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Jack volvió la cabeza y lo miró un poco irritado.

– No te preocupes, lo cogeremos todo con pinzas.

Murphy se acercó a la mesa del ordenador y pulsó el botón del ratón con un dedo enguantado.

– El ordenador se ha quedado colgado en esta presentación. Aunque pulse el ratón, no desaparece.

– Tal vez se haya estropeado al ensuciarse.

– No lo dirás en serio, ¿no?

Aidan negó con la cabeza.

– No. Será mejor que nos llevemos también el disco duro.

¿Qué prefieres, el dormitorio o la cocina?

– Voy al dormitorio.

Aidan registró la cocina. Se veía sucia y los platos se amontonaban en el fregadero. Tocó el horno; estaba caliente y habían accionado el mando de la temperatura al máximo. Pero lo que no esperaba era el panorama que observó al abrir la portezuela. Al comprender de pronto la situación, le entraron arcadas y dio un gran paso atrás.

– ¡Murphy! ¡Ven a ver esto!

Murphy no tardó; al cabo de un instante se asomaba por encima de su hombro.

– ¿Qué coño…?

– No es de verdad -dijo Aidan en tono grave. Sacó su pañuelo y tiró de la parrilla hasta extraerla del horno-. Es solo un muñeco, pero tiene un aspecto muy real. -Los dedos y la nariz del muñeco se habían derretido y el fuerte olor del pelo quemado hizo que a Aidan le escocieran los ojos y la nariz-. Incluso el pelo parece de verdad.

– Cierra la puerta -le ordenó Jack desde detrás, y Aidan le obedeció de inmediato-. La única forma de saber cuánto tiempo lleva eso ahí es la temperatura interior. -Jack encendió la luz del horno y miró a través del cristal-. Es… -Sacudió la cabeza-. Inhumano. En fin, ¿cuál era el drama de este hombre?

– Tess nos lo explicará -dijo Murphy mientras abría un cajón-. Mira, Aidan.

Aidan miró con repugnancia el revólver colocado sobre una pila de manoplas de cocina.

– Alguien lo preparó todo para que al ver el muñeco en el horno se desquiciara y luego encontrara esto.

Se oyó una voz procedente del salón.

– ¿Detectives? -Aidan regresó al salón, donde el forense examinaba el cadáver de Winslow con el entrecejo fruncido-. Soy Johnson, del equipo de VanderBeck. Julia me ha avisado de que este hombre ha pasado a mejor vida. ¿Qué se supone que tengo que averiguar?

– De entrada, la hora de la muerte -respondió Aidan-. También habrá que realizar un análisis de tóxicos.

Johnson se agachó junto al cadáver.

– Aún está tibio, la sangre no ha empezado a coagularse. Diría que apretó el gatillo hace una hora como máximo. ¿Qué hace ahí ese oso? Anda, miren eso -prosiguió sin aguardar la respuesta. Levantó la cabeza, su semblante denotaba asombro-. Mi madre siempre nos decía que acabaría tirándose de los pelos de pura desesperación, pero nunca había visto a nadie que de verdad llegara a hacerlo.

Aidan se inclinó para observar el cadáver de cerca. Con la mano izquierda, Winslow aferraba un manojo de pelo castaño oscuro con algunas canas, el mechón que le faltaba en el cuero cabelludo y que, en parte, aún le colgaba suelto por encima de la nuca.

Johnson retiró con suavidad el oso que sostenía Winslow, lo alzó y le dio la vuelta lentamente para examinarlo.

– En el oso también hay pelo. Debió de arrancárselo con las dos manos antes de asir el peluche.

– ¿Qué le han hecho a usted, Winslow? -masculló Aidan.

– Lo siento, detective, necesito un poco de espacio libre. ¿Puede retirarse?

Cuidadosamente, Aidan se hizo a un lado. Tenía todos los sentidos puestos en los movimientos del forense hasta que un grito ahogado lo obligó a volverse de golpe hacia la puerta abierta.

Allí estaba Tess Ciccotelli, sin abrigo, con el pelo y la chaqueta empapados de sudor y el rostro blanco como el papel. Con una mano se cubría la boca y tenía los ojos oscuros abiertos como platos del horror. Vacilante, puso un pie en el salón y se detuvo en seco.

– ¡Oh, no! -musitó-. ¡Avery!

Un agente que estaba apostado en el rellano la tomó por el brazo.

– Lo siento, detective, se me ha escapado.

Tiró de ella, pero Tess forcejeó sin apartar la vista del cadáver de Avery Winslow. El policía volvió a tirar de ella, esta vez con más fuerza.

– Vamos, «doctora». -Pronunció la palabra sin ningún respeto, y eso, junto con el hecho de que le tirara del brazo, hizo que a Aidan le hirviera la sangre.

– Suéltela, agente. -A pesar de los esfuerzos por mantener la calma, sonó como un gruñido.

El policía parpadeó, muy sorprendido.

– Es Tess Ciccotelli, detective. Es…

– Ya sé quién es -repuso Aidan con acritud-. Déjela.

Con el rostro ensombrecido, el agente le obedeció y se hizo atrás a la vez que miraba a Ciccotelli con absoluto desdén, pero ella ni se dio cuenta. Murphy se quitó un guante, le puso la mano en el hombro y la atrajo hacia sí.

– Vamos, Tess -susurró-. Ya no puedes hacer nada. Llamaré a alguien para que te acompañe a casa.

Ella se liberó del abrazo de Murphy.

– Perdió a su hijo -soltó, como si no hubiera oído a nadie pronunciar palabra-. Solo era un bebé. -Posó los ojos en los de Aidan y en ese momento todo vestigio de duda acerca de su inocencia… desapareció. Su mirada era angustiada. Y sincera.

– ¿Cómo murió? -preguntó Aidan en voz baja. A través de la vistosa bufanda de seda de Tess, notó el movimiento de su garganta al tragar saliva. La había juzgado mal, ahora se daba cuenta.

– Ocurrió el verano pasado -susurró ella-. Hacía mucho calor, ¿se acuerda? Salía de casa a toda pastilla para ir a trabajar cuando su esposa le recordó que ese día le tocaba a él dejar al niño en la guardería. -Sus ojos se posaron en el cadáver de Winslow y al notar que le temblaban los labios, se los mordió.

Con el rabillo del ojo, Aidan vio que Johnson no movía un dedo y que Jack observaba la escena desde la puerta de la cocina. Ciccotelli prosiguió, ajena a todos ellos. Su voz adoptó un tono etéreo que hizo que a él se le erizara el vello de la nuca.

– Él no quería llevarlo, tenía mucho que hacer y llegaba tarde. Tenía la mente ocupada con reuniones, pero hizo lo que le pedía su esposa porque ambos compartían las obligaciones en igual medida y… -Volvió a tragar saliva-. Y porque amaba a su hijo. Sentó al niño en el coche, le colocó el cinturón de seguridad y se puso en marcha. Había mucho tráfico y eso aún lo retrasó más. Para tranquilizarse, puso un CD. Al fin llegó a la oficina y entró a toda prisa. Los clientes lo estaban esperando. En algún punto del trayecto se había olvidado de su hijo, y no volvió a acordarse de él hasta que al cabo de unas cuantas horas oyó alboroto en la calle. En el aparcamiento había un coche de la policía, y también una ambulancia. Un agente se disponía a romper el cristal de la ventanilla.

Tess cerró los ojos.

– Era su monovolumen, y el niño estaba dentro. Dijeron que la temperatura del habitáculo había ascendido hasta los cuarenta y cuatro grados. El cerebro de su hijo estaba… -Se interrumpió a la vez que sacudía la cabeza, incapaz de continuar. De hecho, no hizo falta. La escena que describía era lo bastante vivida. Aidan se lo figuró todo: la frenética desesperación del padre, allí plantado, consciente de haber cometido un terrible error. Y la imagen de aquel padre al descubrir que había un muñeco derritiéndose en el horno se le antojó aún más espantosa.

– Trataron de reanimar al bebé mientras Avery lo presenciaba todo, pero era demasiado tarde -terminó de forma brusca-: Su hijo ya llevaba al menos dos horas muerto.

Aidan exhaló un suspiro. No era el momento de ponerse a pensar en todos sus sobrinos, ni en lo ocupados que solían estar sus hermanos, ni en cómo una tragedia semejante podía ocurrirles incluso a los mejores padres. Sin embargo, no pudo evitarlo; por eso tuvo que carraspear con brusquedad.