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– No, no estoy ciego. Seguro que un juez opina que se le parece lo bastante como para aceptar los recursos de apelación, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez hay más indicios que la acusan. Sin tener pruebas no es posible imputarle ningún delito -añadió-, pero las aguas están revueltas, y eso no la ayuda en nada. Mierda.

Aidan observó a la mujer dirigirse al casillero, inclinarse e introducir la llave en la cerradura.

– Ninguna persona en su sano juicio las confundiría, los movimientos de esa mujer no se parecen a los de Tess Ciccotelli.

– No me imagino alegando eso ante un juez, Aidan -dijo Patrick en tono irónico-. Aunque pienso lo mismo; seguro que hay muy pocas mujeres que se muevan como Tess.

Aidan se volvió para mirar a Patrick, en cuyo rostro se dibujaba lo más parecido a una sonrisa que le había visto esbozar jamás. Murphy, de pronto, estaba enfrascadísimo rebañando la bandeja de filete de cerdo recalentado. Jack sonreía abiertamente y Rick parecía estar a punto de hacer lo mismo. Al notar que se sonrojaba, Aidan alzó los ojos en señal de exasperación.

– Quiero decir que… Da igual.

Spinnelli frunció el bigote.

– Todos sabemos lo que quieres decir, Aidan. -Carraspeó y se puso serio-. Si dejamos a un lado la forma de moverse, Patrick tiene razón. Tendremos que demostrar que no se trata de Tess. ¿Es posible obtener alguna huella del casillero?

– Enviaré allí a un equipo, Marc -se ofreció Jack-. Pero parece que no se ha quitado los guantes en todo el rato.

La mujer del vídeo introdujo el correo del casillero en el bolsillo lateral de su maletín.

– ¿Es posible que sea el cerebro de la operación? -preguntó Patrick.

– No lo sé -respondió Aidan-. A mí me da la impresión de que está… demasiado nerviosa. Parece muy alterada.

Patrick se encogió de hombros.

– Yo también estaría nervioso si planeara asesinar a dos personas. Pero tienes razón, hay algo que no cuadra. Se deja ver demasiado. Sabe que la están grabando y representa su papel. Tenemos que averiguar quién es.

Murphy se cruzó de brazos y arrugó la frente.

– También aparece en la grabación del vestíbulo de casa de Adams. El portero desconectó la cámara que enfoca el ascensor en el piso en el que ella vivía, pero no en la planta baja. Veremos si alguien vio a la mujer entrar en casa de Winslow.

Spinnelli se presionó la barbilla con los dedos.

– ¿Qué hay de las cámaras del interior de los pisos?

Rick apartó los restos de comida de su bandeja.

– En el apartamento de Adams había instalado un sistema similar. He encontrado una cámara encima de la cama y otra en el salón. También había una en el baño -añadió, perplejo.

– En el primer intento de suicidio trató de cortarse las venas -dijo Aidan, extrayendo el disco del reproductor. Se sentó junto a Rick-. La gente suele hacerlo en la bañera. Tal vez nuestro hombre creyera que volvería a utilizar el mismo método.

– Tal vez. De todas formas, he descubierto que hay una relación entre los dos escenarios. En ambos había cámaras inalámbricas y altavoces. Todo estaba limpísimo y quienquiera que instalara los aparatos ni siquiera dejó huellas en las rejillas de ventilación. Antes de que me lo preguntéis, os diré que será casi imposible saber dónde compraron los dispositivos; se trata de un sistema de vigilancia de buena calidad, muy corriente. Puede adquirirse en cualquier tienda de material eléctrico o por internet. Se venden a montones. Sería como buscar una aguja en un pajar.

– ¿Qué hay de las transmisiones? -preguntó Aidan-. ¿Podemos seguirles la pista?

– Podemos intentarlo mientras el sistema de alimentación esté activado. El de Adams ya no funciona, pero las cámaras del piso de Winslow siguen conectadas. He encontrado el router al que está conectada la cámara inalámbrica. Puedo instalar un rastreador en la red y ver a qué dirección IP está dirigida.

Patrick pestañeó perplejo.

– Habla en nuestro idioma, Rick.

Rick soltó una risita.

– Lo siento. Las transmisiones de internet se dividen en paquetes y se envían a un destino donde vuelven a reunirse. Los rastreadores dividen cada paquete en sus componentes. Uno de ellos es la dirección IP, es decir, el destino. Yo puedo detectar las direcciones IP en la pantalla a medida que los mensajes son enviados a través de la red. Con todo, hay dos problemas. El primero tiene que ver con vosotros -dijo dirigiéndose a Patrick-. Es como intervenir un teléfono. Para empezar, necesito una orden judicial.

– Ya me lo imaginaba. -Patrick tamborileó con los dedos en la mesa-. ¿Qué más?

– El segundo problema es el mayor. Una vez obtenga la dirección IP, no tendré ninguna garantía de que sea la verdadera. Ningún hacker con dos dedos de frente se enviaría un vídeo así a sí mismo. Lo lógico sería que lo enviara a un ordenador zombi, y si es listo el primero debería enviarlo a un segundo. -Se encogió de hombros-. Y una vez llegue al destino final, aún me quedará relacionar la dirección IP con una persona, y los proveedores de internet no suelen colaborar. Para eso me hará falta otra orden judicial.

– Rastreadores y zombis -masculló Spinnelli-. ¿Cuánto tiempo te llevará, Rick?

– Puede que unos cuantos días. También tenéis que saber que muchos proveedores de internet dependen de holdings extranjeros, sobre todo los más importantes.

– Y seguro que este es uno de esos -gruñó Patrick-. Si depende de un holding extranjero, el esfuerzo habrá sido en balde.

Aidan se frotó las sienes.

– Tú has hecho eso muchas veces, Rick.

– Sí, por desgracia. Una de las mayores áreas que estamos investigando son los delitos a través de la red, y el que encabeza la lista es la pornografía infantil. Los pederastas conocen el sistema y te hacen dar vueltas y más vueltas hasta que pierdes el norte. Y cuando consigues llegar al final te encuentras con que han desaparecido y han vuelto a empezar en otra parte. Haré todo lo que pueda, de eso podéis estar seguros.

– Pero no tienes muchas esperanzas -adivinó Aidan.

Rick sacudió la cabeza.

– No. Me gustaría poder deciros otra cosa.

Patrick exhaló un suspiro.

– Para empezar, es todo cuanto tenemos. Te conseguiré la orden judicial en menos de una hora, Rick. Vuelve al piso de Winslow y espera allí.

Rick recogió sus cosas y se despidió.

– Gracias por la cena, teniente. Ah, otra cosa. Ese tipo desconectó la señal de las cámaras de Adams y supongo que pronto hará lo mismo con las de Winslow. Si eso ocurre, no tendremos nada de nada.

Spinnelli soltó un bufido de desesperación en cuanto Rick abandonó la sala.

– ¿Siempre es tan optimista?

Jack se encogió de hombros.

– Se pasa casi todo el día investigando el tráfico de pornografía infantil. ¿Cómo quieres que sea optimista?

Patrick se retiró de la mesa.

– Tengo que conseguir la orden judicial -dijo-. Mantenme informado, Marc. Llámame en cuanto sepas algo que pueda servirme para rebatir los argumentos y quitarme de encima las putas apelaciones.

Cuando el fiscal se hubo marchado, Spinnelli miró a Aidan, Murphy y Jack con hastío.

– Tenemos dos posibilidades: tratar de demostrar que Tess no lo ha hecho o descubrir quién está detrás de todo esto. Hasta ahora no nos ha ido muy bien con la primera opción, así que será mejor que nos centremos en la segunda. ¿Quién podría ser?

Murphy se volvió hacia Aidan.

– Creíamos que podría tratarse de uno de los indignados amantes de Adams, pero después de lo de Winslow me parece que no tiene sentido reclamar como prueba los informes del Departamento de Sanidad.

– No -convino Aidan-. Tienes razón. Podemos enfocar esto desde dos ángulos. Opción A: alguien trata de desacreditar a Tess Ciccotelli.

– ¿Por qué? -preguntó Spinnelli-. ¿Cuál es el motivo? El plan está muy bien trazado. Se necesita guardarle mucho rencor a Tess y ser muy inteligente para poner en práctica una cosa así.