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Tess salió de la cabina. Con férrea voluntad consiguió que no le temblaran las manos ni las rodillas. Pero nadie pronunció palabra. Los hombres observaban la pantalla del ordenador de Burkhardt. Ninguno se atrevía a mirarla a los ojos, hasta que ella no pudo más.

– ¿Y bien?

Jack sacudió la cabeza.

– Se parece mucho, Tess. Muchísimo.

Ella exhaló un lento suspiro. ¿Y qué esperaba? La voz del contestador se parecía tanto a la suya que hasta podría haber engañado a su propia madre.

– Muy bien. ¿Y ahora qué?

La mirada que le dirigió Burkhardt expresaba a la vez respeto y compasión.

– Ni siquiera he empezado con el análisis, doctora Ciccotelli. Ya me imaginaba que las voces se parecerían mucho. No se dé por vencida aún.

Patrick se colocó el abrigo en el brazo.

– Llámame cuando tengas resultados. Estaría bien saber algo al mediodía, he quedado para comer con el juez Doolittle y no me apetece que piense que soy tonto de remate.

Burkhardt dio un resoplido cuando la puerta se cerró detrás de Patrick.

– ¿Al mediodía? Bromea, ¿no?

– No -respondió Spinnelli-. Llegaremos al fondo de la cuestión, Tess. Trata de no preocuparte.

Ella asintió con rigidez.

– Muy bien. -Le resultaría más fácil tratar de no respirar.

Spinnelli salió de allí sacudiendo la cabeza.

– Mierda. Tenía esperanzas de que saliera bien.

Tess se envolvió con su abrigo y asió el maletín.

– Gracias por intentarlo. Firmaré la autorización para que intervengan mi teléfono y les dejaré que sigan trabajando. -Pasó junto a Murphy, que había permanecido mudo durante la prueba. Parecía tan desolado como ella misma y, de pronto, Tess se sintió demasiado cansada para seguir enfadada con él. Se detuvo enfrente, a tan corta distancia que no podía ver bien su rostro-. Lo entiendo, Todd -dijo. Y era cierto-. Aún me duele que no me creyeras, pero lo entiendo. Ante los hechos, probablemente a mí me habría pasado lo mismo.

Al salir oyó que Reagan y Murphy hablaban en voz baja. Luego notó que Reagan la seguía. Supo que era él por el simple sonido de sus pasos y por el aroma de su aftershave.

Se dirigieron en silencio a su puesto de trabajo. Sin pronunciar palabra, él le tendió el impreso de autorización y ella lo examinó. Solo podía pensar en las palabras de Amy. «No seas idiota, Tess.» Estaba renunciando por voluntad propia a su derecho a la intimidad. Pero si la mujer volvía a llamarla, por lo menos tendrían su voz. «Y la verdadera, no una imitación de la mía.» Suponiendo que fuera la misma mujer la que efectuaba todas las llamadas, lo cual a esas alturas parecía lo más probable. Valía la pena correr el riesgo. Se dio prisa en firmar el impreso y, cuando estuvo segura de que su mirada se había serenado, miró a Reagan.

– Gracias. Me ha facilitado las cosas allí dentro.

La sonrisa de él fue breve, pero aun así hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Tess.

– Han sido unos días muy duros, doctora. Yo no hubiera soportado tan bien la presión.

Eso la hizo sonreír.

– Que tenga un buen día, detective. Ya sé dónde está la salida.

Martes, 14 de marzo, 11.55 horas.

Tras pasarse la mañana hablando con empleados de banco, Aidan empezaba a entender a qué se debía la creciente popularidad de los cajeros automáticos. Era cierto que el trato era despersonalizado, pero por lo menos las máquinas eran eficaces y no ponían pegas.

Incluso con una orden judicial, le llevó un buen rato averiguar en qué sucursal tenía Cynthia Adams su caja de seguridad. Al final, una mujer de rostro enjuto apellidada Waller los acompañó hasta la cámara acorazada. A Aidan la mujer le recordaba vagamente a su profesora de álgebra de octavo curso, lo cual no era precisamente agradable.

La señora Waller extrajo una caja de tamaño mediano del casillero y la depositó en una mesa alta.

– ¿Tienen la llave?

Murphy se la mostró.

– Igual salimos con una mano detrás y otra delante -dijo mientras metía la llave en la cerradura y abría la caja-. Certificados de acciones y su testamento. -Se lo entregó a Aidan, quien le echó un rápido vistazo.

– La mayor parte de la herencia es para su hermana.

– Debía de hacer tiempo que no lo revisaba. -Murphy miró a la señora Waller-. ¿Cuándo tuvo acceso a la caja por última vez?

La mujer cruzó sus delgadas manos con un ademán afectado.

– El viernes pasado.

– ¿En serio? -Aidan frunció el entrecejo-. ¿Sacó o metió algo?

– No disponemos de esa información. Garantizamos privacidad a nuestros clientes.

– Estoy un poco cansado de tanta privacidad -gruñó Aidan.

– Entonces me alegro de no tener necesidad de acogerme a la cuarta enmienda. -Murphy agitó un pequeño sobre-. Seguro que guardó algo aquí dentro. -Abrió el sobre por un extremo y, al vaciarlo, en la mesa cayeron dos microcasetes-. Qué pequeños.

– Son de una grabadora -observó Aidan. Su cuñada nunca salía de casa sin su pequeña grabadora-. Kristen siempre anda grabando su voz. Una de las secretarias de la oficina de Patrick tiene un aparato que puede reproducirlos.

Murphy recogió el contenido de la caja.

– Burkhardt también.

– Lo que quieres es saber si ya ha llegado a alguna conclusión acerca de las voces, ¿verdad?

Murphy esbozó una breve sonrisa.

– Se me ha pasado por la cabeza. Vamos a comprarnos algo de comer y luego a ver a Burkhardt para pedirle que nos deje oír esto.

Martes, 14 de marzo, 12.35 horas.

– ¿Acaso piensas darme plantón?

Tess levantó la cabeza del archivador y pestañeó varias veces para ver bien al hombre que aguardaba en la puerta de su despacho. Luego miró el reloj de pared, que tenía tantos años como el catedrático que se había encargado de guiar su tesis, el doctor Harrison Ernst. Los martes siempre quedaban para comer.

– Lo siento, Harrison. He perdido la noción del tiempo. ¿Te importa que hoy no comamos juntos?

Harrison descolgó el abrigo y el bolso de Tess del perchero.

– Pues sí.

– Tengo que terminar de revisar estos informes. -Llevaba horas tratando de deducir cuál de sus pacientes era más fácil de manipular mentalmente y, por tanto, corría más riesgo. Apartó el que tenía entre manos con expresión malhumorada.

– Necesitas descansar, Tess. Tienes un tic en el ojo. Haz caso de un anciano. -Le tomó la mano y la hizo levantarse-. ¿Lo ves? No cuesta tanto como parece.

– Harrison, por favor.

Él echó un vistazo a su mesa de trabajo.

– Estás tratando de deducir quién será el siguiente, ¿verdad?

El tono ligeramente benévolo del hombre le levantó un poco el ánimo.

– Sí, eso hacía.

– ¿Habrías pensado alguna vez que las dos víctimas fueran tan vulnerables?

Tess cerró los ojos y se apoyó en la mano deformada del anciano.

– No más que la mitad del resto de mis pacientes. No veo ningún vínculo obvio, aparte de sus tendencias suicidas, producto de sus respectivos traumas.

– Como la mitad del resto de tus pacientes. ¿Puedo sugerirte otra estrategia?

Mientras, el hombre se las había arreglado para ponerle el abrigo y llevarla hasta el ascensor. Solo tenían que bajar tres plantas, pero Harrison ya no era capaz de hacerlo por la escalera y Tess podía resistir el corto recorrido. Esbozó una sonrisa forzada.

– ¿Tengo alguna opción?

Él soltó una risita y pulsó el botón del aparcamiento.

– No creo. Escucha, Tess, deja de tratar de leer el pensamiento a la gente y dedícate a hacer de psiquiatra.

Las puertas del ascensor se cerraron y el pulso de Tess se aceleró. «Dos plantas más. Una.» Luego las puertas se abrieron y ella respiró hondo sin importarle la humedad y la contaminación del aire.

– ¿Qué quieres decir?

– Si no te hubieran considerado sospechosa y los dos detectives hubieran acudido a ti para pedirte tu opinión, ¿qué habrías hecho?