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Rick miró con repugnancia el altavoz que sostenía.

– Nos enfrentamos a un gran hijo de puta.

– ¿Adónde va a parar la señal del vídeo? -preguntó Aidan.

– Aún no lo sé -respondió Rick-. Pero de entrada sospecho que al receptor Ethernet. Y luego… -Hizo una señal con la mano-. Sale por ahí.

Murphy pestañeó extrañado.

– ¿Al receptor Ethernet?

– Es un medio de conectarse a internet -dijo Aidan; la mente le bullía, las repercusiones eran demasiado abrumadoras.

Rick asintió.

– Es un vídeo de esos a los que se puede acceder sin necesidad de descargárselos; el último grito, chicos. Las cámaras que normalmente encuentro están situadas en el suelo o en los zapatos de alguna mujer, hay pervertidos que las utilizan para verlas en ropa interior. Esa la han colocado para vigilar al tipo.

Murphy sacudía la cabeza.

– Así, ¿las imágenes aparecen en internet? -repitió-. ¿En una página web o algo similar? ¿Nos estás diciendo que cualquiera podría haber visto a Winslow volarse los sesos?

– Es posible. -Rick encogió un hombro-. Depende de lo que pretenda el autor de todo esto. Si el espectáculo es privado, no aparecerá en una búsqueda de Google. -Arqueó las cejas-. Si no…

A Aidan se le revolvió el estómago al captar el significado de las palabras de Rick.

– Santo Dios. ¿Podría ser una de esas páginas en que la gente paga por entrar? -Miró a Murphy y vio que ambos habían llegado a la misma conclusión.

– Es el snuff del siglo veintiuno. -A Murphy empezó a temblarle un músculo de la tensa mandíbula-. Parece increíble.

– ¿Tenéis idea del tiempo que lleva eso ahí? -preguntó Aidan.

Jack se acuclilló para examinar la rejilla.

– En las rendijas se ve suciedad, pero en los tornillos no hay apenas polvo. Tal vez una semana o dos.

– Tenemos que averiguar quién ha accedido a este piso durante las últimas dos semanas -concluyó Murphy-. ¿Qué tipo de persona buscamos? ¿Hace falta tener conocimientos de algún programa en especial?

Rick se bajó del taburete.

– En realidad podría haberlo hecho cualquier adolescente ducho en piratería informática.

Aidan dio un resoplido cansino.

– Jack, tendremos que volver a registrar el piso de Cynthia Adams para ver si hay algún aparato semejante.

Jack miró a Rick.

– ¿Puedes hacerlo hoy?

Rick asintió.

– ¿Agarrar a ese tío? Claro.

– Primero tenemos que seguir la pista de las flores del piso de Adams -explicó Murphy-. ¿Puedes encargarte de terminar con esto, Jack?

Jack agitó la mano para indicarles que podían irse.

– Marchaos. Nos encontraremos en el despacho de Spinnelli a las ocho. Decidle que encargue comida china, la noche será larga.

Lunes, 13 de marzo, 20.30 horas.

Seguía allí. Sentada en el comedor de su casa con una bata de seda roja y gruesos calcetines blancos. A su lado, encima de la mesa, había medio vaso de vino tinto. Consultaba ficheros y más ficheros.

Seguía allí. No estaba donde tenía que estar, encerrada en una celda, muerta de miedo, rodeada de chusma, aguardando a que uno de esos tipos a quienes llamaba «amigos» pagara la fianza; o bien delante de un juez.

Pero la paciencia era una virtud, y el rostro de Ciccotelli empezaba a denotar estrés. La mano le temblaba cada vez que asía el vaso de vino y de vez en cuando en su rostro se dibujaba una expresión de puro horror que le tornaba las mejillas pálidas y los ojos vidriosos. Estaba recordando el aspecto de los cadáveres, imaginando cómo debían de haberse sentido las víctimas justo antes de morir al creer que las había traicionado, preguntándose cuál sería la siguiente.

Era suficiente por el momento.

En cuanto a la policía, de momento podían darse por satisfechos si al ir a mear se encontraban la polla. Con el tiempo, acabarían consultando las cuentas corrientes de las víctimas y paso a paso irían acortando la distancia que separaba a Ciccotelli de su bonita fosa. Mientras tanto, quedaba por ver cuál era la decisión del consejo de cualificaciones profesionales. Habían entrado en acción antes de lo esperado, y todo gracias a Cy Bremin y la noticia que había ocupado una portada entera. Se lo había pasado en grande.

Tenía ganas de volver a oírlo. Un simple clic del ratón sobre el archivo de sonido sería suficiente para que la áspera voz del doctor Fenwick cobrara vida. «El consejo considera que las imputaciones son graves e inaceptables.»

No. «¿En serio?» Las imputaciones no eran graves e inaceptables. Aquel era uno de los comentarios más necios que su micrófono había recogido durante las semanas que llevaba oculto tras uno de los archivadores del despacho de Ciccotelli. El consejo no tenía ninguna prueba en su contra y todos los presentes en la sala lo sabían: Fenwick, Ciccotelli y su abogada, que rápidamente había despachado el asunto con amenazas farragosas.

Sin embargo, la visita había sentado las bases sobre las que podría construir algo interesante. Era probable que el imperioso doctor Fenwick considerara la muerte de Avery Winslow más inaceptable aún. Segundo delito grave. El tercer ataque iría dirigido al consejo de cualificaciones profesionales, no a la policía. No sería el toque final, pero le serviría para matar el aburrimiento mientras la policía daba palos de ciego.

Y sobre todo sería muy divertido verlo.

Lunes, 13 de marzo, 20.30 horas.

– ¿Y bien?

Spinnelli ocupaba un extremo de la mesa y fruncía la cara mientras masticaba. Los otros asientos estaban ocupados por Aidan, Murphy, Jack, Rick y Patrick, quien acababa de informarles de que el número de recursos de apelación había ascendido a ocho.

– Déjanos cenar tranquilos, Marc -protestó Jack-. No he tomado nada desde la hora de comer.

– Nosotros ni siquiera hemos comido -agregó Aidan. Habían empleado mucho tiempo en las floristerías-. Si queréis mientras cenamos podemos mostraros un vídeo. -Se puso en pie y tomó el disco que habían extraído de la cámara de seguridad de la oficina bancaria; luego aferró la bandeja de General Tso's al ver que Murphy le dirigía una mirada voraz a su comida-. No tendremos que rebobinar mucho. -Insertó el disco, oprimió el play y se apartó para que el grupo pudiera ver la pantalla del televisor-. Ocurrió el jueves pasado por la tarde. -En la pantalla apareció una mujer con un abrigo de color tabaco. El ondulado pelo moreno le caía suelto por encima de los hombros. Era más o menos de la misma estatura que Tess Ciccotelli y el grueso abrigo ocultaba sus formas.

La mujer parecía latina. Su rostro, aunque algo más delgado que el de Ciccotelli, tenía unas facciones lo bastante parecidas a las de esta como para pasar por italiana ante los ojos del atribulado empleado del mostrador, o en el vídeo de pésima calidad grabado por la cámara de seguridad.

– El abrigo de Tess es del mismo color -dijo Murphy-. Esta parte me ha puesto los nervios de punta -añadió-. Mirad cómo se desabrocha el abrigo, lo justo y necesario para mostrar la bufanda enrollada al cuello. Quería asegurarse de que el empleado del mostrador la viera porque Tess siempre lleva bufanda.

«Excepto cuando lleva un jersey negro de cuello alto tan ceñido que parece una segunda piel», pensó Aidan, pero borró de inmediato aquella imagen de su mente.

Spinnelli apretó la mandíbula.

– Es por la marca que le dejó la agresión que sufrió el año pasado.

Ahora la imagen que Aidan trataba de borrar de su mente era la de él rodeando con las manos el cuello del desgraciado que había estado a punto de matarla.

– Hostia -masculló Patrick mientras observaba las imágenes-. Se parece mucho a Tess.

– ¿Estás ciego o qué? No se le parece en nada -le espetó Murphy.

Patrick negó con la cabeza.