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Él bajó la mirada y frunció ligeramente el entrecejo.

– El departamento técnico, donde tienen que grabarle la voz, está en el cuarto piso.

– No importa.

Él suavizó el gesto.

– Entonces subiremos por la escalera.

Cuando hubieron recorrido el primer tramo, él le preguntó:

– ¿Ha llamado a su abogada?

El hecho de que le preocupara tanto que cumpliera su promesa decía mucho de él.

– Sí. -Amy había estado aguardando su llamada y se había disculpado repetidas veces. Pero la conversación había resultado embarazosa y ninguna había propuesto volver a retomar la relación abogada-cliente. Tal vez fuera mejor así. Amy y ella habían tenido que superar muchos contratiempos juntas. Su amistad se había resentido y era demasiado valiosa para ponerla en riesgo. En definitiva, en el mundo había más abogados defensores si al final le hacía falta contratar a alguno-. La llamé en cuanto me libré de los del Bulletin.

Reagan le lanzó una mirada de sorpresa.

– ¿Ha ido a verla Cyrus Bremin?

– La persona que vino no es tan famosa. Se llama Joanna Carmichael.

– Ah, la fotógrafa. ¿Me permite que le lleve el maletín?

Ella negó con la cabeza.

– No, gracias. Así, ¿conoce a Carmichael?

– Personalmente no. Buscamos un poco de información sobre ella cuando vimos el artículo en el periódico ayer por la mañana. Fuimos a su casa para ver si tenía más fotos del suicidio de Adams. -Vaciló un momento y al fin se encogió de hombros-. Vive en el mismo edificio que Cynthia Adams.

– Así que se dio de narices con el notición y al final fue Cy Bremin quien acabó firmando el artículo. No es de extrañar que me pidiera una exclusiva.

– ¿Una exclusiva? -La breve carcajada resonó en la escalera-. Qué loca. -Hizo una mueca-. Lo siento; el comentario no ha sido muy oportuno.

Tess ahogó una risita.

– No se preocupe. Yo le he dicho lo mismo, solo que de forma menos delicada.

– ¿Así que su vocabulario sigue degenerando?

– Creo que utilicé la palabra «vaselina». -Sonrió-. Es probable que me arrepienta.

Llegaron al cuarto piso y él le abrió la puerta para que pasara. En cuatro pasos se plantaron en el estudio de sonido, donde parecía esperarla el reparto al completo. Spinnelli, Patrick Hurst y Murphy aguardaban de pie en la puerta del estudio de grabación mientras dentro Jack hablaba con el técnico.

– Así que solo quedan localidades de pie -dijo en tono liviano, y Spinnelli sonrió-. ¿Dónde está el cartel con mi nombre?

– Hemos querido ceñirnos estrictamente a la normas, Tess. Por tu bien y por el nuestro.

– Y os lo agradezco, Marc. He oído que os han llegado recursos de apelación, Patrick.

Patrick puso mala cara; aunque, de hecho, siempre ponía mala cara. En la época en que llegó a la oficina después de que el fiscal del estado dimitiera del cargo por escándalo público, Tess solía preguntarse qué había hecho para que se ofendiera. Ahora sabía que era su semblante habitual.

– Esta mañana me he encontrado dos más en el fax -se quejó.

– Lo siento, me gustaría poder hacer algo para que todo esto se solucionara. -Tragó saliva-. Por el bien de todos, pero en particular por Cynthia Adams y Avery Winslow. Pero ya sabes que no puedo mostraros la lista de pacientes, Patrick.

Él asintió.

– Y tú sabes que vamos a enviarte una citación para que la presentes como prueba.

– Estoy obligada a negarme.

Patrick se encogió de hombros.

– Así es el juego. Espero que no muera nadie más mientras la conseguimos.

Ella se estremeció. Era un golpe bajo, bien planeado.

– Pues descubramos al culpable antes de que vuelva a la carga.

Spinnelli intervino.

– Suena bien. Ya está todo a punto, Tess. Acabemos cuanto antes.

Jack se asomó por la puerta.

– Sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad, Tess?

Ella respiró hondo.

– Queréis que pronuncie el mensaje del contestador. Ya sé de qué va, Jack.

– Entonces también sabrás que no es una ciencia exacta. Primero compararemos las gráficas impresas y luego le pediremos a nuestro experto que realice un análisis auditivo. También tendrás que emitir toda una serie de sonidos. Es posible que aun así no lleguemos a ninguna conclusión definitiva.

– Creía que vuestro experto era muy bueno -dijo Murphy, con voz tensa.

– Y lo soy. -La voz procedía del interior de la cabina y todos se volvieron a mirar. El hombre que estaba dentro abrió la puerta y se asomó.

– Este es el oficial Dale Burkhardt -lo presentó Jack-. Es mi homólogo del departamento técnico, donde se dedican a investigar y a desarrollar toda clase de artilugios nuevos. Dale supera con creces los requisitos del FBI en cuanto a análisis vocal. Es el mejor experto que hemos tenido nunca.

Los labios de Burkhardt se curvaron ligeramente.

– No te perdonaré la deuda por mucho que me lamas el culo, Jack. -Se volvió hacia Murphy-. En teoría, no existen dos voces idénticas. La voz depende de la cavidad bucal, la garganta y las cuerdas vocales, y también de la articulación durante el habla. A veces resulta difícil detectar a un imitador porque, aunque es improbable que su cavidad bucal tenga las mismas dimensiones que la del sujeto a quien imita, suele haber estudiado la posición de la lengua y de los labios y… también la imita. Si es así, en esos aspectos no se observarán diferencias. Veremos si la reconozco de oídas.

No había mala intención alguna detrás del juego de palabras, y en cualquier otro momento Tess lo habría encontrado gracioso. Pero ese día no le hizo gracia. Del análisis dependían demasiadas cosas.

– Doctora Ciccotelli, si está preparada, empezaremos.

Siguió a Burkhardt al interior de la cabina y se sentó en la silla que él le indicó. Vio una pila de fichas junto a un micrófono instalado en un tablero que iba de punta a punta de la cabina. En la primera ficha se encontraba impreso el mensaje del contestador automático de Cynthia Adams. Con un ligero temblor, Tess la levantó.

– ¿Empezamos? -preguntó.

– Espere a que yo salga. -Se sentó ante el panel de mandos que había frente a la cabina y le hizo señales para que empezara. Ella lo intentó, pero se le quebró la voz y cerró los ojos. Al enfrentarse de nuevo a las horribles palabras se imaginó la cara de Cynthia Adams al oírlas y creerlas por estar bajo los efectos de la droga.

Por el intercomunicador, la voz de Burkhardt sonó carrasposa.

– Vuelva a empezar, doctora. -Se hizo un silencio y el técnico habló de nuevo, esta vez en tono más amable-. Trate de no pensar en la víctima. Trate de pronunciar las palabras igual que en el mensaje, con suavidad.

«Con suavidad.» Tess se irguió y volvió a leer la frase.

– Mejor, pero vuelva a intentarlo. Con más suavidad.

De nuevo Tess leyó las palabras, y al levantar un poco los ojos vio que Aidan Reagan la estaba mirando fijamente. Él asintió y articuló una frase en silencio:

– Lo está haciendo muy bien.

Tess seguía teniendo los nervios a flor de piel, pero el malestar que le atenazaba el estómago se calmó lo suficiente para que pudiera imitar el tono de la llamada antes de pasar a las siguientes fichas, que contenían una serie de palabras elegidas al azar con los sonidos que necesitaban que el emisor pronunciara. Las leyó todas y volvió a empezar la serie. Cada pocos minutos miraba a Reagan, y él siempre asentía. No sonrió, ni volvió a articular palabra. Con todo, hizo que ella se sintiera acompañada al otro lado del cristal.

Por fin terminó. Burkhardt se puso en pie. Su expresión no revelaba nada de nada.

– Gracias, doctora. Ya puede salir.