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La ayudó a subir al coche.

– Habría redactado un perfil psicológico -respondió cuando él se sentó al volante.

– Pues hazlo -le sugirió Harrison en tono gentil a la vez que abandonaba la plaza de aparcamiento-. Yo te ayudaré. Ah, te aviso de que hay periodistas en la puerta.

– Lo siento.

Él le dirigió una mirada de reproche.

– Chis. Mira dentro de esa bolsa.

Tess abrió la bolsa de papel marrón situada entre los asientos y no pudo evitar echarse a reír. Dentro había un sombrero de fieltro negro y unas gafas de Groucho con nariz y bigote.

– ¿Es mi disfraz?

Él se aguantó la risa.

– He pensado que te gustaría ir de incógnito.

– ¿Tienes también preparado un pasaporte falso y diez mil dólares?

– No nos vamos a México, Tess. Es solo una comida.

A Tess el gesto le llegó al corazón.

– Escucha, Harrison, ¿te he dicho alguna vez cuánto te quiero?

Él le dio una palmadita en el muslo.

– No, pero me lo imagino. A Eleanor no le gustaría ver que pasas el tiempo martirizándote.

Tess pensó en la mujer que tantas cosas le había enseñado. Eleanor Brigham había sido su mentora y la mejor amiga de Harrison. Ambos se habían iniciado juntos en la profesión hacía veinte años, y Tess sabía que la habían elegido a ella como su heredera natural; sin embargo, hacía tres años que Eleanor había muerto de un derrame cerebral mientras dormía, y ella todavía no lo había aceptado.

– La echo de menos, me gustaría que estuviera aquí. Aunque estoy muy contenta de tenerte a ti.

Él se incorporó al tráfico sin prestar la mínima atención a los periodistas que trataban de detenerlos.

– La verdad es que últimamente no soporto los medios de comunicación.

– Te entiendo. ¿Quién puede ser este monstruo, Harrison?

– Tú me lo dirás. Conoces mejor los hechos que yo.

– No lo sé todo ni mucho menos, el detective Reagan se reserva mucha información. -Se echó hacia atrás en el asiento y se mordió el labio-. Aunque sé lo suficiente para formarme una idea. Es alguien a quien le gusta controlar las situaciones, detallista y con dotes dramáticas, capaz de reconocer a las personas vulnerables y aprovecharse de ellas sin pensarlo dos veces. Tiene acceso a mi lista de pacientes y a los archivos de la policía.

– ¿Hombre o mujer?

– No lo sé. La persona que me ha llamado dos veces es sin duda una mujer. Y también la que imita mi voz.

La rápida mirada de él denotaba estupor.

– ¿Alguien ha imitado tu voz?

– Dejó un mensaje en el contestador automático de Cynthia Adams. Esta mañana he ido a la comisaría para que me grabaran a mí con la esperanza de que eso me excluya de la investigación, pero por ahora no da la impresión de que vaya a ser así.

– Quienquiera que haya planeado todo esto, lo ha hecho muy bien.

– Eso parece.

– ¿Cómo ha podido tener acceso a tu lista de pacientes?

– He pensado mucho en eso. Una cosa que Winslow y Adams tenían en común es que acudieron a la consulta por medio del hospital, después de ingresar por intento de suicidio. Pero a la mitad de mis pacientes les ocurre lo mismo.

– Seguro que en el hospital guardan una copia del volante junto con el historial.

– Sí, seguramente. Los historiales son privados, secretos, como los nuestros. Pero… -Se encogió de hombros.

– ¿Estás segura de que nadie ha tenido acceso a tu archivo?

– También he pensado en eso. Todo está en su sitio, y a los ficheros electrónicos solo hemos accedido Denise y yo.

Él frunció el entrecejo.

– Denise lleva con nosotros en el consultorio cinco años, igual que tú.

Tess exhaló un suspiro. Nunca se había sentido a gusto con Denise, pero Harrison le tenía cariño.

– Ya lo sé. Además, quienquiera que haya sido tiene también acceso al archivo de la policía. Sabía lo de la hermana de Cynthia, tenía copias de las fotos de su muerte, y también de la del bebé de Winslow. Te aseguro que en mi archivo no aparece nada de todo eso. En el piso de Cynthia había lirios, y yo no tenía ni idea de lo que significaban.

– ¿Así que esa persona se ha metido a un policía en el bolsillo?

– O él mismo es policía.

Harrison respiró hondo al entrar en el aparcamiento del restaurante.

– ¿Un caso de venganza?

– El detective Reagan opina que es una posibilidad.

Harrison estacionó.

– Así que nos enfrentamos a un sociópata organizado y artista dramático.

– Con conocimientos médicos.

– Ah, qué interesante.

Tess pensó en lo trágicas que resultaban las dos muertes. Las víctimas habían acabado suicidándose después de luchar con todas sus fuerzas por evitarlo. Eso implicaba un grado de crueldad más allá de la mera violencia.

– Y no le gusta ensuciarse las manos.

– Y tú lo pones caliente.

Tess abrió los ojos como platos ante el tono ordinario tan poco habitual en Harrison.

– Harrison.

Él no dijo nada y se encogió de hombros.

– Es lo que me parece.

– Creo que ya tiene un perfil incipiente, doctor -dijo ella con una sonrisa-. Y yo tengo debilidad por el estofado de cerdo.

Si el tráfico que saturaba Chicago al mediodía tenía algo de bueno era que ningún coche podía superar la velocidad de una bicicleta -pensó Joanna mientras retiraba la tapa del objetivo de su cámara. Montada en su bicicleta, tomó diez buenas fotografías de la doctora Ciccotelli y su acompañante.

Después de seguir de cerca a Ciccotelli durante un día entero la tarjeta de memoria de la cámara estaba casi llena y el insecticida, a punto.

Capítulo 9

Martes 14 de marzo, 12.35 horas.

– No he terminado -advirtió Burkhardt antes de que Aidan y Murphy pudieran pronunciar palabra.

– No hemos venido a presionarte -dijo Aidan, y se sacó una bolsa de papel blanco del bolsillo del abrigo-. Hemos venido a sobornarte.

Burkhardt arqueó las cejas.

– ¿Qué llevas ahí?

Aidan la sostuvo fuera de su alcance.

– Baklava. Está buenísimo. -Aidan lo había llevado con la intención de guardárselo para merendar, pero Burkhardt parecía decepcionado; cada vez que trataba de alcanzarlo sin conseguirlo se le ponían los pelos de punta. La madre de Aidan siempre le decía que la mejor manera de cazar moscas era atraerlas con miel, y el baklava estaba cubierto de ella.

Burkhardt lo miró con mala cara.

– Juegas sucio, Reagan. Vamos, dame eso. -Atrapó la bolsa, la abrió y husmeó el contenido-. Hay diferencias de matiz.

– ¿Qué quiere decir eso? -preguntó Murphy.

– Que he encontrado sonidos distintos, pero en la cinta no se repiten lo suficiente para estar seguro. La imitación es muy, muy buena. -Vaciló un momento y miró primero a Aidan y luego a Murphy-. ¿Estáis seguros de que la psiquiatra es inocente?

Aidan oyó que Murphy rechinaba los dientes.

– Segurísimos -gruñó Murphy.

Burkhardt se encogió de hombros.

– Pues quienquiera que haya sido la tiene bien estudiada.

A Aidan la situación le recordó a las escuchas clandestinas de Richard Nixon.

– ¿Crees que podría tratarse de una profesional?

Burkhardt se encogió de hombros.

– Es posible; como mínimo vale la pena tenerlo en cuenta. Los mejores imitadores suelen ser humoristas. Algunos ponen voz a los dibujos animados, pero en Chicago no hay muchas personas que se dediquen a eso.

– Las actrices de teatro también suelen imitar voces -aventuró Murphy. Extrajo del bolsillo de su camisa el sobre con los microcasetes y se lo tendió a Burkhardt-. En realidad, no solo hemos venido a sobornarte. ¿Puedes dejarnos oír esto?