubierta de despojos, también la pantalla estaba llena, y el teclado aparecía pringoso y teñido de rojo y gris. Del impacto la pantalla se había inclinado y entre la sangre y los restos de tejido se veían iluminarse y oscurecerse mientras se sucedían las diapositivas de una presentación.

Murphy se acercó lo bastante para poder distinguir las imágenes entre el revoltijo.

– Son fotografías de un bebé. Es un niño.

Junto al cadáver de Winslow había una silla con ruedas volcada.

– Estaba sentado en la silla del despacho, de espaldas a la pantalla -dijo Aidan.

Murphy resopló.

– El impacto del disparo debió de empotrarlo en el monitor.

Aidan se agachó junto al cadáver.

– Sostiene un oso. -Se le hizo un nudo en la garganta. Tragó saliva y miró a Murphy-. Un oso de peluche con una tarjetita dorada. Igual que en el caso anterior. «Feliz cumpleaños, Avery, Jr.»

Murphy lo miró con resignación.

– Pero no hay flores -observó.

– Es obvio que no apretó el gatillo por voluntad propia.

– Aquí está la caja del oso de peluche. -Murphy la recogió de la mesita auxiliar junto con un bloc de notas-. Había quedado con Tess a las tres.

– Pues parece ser que se le olvidó -comentó Jack Unger desde la puerta-. Spinnelli me ha pedido que viniera, por si acaso. -Examinó el escenario con ojo clínico-. Avisaré a mi equipo y empezaremos.

Aidan señaló el cuarto de baño.

– Mira si hay medicamentos. Si es así, mételos en bolsas y ponles etiquetas de identificación a todas, incluso a las aspirinas.