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Burkhardt vació el sobre en la palma de su mano.

– En este equipo no. -Se dirigió a un armario y estuvo revolviéndolo todo. Cuando se incorporó sostenía una pequeña grabadora en la mano-. De momento, es lo mejor que tengo. -Introdujo una de las cintas en el aparato y pulsó el play.

Aidan frunció el entrecejo al oír el estridente lamento.

– ¿Qué coño es eso?

Burkhardt se llevó el aparato al oído.

– Parece que digan: «Cynthia, Cynthia, ¿por qué lo hiciste?»

Le entregó la grabadora a Aidan con semblante inquieto.

– Es escalofriante. Parece una voz infantil, pero resulta difícil distinguir bien los sonidos. Estos aparatos no ofrecen una calidad muy buena.

Aidan escuchó la cinta; luego la rebobinó y volvió a escucharla.

– Cynthia Adams guardó las cintas en su caja de seguridad dos días antes de morir. -Miró a Murphy a los ojos-. Los altavoces.

– Tienes razón -respondió Murphy en tono grave-. Alguien trató de hacer creer a Adams que su hermana la llamaba desde la tumba. Pero ¿por qué lo grabó?

– Tal vez pensara que se estaba volviendo loca y no se atreviera a contárselo a nadie. Tess dijo que Adams solía negar lo que no quería creer. No quería creer que oía voces, y el hecho de grabarlas le servía para demostrar que no eran imaginaciones suyas.

Murphy miró a Burkhardt.

– Si es la misma persona la que imita esa voz, podrías compararla también con la de Tess Ciccotelli.

Burkhardt asintió.

– La grabación es muy mala pero haré lo que pueda.

Aidan se quedó mirando las cintas.

– Hay otro mensaje grabado. El que apremia a Adams para que mire el correo electrónico. ¿Lo has analizado?

Burkhardt arrugó la frente.

– No sabía nada de ese mensaje.

– Estábamos tan pendientes del de Tess que nos olvidamos de decírtelo -dijo Murphy disgustado al caer en la cuenta.

– Bueno, ahora que lo sé le pediré a Jack que me deje escucharlo. Tal vez entre todos saquemos algo en claro.

Martes, 14 de marzo, 15.15 horas.

La señora Lister lloraba a lágrima viva, sus desesperados sollozos expresaban ira y aflicción. Sin embargo su llanto era música para los oídos de Tess. La mujer llevaba tres meses acudiendo a la consulta con variados síntomas que iban desde la opresión en el pecho hasta el insomnio. En realidad lo que le ocurría era que no era capaz de afrontar el suicidio inesperado de su hijo de treinta años. Había cumplido con las formalidades, enterrándolo y guardando el correspondiente luto, pero la rabia que sentía era demasiado profunda.

De algún modo, las muertes de Cynthia Adams y Avery Winslow habían servido para que esa rabia emergiera y finalmente la señora Lister era capaz de admitir cuan enfadada estaba con su hijo, cuánto lo detestaba por haberla dejado así. Cuánto lo amaba. Habría dado cualquier cosa por que aquel día hubiera acudido a ella. De haberlo sabido, ella lo habría protegido; pero no sabía nada. Ni siquiera lo sospechaba. Ahora era demasiado tarde; no disponía de una segunda oportunidad.

Era habitual que los que perdían a un ser querido se sintieran así, pero eso no impedía que cada vez la emoción llenara de lágrimas los ojos de Tess y le atenazara la garganta. Le tendió un paquete de pañuelos de papel a la señora Lister y la dejó llorar. Sabía que eso le serviría para desahogarse, aunque no implicaba que estuviera preparada para dar el siguiente paso. Cada paciente era distinto y tenía sus propias necesidades.

Mientras Tess aguardaba en silencio, notó que vibraba el busca que llevaba en el bolsillo de los pantalones. Tenía que ser Denise, nadie más conocía el número. Era una forma discreta de ponerse en contacto con ella mientras estaba con un paciente. «Ahora no, Denise.» Al cabo de treinta segundos el busca volvió a vibrar. Tess se puso en pie y lo extrajo disimuladamente de su bolsillo mientras fingía mirar por la ventana de la consulta.

El corazón le dio un vuelco. Una serie de «911» llenaba la pequeña pantalla. El 911 era el código para las urgencias. Con las manos temblorosas, se guardó el aparato en el bolsillo y, esforzándose por aparentar tranquilidad, se volvió hacia la mujer que lloraba en el diván.

– Señora Lister, voy a salir un momento para darle tiempo.

Tess abandonó la sala y al ver a Denise se le cayó el alma a los pies. Estaba sentada detrás de su escritorio con el rostro más blanco que el papel.

– Lo siento, pero tiene otra llamada. Por la línea dos. Es una mujer; dice que solo piensa hablar con usted, y que se alegrará de que la haya llamado.

Tess descolgó el teléfono, se irguió y asintió con un gesto brusco. Denise pulsó la tecla de la línea dos y Tess oyó las interferencias de un teléfono móvil con mucho ruido de fondo. Sonó un pitido estridente y después otro similar. En ese momento deseó con todas sus fuerzas haber permitido que Reagan interviniera el teléfono de su consulta, aunque sabía que en realidad nunca haría una cosa así.

– Soy la doctora Ciccotelli. ¿En qué puedo ayudarla?

– Doctora Ciccotelli, soy vecina de un paciente suyo.

«Deja de decir gilipolleces y ve al grano», estuvo a punto de soltar Tess, pero se mordió la lengua, no fuera a ser que la mujer le colgara el teléfono.

– ¿Qué paciente, señora?

– Malcolm Seward.

Tess respiró hondo y le hizo señas a Denise para que le alcanzara un bolígrafo. Anotó el nombre en un cuaderno y Denise lo tecleó en el ordenador.

La cosa pintaba muy mal.

– ¿Qué le ocurre al señor Seward?

– Se está peleando con su esposa -dijo la mujer en tono vacilante-. Parece que… Sí, acaba de tirarla al suelo. Dice que va a acabar con ella de una puta vez -añadió como si estuviera dando el parte meteorológico-. Lo dejo en sus manos, doctora.

La mujer colgó el teléfono. Tess miró la puerta de la consulta donde aguardaba la señora Lister, sabía lo que tenía que hacer.

– Avisa a Harrison y dile que haga algo con la señora Lister.

– ¿El qué?

– ¡Joder, y yo qué sé! -A Tess le temblaban las manos-. Que termine de visitarla, o que le dé hora para mañana. Él sabrá. Pásame la dirección de Seward. -Tomó el cuaderno donde Denise había anotado dos direcciones-. ¿Qué significa esto?

– Tiene dos casas -dijo con expresión de impotencia-. Una en la ciudad y otra cerca de North Shore. ¿Dónde cree que estará?

– Se oía ruido de tráfico de fondo -observó Tess-. Debe de estar en la ciudad. -A menos de tres manzanas-. Llama al 911, diles que se den prisa.

Salió de la consulta y bajó corriendo la escalera con la esperanza de que los periodistas se hubieran marchado, aunque sabía que eso no cambiaría mucho las cosas.

Malcolm Seward sería noticia, una noticia bomba. Aunque los medios de comunicación aún no supieran nada, no tardarían en averiguarlo. Salió a la calle y echó a correr a toda velocidad sin hacer caso del grito del peatón al que estuvo a punto de atropellar. «Reagan.» El rostro del detective se dibujó en su mente. «Llama a Reagan.»

Martes, 14 de marzo, 15.30 horas.

Por suerte, la esposa de Spinnelli se dedicaba a patrocinar diversas formas de arte. Por suerte, la semana anterior había arrastrado al teniente a una representación improvisada que le había gustado lo suficiente para mantenerse despierto, lo que no ocurría con la mayoría de las sesiones a las que lo llevaba. Así, la señora Spinnelli le había proporcionado una lista de contactos en el Chicago Studio Theater, un renombrado centro de estudios teatrales. Murphy y Aidan accedían en esos momentos al centro tras mostrar su placa identificativa. Todas las miradas de los asistentes al ensayo se fijaron en ellos.

– Soy el detective Murphy. Este es mi compañero, el detective Reagan.

– ¿Qué quieren? -preguntó un hombre mayor desde el escenario.

– Tenemos que hacerles unas preguntas -respondió Aidan-. Estamos buscando a una mujer que imita voces y nos han enviado aquí.