Porque ella se las merecía.
Martes, 14 de marzo, 16.45 horas.
No le habían preguntado por el secreto de Seward, pensó Tess aturdida mientras observaba a Murphy y a Reagan dirigir la acción dentro del piso. Media docena de miembros de la policía científica habían acudido al lugar bajo el mando de Jack Unger. También había llegado el forense, con camillas y bolsas para los cadáveres. Y, a excepción del médico de urgencias, por fortuna todos la habían dejado tranquila. Ni una sola persona le había preguntado acerca de lo que Malcolm Seward tanto repetía que había contado. Por lo menos, de momento. Pero sabía que lo harían. Tenían que hacerlo. Y ella les respondería.
Total, ahora daba lo mismo. Malcolm Seward estaba muerto, y Gwen también. No tenían hijos. No quedaba nadie a quien la verdad pudiera herir.
Tess se sentó en el suelo del rellano, un agente uniformado se apostaba junto al ascensor y otro, junto a la escalera para prohibir el paso a las personas no autorizadas. Y suponía que también para evitar que ella se marchara antes de contar lo que la policía quería saber. Como si pudiera hacerlo. Después de oír cómo Seward apretaba el gatillo del arma dirigida a su propia persona, una oleada de pura adrenalina la había impulsado a moverse. En cambio ahora no tenía claro si podría hacerlo ni… Tragó saliva a la vez que la frase hecha le daba vueltas por la cabeza. «Ni a punta de pistola.»
Ya tenía las manos y los pies limpios, y un médico de urgencias le había quitado las medias manchadas de sangre con gestos suaves y una sonrisa alentadora. Estaba descalza. El médico le había dado un par de calcetines de deporte con suela antideslizante, pero de momento no se sentía con fuerzas para inclinarse y ponérselos.
Uno de los zapatos había quedado inservible, cubierto de sangre y sesos tanto de Malcolm como de Gwen Seward. El otro había ido a parar al rellano y permanecía en el suelo, cerca de donde estaba sentada. De todos modos, no pensaba volver a ponérselos. En cuanto llegara a casa, tiraría a la basura absolutamente todas las prendas que llevaba puestas. En cuanto llegara a casa, se daría una buena ducha con agua hirviendo y luego se frotaría el pelo y la piel sin dejar un solo rincón. Pero ni así se sentiría limpia. En cuanto llegara a casa, se terminaría la botella de vino de la noche anterior. Necesitaba caer en una inconsciencia que borrara todo lo sucedido durante la última hora.
De todos modos, no serviría de nada. Cuando despertara volvería a encontrarse en medio de aquella pesadilla. Malcolm y Gwen seguirían estando muertos, igual que Cynthia y Avery.
«Por mi culpa.» La razón le decía que no era cierto, pero la misma razón le decía que eso sería lo de menos cuando al día siguiente la ciudad entera leyera la noticia en los periódicos, o cuando esa noche tratara de conciliar el sueño. Lo cierto era que esas personas confiaban en que ella las ayudaría. Lo cierto era que cuatro inocentes habían muerto. «Por mi culpa.»
Los forenses estaban retirando los cadáveres y pasaban cerca de ella. Había una bolsa más grande y otra más pequeña. Recostó la cabeza en la pared y cerró los ojos. No quería que ese recuerdo se sumara a los demás, pero sabía que, por mucho que deseara lo contrario, la imagen perduraría en su mente mucho, mucho tiempo. Lo haría por mucho que ella le ordenara a su cerebro que la olvidara.
– ¿Tess?
Abrió los ojos y vio que Aidan Reagan se acercaba. La miraba con ojos atentos, como si temiera que fuera a desmoronarse. Ella se presionó con las frías puntas de los dedos las mejillas, más frías aún.
– Quiere mi versión de los hechos.
– Si se siente capaz.
– Sí.
Hizo acopio de todas sus fuerzas para ponerse en pie, y se quedó atónita al ver que él se ponía en cuclillas y le embutía los calcetines en los pies como si fuera una criatura. Luego se dio media vuelta y se dejó caer hacia atrás hasta apoyarse en la pared y sentarse junto a ella. Su cuerpo irradiaba calor y Tess se estremeció mientras trataba por todos los medios de no pensar en cómo se había sentido en sus brazos, en lo fuerte que la había abrazado, en lo bien que le había sentado y en la seguridad que había experimentado. En los latidos de su corazón, que le aporreaba el pecho bajo su oído. Él también había tenido miedo. Sin embargo, había hecho su trabajo con confianza y aplomo. Le debía la vida. El pensar en que las cosas podían haber terminado de otra manera hizo que volviera a estremecerse.
– Tiene frío -dijo él en tono monótono-. Por Dios, mujer, ¿cómo se le ocurre venir desde la consulta sin abrigo? -Se quitó el suyo y se lo echó por encima de los hombros antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra de protesta-. No me lleve la contraria, Tess -le advirtió cuando ella trató de devolverle la prenda-. Con el aspecto que tiene, hasta un niño de cinco años podría con usted.
– Se manchará de sangre -masculló, pero él le tomó la mano entre las suyas y empezó a frotarla con energía para que volviera a circularle la sangre.
– Da igual. Santo Dios, tiene las manos heladas. ¿Por qué no nos ha dicho nada?
Ella se recostó en la pared, de pronto se sentía cansadísima.
– Tenían trabajo. -Todo lo que sucedía a su alrededor parecía desdibujarse en un lejano rumor que ella identificó como puro agotamiento-. ¿Le he dado las gracias?
Él le tomó la otra mano y se la calentó.
– Sí -respondió en tono más suave-. Ya me las ha dado. Explíqueme lo de la llamada.
– Estaba visitando a una paciente. -¿Quién era? «Ah, sí. La señora Lister»-. Denise respondió al teléfono. La mujer dijo que sólo hablaría conmigo. Esta vez parecía hastiada.
– ¿Cree que se trata de la misma mujer?
– No. No tenía voz de joven ni de mayor, solo de hastío. Dijo que Malcolm Seward y su mujer estaban discutiendo.
Él había terminado de frotarle las manos y le asía la derecha sin apretársela. Ella podría haberla retirado, pero no lo hizo. No era capaz.
– Dijo que Malcolm acababa de tirar a su mujer al suelo.
– ¿Cuándo fue eso?
– Poco antes de avisarlo a usted. Mientras salía corriendo, le he pedido a Denise que llamara al 911. -Frunció el entrecejo-. Han tardado mucho en llegar, pensaba que estarían aquí bastante antes que yo. -Levantó la cabeza y vio que él miraba fijamente su rostro. «Tiene ojos de policía», pensó. Prudentemente inexpresivos-. No pensaba hacerme la heroína, detective, pero no había nadie más para ayudarme. Él había derribado la puerta y yo sabía muy bien lo violento que podía llegar a ponerse cuando estaba enfadado. Sabía cuánto temía que algún día llegara a utilizar su fuerza contra su esposa. La tenía aferrada por el cuello… -Su voz se quebró y él le estrechó la mano.
– Tómese su tiempo, Tess.
Ella irguió la espalda y se obligó a terminar.
– Él decía a voz en grito que yo había llamado a su esposa y le había contado su secreto, que ella lo había amenazado con dejarlo y que a él no lo dejaba nadie. Entonces le disparó. -Un escalofrío le recorrió el cuerpo y al notarlo se aferró con más fuerza a la mano de él-. Luego, la arrojó al suelo. Yo quise echar a correr, pero él era demasiado rápido. Entonces… -Su respiración se entrecortó pero, gracias a su perseverancia, acabó controlándola-, me puso la pistola en la sien. Justo en ese momento apareció la policía.
– ¿Por qué estaba en tratamiento?
Ella soltó una risita triste.
– El motivo inicial era el control de la ira. Lo habían sancionado por romperle la nariz a otro jugador en una pelea durante un partido.
– Ya me acuerdo.
– Pues según parece la dirección del equipo también se acordaba. Insistieron en que recibiera ayuda psicológica.
– Y por eso acudió a su consulta.
– No. Primero acudió al médico del equipo, para cubrir las apariencias. Luego acudió a mí para que lo ayudara. -Lo miró a los ojos-. Era gay, detective. Llevaba años ocultándolo y negándolo delante de todo el mundo; se lo negaba incluso a sí mismo. Pero cada vez le costaba más controlar los impulsos. Tenía una esposa, una carrera. Le aterrorizaba perderlo todo si alguien llegaba a descubrirlo. Además, al ser Malcolm Seward no podía liarse con cualquiera. Lo habrían reconocido y se habrían aprovechado de ello. Así que no hacía nada, y cada día estaba más amargado.