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Daba qué pensar, aunque también tenía que pensar en un modo de volver a casa. Amy se había marchado hacía rato, no podría alcanzarla por mucho que corriera y tampoco pensaba hacerlo. No obstante, había salido del despacho sin maletín y sin monedero. En el bolsillo llevaba un dólar y medio, un poco de pelusilla y el móvil. «Si estuviera en casa, avisaría a Vito y vendría a buscarme en menos que canta un gallo.»

El pensamiento la sorprendió tanto que la obligó a pestañear. Y a apretar los dientes. Ahora su hogar estaba en Chicago, no en el sur de Filadelfia. Y su hermano Vito se encontraba a cientos de kilómetros de distancia. «Lo echo de menos.» Era capaz de admitirlo. «Los echo de menos a todos.» Sabía que Vito acudiría a su lado si lo llamara, pero eso le crearía problemas con su padre y no quería que eso sucediera. Pero si la hubieran arrestado… «Sí, entonces lo habría llamado.» No era ese el caso, así que descartó la idea.

En ese momento Jon debía de estar en el quirófano y Denise se habría marchado a casa. Levantó la vista hasta el piso de Avery. Murphy y Reagan seguían allí.

Y también los restos de Avery Winslow. Cerró los ojos para apartar de la memoria aquella escena, pero los abrió de inmediato ante las imágenes que se proyectaban en sus párpados. Avery yacía con la cabeza medio reventada y Cynthia tenía el cuerpo abierto en canal. También acudió a su mente su propia voz incitando a Cynthia a suicidarse. El recuerdo la perseguiría siempre.

No podía volver a subir, volver a enfrentarse a todo ello.

El hecho le daba rabia, y además la advertencia de Amy no cesaba de rondarle por la cabeza. Reagan era una buena persona y un buen policía. Murphy se lo había dicho. Por otra parte, Murphy había permitido que la arrestaran y la interrogaran. La razón le decía que lo había hecho para cumplir con su deber, pero aun así se sentía dolida. Además eso demostraba que la confianza depositada en un policía podía esfumarse de la noche a la mañana.

Ayudaría a Reagan y a Murphy, pero se andaría con cuidado. De momento lo que necesitaba era encontrar un lugar donde descansar y resguardarse del frío. Echó un vistazo alrededor para tratar de orientarse. Estaba a solo unas manzanas del Lemon, el local donde sabía que la acogerían aunque no llevara un centavo encima.

Lunes, 13 de marzo, 16.45 horas.

Joanna dio sin querer un empujón a una dama que paseaba a un lento basset y masculló una disculpa sin dejar de correr. Tess Ciccotelli, igual que todo el mundo, caminaba con la cabeza gacha para protegerse del viento y de la lluvia, lo cual le venía de perlas para pisarle los talones. Llevaba toda la tarde siguiendo a Ciccotelli y sabía que otro de sus pacientes había muerto. La noticia volvería a aparecer en portada.

Y volvería a firmarla Cy Bremin. «Antes tendrá que pasar por encima de mi cadáver», pensó sin intención de hacer ningún juego de palabras.

Entrecerró los ojos que mantenía fijos en la persona que acababa de doblar la esquina y se dirigía hacia el oeste. Le hacía falta una exclusiva para asegurarse de que el cabrón de Schmidt no le cedería la noticia a Bremin.

Necesitaba hablar con Tess Ciccotelli sin trabas y parecía que sus deseos iban a hacerse realidad pues, en un arrebato que había dejado a Joanna estupefacta, la joven había despedido a su abogada; nada más y nada menos. Allí mismo, en plena calle. Y todo porque a la medicucha se le había metido en la cabeza, cooperar con la policía.

Personalmente, ella estaba de acuerdo con la abogada. Ciccotelli era idiota. O tal vez -y no era más que una simple suposición- fuera cierto que no había hecho nada malo y todo formara parte de un plan verdaderamente enrevesado. Francamente, eso era lo de menos; lo importante era que la firma del artículo rezara «Joanna Carmichael».

Capítulo 7

Lunes, 13 de marzo, 16.45 horas.

Aidan llegó justo en el momento en que Johnson, el forense, cerraba la cremallera de la bolsa que contenía el cadáver de Winslow. Se apartó para que pasaran con la camilla y se situó al lado de Murphy.

– Tess está bien -anunció Aidan en voz baja-. Le he contado lo de las tarjetas de crédito. No ha hecho falta decirle que eran suyas, ya se lo imaginaba.

– Mientras estabas con ella me ha llamado Spinnelli. -Murphy le mostró el cuaderno donde había apuntado la dirección de una oficina bancaria del otro extremo de la ciudad-. Ha averiguado que la cuenta donde se efectuaron los cargos de la tarjeta de crédito es de esa oficina. Está abierta hasta las seis.

Aidan miró el reloj.

– Tenemos el tiempo justo.

– Spinnelli también me ha dicho que tiene noticias de Patrick. Hay cinco abogados que están preparando recursos de apelación.

– Se va a armar.

– La gorda -añadió Murphy-. ¿Dónde está Tess?

– Se ha marchado a su casa a revisar los informes psiquiátricos de los juicios. Le he dicho que la llamaría más tarde.

– ¡Murphy! -Jack apareció en el vestíbulo donde confluían los dormitorios y les hizo señales para que se aproximaran-. Ven tú también, Aidan. Te gustará ver esto.

Siguieron a Jack hasta la habitación que había sido el dormitorio del bebé. La cuna seguía estando en una esquina y en el cambiador se apilaban pañales desechables y polvos de talco, todo cubierto por una gruesa capa de polvo. Uno de los ayudantes de Jack se encontraba de pie sobre un taburete con el rostro contra un conducto de ventilación destapado cuya rejilla estaba apoyada en la pared.

– Este es Rick Simms. Muéstrales lo que has encontrado, Rick.

Rick se volvió; entre el índice y el pulgar sostenía un pequeño receptáculo negro, de dos centímetros y medio de ancho por uno veinticinco de largo.

Aidan se subió a un extremo del taburete para verlo mejor. Un cable de dos centímetros y medio de largo sobresalía de una de las esquinas del receptáculo y Aidan supo de inmediato qué era lo que había encontrado Rick Simms. Miró a Murphy; ambos estaban atónitos y enojados. Le sorprendía que todavía les afectara algo después de todo lo que habían visto esa tarde.

– Es una cámara.

– Tienes buena vista -comentó Rick-. Es una cámara inalámbrica de alta resolución. -Inclinó ligeramente el receptáculo-. Y además puede reproducir sonidos. Aquí está el micrófono.

– Al muy hijo de puta le gusta mirar -masculló Murphy-. ¿Cómo habéis sabido que estaba ahí?

– Rick se ha fijado en que no había polvo en la rejilla -dijo Jack con cierto orgullo en la voz-. Buen trabajo.

En el rostro de Rick se dibujó una sonrisa deslumbrante.

– Gracias.

– ¿Cuántas cámaras más hay? -preguntó Aidan, bajándose del taburete.

– Eso mismo nos preguntamos. -Jack los condujo de nuevo al salón-. Seguro que no han querido perderse el gran final -dijo, y señaló la rejilla de ventilación que había sobre el escritorio, cuya superficie había quedado despejada al trasladar el ordenador al laboratorio.

– Prueba con esa.

Rick hizo una mueca al esforzarse por alcanzar el conducto de ventilación salpicado de sangre y sesos.

– Qué asco, Jack -exclamó.

Jack soltó una risita sardónica.

– No te irá mal mancharte las manos para variar. Rick es uno de los expertos en electrónica del equipo -explicó dirigiéndose a Aidan-. No suele salir del laboratorio, pero esta vez he pedido que vinieran todos.

Rick entregó la rejilla a Jack, quien la depositó en el suelo con cuidado.

– Tenías razón -dijo Rick-. Hay otra cámara con micrófono y… -Enfocó el oscuro hueco con la linterna y luego se volvió, turbado-. Y un altavoz instalado en la pared. -Lo descolgó para que todos pudieran verlo. Consistía en una cajita del tamaño de una ciruela-. ¿Para qué le hacía falta un altavoz?

– Mientras estabas con Tess ha venido un vecino, Aidan -explicó Murphy-. Nos ha dicho que llevaba todo el día oyendo llorar a un bebé. Yo creía que el hombre había estado viendo algún vídeo, pero ahora ya sabemos de dónde salía el llanto.