El hombre se sentó en el borde del escenario y saltó al suelo.
– Soy el director de escena, me llamo Grant Oldham.
– Muy bien. Tal como le decía, señor Oldham, estamos buscando a una mujer que imita voces. Es muy buena. Se nos ha ocurrido que podría pertenecer al mundo del teatro.
Oldham se irguió cuan alto era: un metro setenta.
– No voy a facilitarles ninguna lista de nuestros actores para su caza de brujas.
– No buscamos a ninguna bruja, señor Oldham, sino a un criminal -le respondió Aidan en tono levemente irónico-. Claro que no están obligados a decirnos nada, ¿verdad, Murphy?
– No. Pero tengo entendido que los actores y actrices son muy bohemios. Quién sabe lo que podemos descubrir si venimos con una orden judicial.
Costaba afirmarlo en la sala medio a oscuras, pero Oldham pareció palidecer.
– No pueden pedir una orden judicial sin motivo, es anticonstitucional.
Aidan suspiró. De repente todo el mundo se sabía la Constitución al dedillo.
– Le estamos siguiendo la pista a un asesino que ya ha matado a dos personas y no da la impresión de que vaya a dejarlo ahí. Nos gustaría que nos ayudaran, pero la cuestión es tan importante que si no lo hacen y los detenemos para interrogarlos, nadie nos lo echará en cara. Por favor, compórtense como deben y colaboren con nosotros.
Oldham dio un resoplido.
– ¿Qué quieren que hagamos?
– Ayudarnos a encontrar a imitadoras de voces -explicó Murphy-. Con talento.
Oldham se frotó la calva de la coronilla.
– A ver, tenemos a Jen Rivers, Lani Swenson, Nicole Rivera… -Volvió la cabeza para mirar a los actores del escenario-. ¿Alguien más? -preguntó.
– Mary Anne Gibbs -apuntó un hombre con una incipiente perilla que le confería un aspecto descuidado-. Imita muy bien a Liza Minnelli.
Los otros se limitaron a negar con la cabeza, con el entrecejo fruncido.
Aidan anotó todos los nombres mientras Murphy se sacaba del bolsillo una fotografía de la mujer que aparecía en la grabación de la oficina de correos.
– ¿La conoce?-preguntó Murphy.
Oldham entrecerró los ojos.
– Eh, tú, guaperas, dale a la luz, ¿quieres?
El actor de la perilla atravesó tranquilamente el escenario y de súbito una luz cegadora inundó el teatro obligándolos a cerrar los ojos. Oldham tomó la fotografía y la examinó atentamente.
– Por el pelo no lo parece, pero… podría ser Nicole. De todas formas, tiene demasiado grano. Lo siento, detectives.
Un hormigueo recorrió la columna vertebral de Aidan. Habían dado un paso más.
– ¿Sabe dónde podemos encontrar a Nicole?
Oldham se volvió de nuevo hacia los actores.
– ¿Alguno sabe por dónde anda Nicole?
– Trabajaba de camarera en un café, cerca de la torre Sears -dijo el hombre de la perilla-. No sé si sigue allí, hace unos cuantos meses que no veo a Nikki.
De pronto sonó el móvil de Aidan.
– Discúlpenme, será solo un momento. -Se apartó un poco mientras miraba la pantalla. Tess Ciccotelli.
– ¿Qué hay? -le preguntó, saltándose el saludo.
– Tenemos que vernos. -Estaba sin aliento, su voz era incapaz de expresar su desesperación-. He recibido otra llamada.
– Murphy -lo llamó Aidan en tono imperioso-. Tenemos que irnos. ¿De quién se trata esta vez, Tess?
– De Malcolm Seward.
Aidan se detuvo en seco en el vestíbulo del teatro y, tras él, Murphy hizo lo propio.
– ¿El futbolista? -El hombre no era cualquier jugador, era un auténtico mito. ¿Malcolm Seward era paciente suyo?
– Sí. Por favor, detective, dese prisa. Esta es la dirección.
Aidan sujetó el teléfono entre el hombro y la cabeza y garabateó la dirección en su cuaderno, debajo de los nombres de las cuatro mujeres. Se trataba de un barrio caro, no lejos de donde vivía Ciccotelli.
– ¿Dónde está ahora? -Oyó un bocinazo seguido de un chirrido de neumáticos y le pareció que Ciccotelli decía algo como «gilipollas»-. ¿Tess? ¿Va todo bien?
– Sí, sí, todo bien, todo bien. Voy de camino a su casa, el piso es el séptimo. Dese prisa.
– Espere, Tess; espérenos. -Pero ya no lo escuchaba-. Vamos, Murphy -lo apremió, y echó a correr.
El corazón le latía con fuerza, con mucha fuerza; su ritmo se acompasaba al de sus pasos al atravesar a toda prisa la puerta de cristal del bloque de pisos donde vivía Seward.
El portero, estupefacto, no llegó a detenerla por pocos segundos.
– ¡Espere! ¡No puede subir!
– Soy médico -dijo entre jadeos volviendo la cabeza-. Hay una urgencia. -La puerta de un ascensor se abría en ese momento y, tras vacilar durante fracciones de segundo, se coló dentro y apretó el botón del séptimo piso. Un penetrante sonido de sirenas lejanas se mezcló con el martilleo de su cabeza mientras la puerta se cerraba. La policía estaba a punto de llegar; se encontraban tan solo a una manzana de distancia.
«Son solo siete pisos. Seis.» Clavó la mirada en la pantalla digital y contó los latidos de su corazón mientras el ascensor se elevaba.
Malcolm Seward, un futbolista con mucha rabia contenida. Respiró hondo, le ardían los pulmones. El médico del equipo lo envió a su consulta por haber pegado un puñetazo en la cara a otro jugador durante una riña que había tenido lugar fuera del campo y, por suerte, lejos de las cámaras. Ella había captado cuál era el problema enseguida, semanas antes de que él fuera capaz de verbalizarlo.
La puerta del ascensor se abrió y Tess salió tambaleándose al descansillo. Le resultó fácil adivinar cuál era el piso de Seward al oír los violentos insultos solo interrumpidos por gritos de terror que le helaban la sangre.
– No, Dios, no. Malcolm, por favor. -Eran los gritos de una mujer. «Dice que va a acabar con ella de una puta vez.» Pero aún no estaba muerta. «No es demasiado tarde.»
La puerta blindada, llena de abolladuras, colgaba de un lado del marco. La observó un momento mientras se estrujaba los sesos. Había echado la puerta abajo. «¿Dónde está la policía? Tendría que haber llegado antes que yo.» Pero los agentes no habían llegado todavía y los gritos habían cesado. Ya solo se oían gemidos aterrados, lo cual era aún peor.
– Por favor, Malcolm. -El susurro de la mujer resultó tenso, ronco-. Por favor, no voy a dejarte. No diré nada.
– Mientes. Cerda asquerosa, a mí no me mientas.
– No estoy mintiendo, no… -Un grito ahogado.
Incapaz de esperar más tiempo, Tess empujó la puerta y se quedó petrificada. A escasa distancia, Malcolm Seward, casi dos metros de puro músculo y violenta furia, levantaba a su menuda esposa del suelo sujetándola por la garganta con el antebrazo y le apuntaba la cabeza con una pistola. «Su nombre -pensó Tess desesperada-. Cómo se llama… Gwen. Se llama Gwen.» Se esforzó por tomar aire y serenarse, lo cual no resultaba fácil teniendo en cuenta que a Gwen se le salían los ojos de las órbitas de puro terror. Sus pequeñas manos se clavaban en vano en el brazo de su marido. Miraba fijamente a Tess, sus frenéticas súplicas eran totalmente inaudibles.
– Malcolm. -Tess pronunció su nombre con calma-. Suéltala. Si lo haces, te ayudaré.
Ahora a Gwen le costaba respirar y agitaba las piernas en el aire golpeando las de él. No obstante, el hombre era una roca capaz de avanzar con el esférico aun arrastrando a dos jugadores de más de cien kilos. Su diminuta esposa representaba una amenaza tan grande como un insecto.
Seward levantó la mirada enajenada, acusatoria. El sudor que rezumaba de su cuerpo le había empapado la camisa.
– Usted se lo «dijo». Me prometió que no lo haría, pero sí que lo hizo.
Tess levantó las manos con las palmas hacia el frente.
El corazón volvía a latirle con violencia, esta vez a causa del miedo. Otra vez la mujer. La misma mujer que había dejado el mensaje en el contestador de Cynthia Adams había vuelto a imitar su voz.