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– No.

Tess evaluó el riesgo y decidió seguir con su plan original.

– Muy bien. He repasado los informes. En primer lugar, he revisado los juicios en los que la condena dependía de mi declaración. Son cinco de un total de treinta y uno. Todos los inculpados son hombres. Cuatro fueron acusados de homicidio y uno de violación. -Sacudió la cabeza con pragmático escepticismo-. Pero ninguno me dio la impresión de ser capaz de organizar algo así. Esos tipos son criminales, pero por mucha imaginación que le ponga al asunto no los considero unos ases del crimen. Además, los cinco están en prisión, a menos que alguna junta de libertad condicional haya jod… estropeado las cosas.

Le pareció que Aidan reprimía una sonrisa ante el desliz.

– Hablaremos con sus familiares -dijo-. Así veremos si realmente alguno está moviéndose para que se repita el juicio.

A Tess se le encogió el estómago.

– ¿Se espera que haya apelaciones?

– Sí.

Tess suspiró.

– Me apostaría cualquier cosa a que Patrick Hurst no está precisamente contento esta noche.

– Pues ganaría la apuesta, doctora. ¿Ha oído hablar del Soma?

El repentino cambio de tema la dejó perpleja.

– Sí, es un relajante muscular.

– ¿Lo ha tomado alguna vez?

Ella asintió lentamente.

– Sí; el año pasado tuve un accidente. -Un desgraciado la había herido con una cadena y el mero recuerdo aún le revolvía las tripas. Se concentró en los ojos de Reagan mientras trataba con todas sus fuerzas de alejar de sí el pánico que sentía-. Me lastimé la espalda y el médico me lo recetó.

– ¿Cuánto tiempo lo estuvo tomando?

La expresión de Aidan volvía a ser indescifrable, y de nuevo la voz de Amy se dejó oír en la mente de Tess. «No seas idiota, Tess.»

– Unos seis meses, con interrupciones. ¿Por qué?

– ¿Guarda todavía la receta?

– No. No quería tomarlo más, iba a trabajar medio grogui. -A pesar del insoportable dolor que a veces aún sentía-. ¿Qué tiene que ver el Soma con todo esto?

El vaciló y acabó encogiéndose de hombros.

– Hay huellas dactilares en los botes que encontramos en casa de las dos víctimas.

A Tess le flaquearon las rodillas. Se aferró al borde de la mesa del comedor y se dejó caer despacio en la silla, incapaz de apartar la mirada del rostro de Aidan.

– Mis huellas dactilares.

– ¿Han entrado alguna vez a robar en su casa?

Ella negó con la cabeza al mismo tiempo que abría los ojos como platos ante la mera idea de que aquel sádico pudiera haber entrado en su casa, en su espacio privado.

– No, no. Lo habría denunciado.

– ¿Qué hizo con los botes?

Tess se puso en pie, de pronto se sentía inquieta y tenía frío. Paseó de la mesa a la ventana frotándose los brazos y se quedó mirando, aunque sin verlo, el tráfico que circulaba por la calle.

– No lo recuerdo, supongo que los tiré.

Lo oyó moverse y, de pronto, lo tenía detrás; le había puesto las manos en los hombros, sentía su calor, su fuerza. El calor le recorrió los brazos y la espalda, y en un momento de debilidad deseó volverse y que él la abrazara. Deseó poder reposar la cabeza en su ancho hombro. Pero los deseos no eran más que deseos, y la realidad era… una pesadilla que empeoraba con cada nueva noticia.

– Siéntese -musitó él-. Está pálida. -La empujó suavemente hasta la silla y se acuclilló enfrente, con los ojos azules entornados-. ¿Se encuentra bien?

Ella asintió, aturdida.

– Con esto se refuerza la idea de que lo haya hecho yo.

Él se levantó sin pronunciar palabra.

Ella tragó saliva y lo miró a los ojos.

– No he sido yo.

Él no pestañeó siquiera.

– ¿Ha recibido alguna amenaza, doctora?

– ¿Cuándo? ¿En general, quiere decir?

– Durante el último… año.

La frase le cayó a Tess como un jarro de agua fría.

– Quiere decir desde el juicio de Green. Se refiere… a la policía. -La idea le revolvió las tripas-. Santo Dios.

Aidan tampoco respondió esta vez, lo que en sí resultaba más elocuente que si hubiera asentido.

– He recibido algunas cartas -confesó-. Ninguna está firmada. La mayoría contienen ofensas, insultos: «asesina de bebés», «asesina de policías». -En su momento, las injurias le habían dolido; aún le dolían-. Hay una persona que me envió varias. Primero decía que me arrepentiría. Un mes más tarde recibí una carta explicando que no iban a renovarme el contrato en la fiscalía. Pensaba que se refería a eso, pero luego me rompieron la ventanilla del coche mientras estaba de compras en el centro comercial. Nunca llegué a saber quién lo hizo. Pensaba que todo formaba parte de lo mismo.

Reagan parecía enojado.

– ¿Denunció algo de eso?

– El cristal roto. De las cartas no dije nada. No contenían ninguna amenaza física.

– ¿Las guarda todavía?

– En algún sitio, sí. Lo siento, ahora mismo me cuesta demasiado trabajo pensar.

– No se preocupe -dijo él en tono quedo-. Tómese su tiempo. -Alcanzó la botella de vino-. ¿Quiere un poco?

– No. -Estaba enfrascada en sus pensamientos, trataba de reflexionar con tranquilidad. Recordó cuando recibió las cartas y que las había guardado en el archivador del despacho-. Espere aquí, ya sé lo que hice con ellas.

Aidan la observó abandonar la sala. Cerró los puños con fuerza sabiendo que el aroma de ella impregnaría las palmas de sus manos si daba rienda suelta al impulso de acariciarle el rostro. Tras el último cuarto de hora no le cabía duda alguna acerca de su autocontrol. Al salir del ascensor y verla vestida con la bata de seda roja lo había asaltado una repentina punzada de puro deseo en la entrepierna. Al verla ponerse de puntillas y besar al rubio doctor en la mejilla lo había invadido una corrosiva oleada de celos que le había dejado el cerebro paralizado durante fracciones de segundo.

Al oírla decir que el rubiales no era su novio le habían entrado ganas de atraerla hacia sí y averiguar si la prolongada mirada de la escalera le había calado tan hondo como a él.

Al ponerle las manos en los hombros había sentido deseos de continuar. Si la hubiera tocado tal como quería…

Pero no lo había hecho, y nunca lo haría. Dio un vistazo al piso. Estaba situado en uno de los barrios más lujosos de Michigan Avenue. Solo el piso ya valía una millonada, sin contar los muebles y las obras de arte que harían las delicias de Annie, su hermana interiorista. Una mujer acostumbrada a llevar una vida así querría más de lo que Aidan podía ofrecerle. Lo sabía por amarga experiencia; y con una vez bastaba.

El pensamiento se esfumó junto con el deleite que sentía.

– Las he encontrado. -Ciccotelli apareció lamiendo la tira adhesiva de un gran sobre y los impulsos fisiológicos de Aidan se dispararon.

Tratando con todas sus fuerzas de tocar solo el sobre, extendió la mano… pero algo lo detuvo.

La exclamación de Tess lo sorprendió tanto como el hecho de que le hubiera asido la mano.

– ¿Qué le ha pasado?

Aidan exhaló un suspiro. Tenía los nudillos pelados y llenos de rasguños por gentileza de uno de los barriobajeros amigos del padre de Danny Morris, el hombre de quien sospechaban que había asfixiado a su hijo y luego lo había echado escalera abajo. Al salir de la comisaría, Aidan se había detenido en uno de los locales que el hombre frecuentaba. El amigo estaba borracho y le propinó un puñetazo a Aidan, en ese momento recluido en una celda. Morris había desaparecido del mapa. Su esposa lucía un ojo morado pero seguía negando que su marido tuviera implicación alguna en la muerte de su hijo.

Y Tess Ciccotelli seguía asiéndole la mano.

– Le he dado un puñetazo a una pared -explicó, sorprendido de que no se le hubiera quebrado la voz. No podía decir lo mismo de su corazón. Trató de liberarse pero ella lo sujetaba con fuerza. Tess levantó la vista; sus ojos oscuros expresaban preocupación.