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– No, no les he mentido. He estado en casa de Marie. Ha organizado una fiesta y a última hora he decidido… no quedarme.

Sin apartar los ojos de su hermana, Aidan sacó la jarra de leche de la nevera.

– ¿Quieres un poco de leche?

Ella arrugó la nariz.

– ¡Puaj!

– Tienes que tomar leche, pequeñaja. Cuando tengas osteoporosis te arrepentirás. -Aidan imitó a su madre para hacer reír a su hermana, pero ella permaneció con los labios apretados enojada-. ¿Por qué no has querido quedarte a la fiesta? Además, mañana es día de escuela -añadió, y entrecerró los ojos-. ¿Mamá y papá te han dejado salir entre semana? A nosotros no nos dejaban.

Ella se encogió de hombros.

– Íbamos a estudiar para un examen de historia.

– Pero no lo habéis hecho.

– Pensaba que íbamos a estudiar, Aidan -dijo en voz baja-. De verdad. Entonces ha aparecido el novio de Marie y… la cosa se nos ha ido de las manos.

Aidan se bebió el vaso de leche de un trago y se enjugó los labios con el dorso de la mano.

– ¿Qué quiere decir que la cosa se os ha ido de las manos?

– Da igual, lo importante es que yo me he marchado. -Alzó el brazo y olfateó la manga-. Aunque seguro que por el olor parece que yo también haya bebido.

Aidan se inclinó y olió la prenda, luego retrocedió con mala cara.

– Huele a cerveza y a petardo. Rachel, ¿quiénes son esos amigos? ¿Y dónde están los padres de Marie?

Rachel se sentó en una de las desgastadas sillas de la cocina.

– Han salido. -Alzó la mano para indicarle que no le riñera-. No me digas nada. Ya sé que tendría que haberme marchado enseguida, pero las primeras dos horas Marie y yo estábamos solas y nos hemos puesto a estudiar. -Lo miró con ojos implorantes-. Te lo juro, Aidan.

– Te creo, Rachel. -Se sentó a su lado-. ¿Qué ha ocurrido, cariño? -Se quedó de piedra al ver que a su hermana se le llenaban los ojos de lágrimas-. ¿Rachel?

– Estoy bien -dijo, y se enjugó los ojos con la palma de la mano-. Me ha entrado miedo. Ha aparecido un grupo de chicos y… -Se estremeció-. Me he escapado por la puerta trasera.

El corazón de Aidan omitió varios latidos al ser consciente de lo que podía haber pasado.

– ¿Por qué no has llamado a papá y mamá?

Ella negó con la cabeza.

– Uno de los chicos me ha echado cerveza por encima y… No quería que pensaran que les mentía. He empezado a andar y… he decidido venir aquí.

– ¿Has venido andando?

Rachel asintió.

– Cuatro kilómetros y medio. -Esbozó una patética sonrisa-. Eso es para que no vuelvas a decirme que con tanto videojuego se me pondrá el culo gordo. No pensaba quedarme a dormir, solo necesitaba parar en algún sitio para ventilar la ropa, pero al llegar he visto que Dolly se moría de ganas de que la sacaran a pasear y luego me he sentado un momento a descansar y me he quedado dormida en el sofá.

– Tendrías que haberme llamado, Rach. Yo me habría hecho cargo de todo.

Ella alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Claro, mi hermanito poli habría irrumpido en la casa y lo habría arreglado todo. Mira, Aidan, no me dedico a emborracharme en las fiestas pero me gustaría conservar parte de mi vida social. -Bajó la cabeza-. No se lo digas a papá y mamá, ¿vale?

Él reflexionó un momento. Abe y Sean le habían guardado un montón de secretos cuando eran más jóvenes.

– ¿Aún dura la fiesta?

– No. Los padres de Marie tenían previsto volver a las doce, así que seguro que hace rato que todo el mundo se ha ido.

– ¿Me prometes que no volverás a quedar con Marie?

Ella volvió a estremecerse.

– Claro.

– Entonces hemos hecho un trato. Ve a darte una ducha. Te dejaré un chándal y veré si puedo limpiar las manchas de cerveza de tu ropa. -La obsequió con una sonrisa-. Yo también tengo ropa manchada de cerveza; así ahorraremos agua.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos.

– ¿Has estado en una fiesta, Aidan?

– No. Me he peleado en un bar.

Ella contrajo los labios.

– ¿Has ganado?

– Yo siempre gano, cariño. -Le acarició la punta de la nariz con el dedo y, en ese momento, los dos miraron la mano vendada de Aidan. «Bueno, siempre no», se dijo. Sobre todo si lo que quería era llevarse de calle a una doctora de Michigan Avenue que estaba fuera de su alcance material. Daba igual que a ella también le gustara él, y mucho.

Rachel le olió la mano, luego la cogió y se la acercó al rostro.

– Forevermore.

– ¿Qué?

– Las manos te huelen a perfume. Se llama Forevermore y es carísimo. -Lo miró con picardía-. Sí que has estado en una fiesta. Qué cara más dura, Aidan.

Él se echó a reír, extrañamente incómodo.

– A la ducha, mocosa.

Ella se puso en pie, pero se detuvo en la puerta y lo miró con expresión madura y formal.

– Gracias, Aidan. No sabía adónde ir si no.

A Aidan el corazón le dio un vuelco. Su hermana pequeña había sido una sorpresa tardía para sus padres y entre todos la habían mimado mucho. Sin embargo, y a pesar de todo, era una buena chica. Muy buena, de hecho. No le hacía ninguna gracia que tuviera que enfrentarse tan joven a los peligros de la vida.

– Puedes venir siempre que quieras, Rachel. Pero no vuelvas a asustarme, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Martes, 14 de marzo, 8.09 horas.

Aidan se dejó caer en la silla contigua a Murphy y evitó la severa mirada de Spinnelli.

– Llegas tarde, Aidan.

– Lo siento. -Se había encontrado con un atasco al dejar a Rachel en la escuela tras entrar de hurtadillas en casa de sus padres a buscarle ropa limpia. Las manchas de cerveza se habían ido, pero las prendas seguían oliendo a marihuana.

Jack deslizó una caja de donuts medio vacía hasta el otro lado de la mesa.

– Peor para ti si te has dormido. Murphy y yo nos hemos terminado todos los de mermelada. -Miró a Aidan tratando de dilucidar qué pensaba-. ¿Tienes la lista de pacientes?

– No. -Aidan cogió un donuts glaseado y se chupó los dedos-. Se ha negado muy amablemente. Pero he averiguado que, después del juicio de Green, recibió cartas de amenaza. Aquí están. -Con la mano limpia, empujó el sobre, que también olía a Forevermore, hasta el otro lado de la mesa. Al olfatearlo se había sentido ridículo, pero no había podido resistirse-. Ah, y sí que estuvo tomando Soma, también después del juicio de Green. No tiene los botes vacíos y no recuerda si los tiró o no. -Miró a Spinnelli-. Pasará por aquí durante la mañana para que le grabemos la voz y firmará una autorización para que podamos intervenir su teléfono.

Spinnelli exhaló un suspiro.

– Colabora tanto como puede. Si nos entrega la lista de pacientes, perderá la licencia.

– Los de cualificaciones profesionales ya andan detrás de ella. Ayer se presentaron en su casa. -Aidan se volvió hacia Murphy-. La empleada del Departamento de Sanidad se chivó.

Murphy puso mala cara.

– Mierda, la cosa se pone cada vez peor.

– ¿Cómo te ha ido en Archivos?

Murphy miró a Spinnelli, quien asintió con expresión seria.

– Adelante, Todd.

– Hace tres meses una persona consultó los dos informes, el de Adams y el de Winslow. -Exhaló un suspiro-. Fue Preston Tyler.

Aidan sacudió la cabeza, anonadado.

– No puede ser. Está… muerto.

Todos lo sabían, Harold Green lo había matado con sus propias manos, aunque el muy cabrón lo había tratado con bastante más delicadeza que a las tres pobres niñas. Aidan apretó los dientes mientras se esforzaba por ahogar la ira que lo invadía cada vez que pensaba en el cuerpo destrozado de la pequeña.

Y en el hecho de que Harold Green hubiera burlado la justicia, gracias a Tess Ciccotelli. «Pero en cambio quitó de en medio a otros treinta y un elementos peligrosos.» Se dijo que no debía olvidarse de eso, ni tampoco de la expresión atormentada de sus ojos al ver el cadáver de Winslow. Detrás de la apariencia fría, se escondía una mujer comprometida. Era muy humana; y, como podía ocurrirle a todo humano, había cometido un error. Un error terrible, trágico.