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– Supongo que no -dijo Murphy, y se aclaró la garganta-. Tess, Aidan ya te ha contado lo de las cámaras, ¿no?

Ella se estremeció.

– Sí, ya le he dicho que podéis registrar la consulta.

Aidan sabía adónde quería ir a parar Murphy.

– Es posible que también nos haga falta registrar tu piso -dijo con el tono más suave de que fue capaz.

Ella se quedó petrificada y boquiabierta, con los ojos como platos, y Aidan se percató de que no se le había ocurrido pensarlo.

– Lo siento -dijo él en voz baja.

– No… No pasa nada. -Pero sí que pasaba. Él notó cuánto le costaba recobrar la serenidad. Inconscientemente se estaba meciendo y tenía los nudillos blancos de la fuerza con que asía el abrigo, hasta el punto de que Aidan pensó que iba a ahogarse-. Dios mío. Dios mío.

– Tess -casi le gritó Aidan, y ella, aún aturdida, levantó la vista-. Estamos a punto de llegar a su casa. Habrá más periodistas.

Ella asintió y una vez más recobró la calma. Se relajó visiblemente, su pálido rostro se tornó inexpresivo y una fría mirada asomó a sus ojos oscuros.

– Lo entiendo. Podría recoger unas cuantas cosas y marcharme a un hotel. Tengo que… -Los labios le temblaron un instante antes de recobrar su gesto resuelto-. Tengo que ducharme en alguna parte. El pelo aún me huele a sangre.

– Quédate con ella -dijo Murphy a Aidan en voz baja-. Cuando se vaya, pídeles a Jack y a Rick que registren el piso. Luego lleva su coche al depósito y dile a Rick que también le eche un vistazo.

Aidan asintió mientras Murphy detenía el coche junto al bordillo, frente al edificio de Tess. Un pequeño grupo de periodistas hacían guardia pacientemente.

– ¿Adónde vas tú?

– Mientras yo llamaba por lo del francotirador, Spinnelli ha conseguido la dirección de esa actriz, Nicole Rivera. Iré a verla. -Murphy detuvo el coche-. No la pierdas de vista. Quienquiera que esté detrás de todo esto se ha marcado un buen tanto.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Tess.

Murphy se volvió para verle la cara.

– Que todos los periodistas han oído cómo te acusaba Pope.

– Pero yo no he dicho nada. -Exhaló un suspiro-. Da lo mismo, los pacientes se enfadarán igual.

Aidan arrugó el ceño.

– ¿Hay alguno que sea peligroso?

– Unos cuantos. A nadie le gusta que revelen sus secretos más íntimos en televisión. A todo el mundo le tranquiliza pensar que puede esconder cosas, que hay lugares en los que está verdaderamente solo. -Irguió la espalda y abrió la puerta del coche-. A mí también.

Aidan salió del vehículo tras ella y la alcanzó en el momento en que apartaba el primer micrófono. Se colocó delante y fue abriéndose paso entre los ruidosos periodistas hasta la puerta del edificio, donde los aguardaba el portero, nervioso. Aidan lo recordaba del domingo anterior.

Al parecer el hombre también tenía buena memoria, pues al ver a Aidan entrar en el pequeño vestíbulo una mueca de verdadera aversión le transfiguró el semblante. El hombre, ya de edad, se precipitó hacia ellos y se detuvo a corta distancia. La mueca se había desvanecido y en su lugar apareció una paternal mirada de preocupación.

– Doctora Ciccotelli, dígame que está bien.

Ella le sonrió.

– Estoy bien, señor Hughes. Ha sido un día difícil, pero estoy bien.

– No los dejaré entrar -dijo con expresión airada mirando a los periodistas apiñados en el exterior. Luego se volvió hacia Aidan-. Y a él tampoco lo dejaría entrar si pudiera evitarlo.

Ella lo sorprendió con una risita ahogada.

– Oh, señor Hughes, me alegro tanto de verlo.

– Ethel me ha pedido que le diga que no cree una sola palabra de lo que cuentan.

– Dígale a Ethel que aprecio mucho que crea en mí. En cuanto al detective, no tiene por qué preocuparse. -Su expresión se suavizó-. Esta tarde me ha salvado la vida.

Hughes escrutó a Aidan y luego asintió con gesto reticente.

– De acuerdo. He dejado subir a sus amigos, doctora Ciccotelli, el doctor Carter y la señorita Miller. La están esperando arriba. El doctor Carter me ha pedido que lo llamara al móvil cuando usted llegara.

– Muy bien, señor Hughes, llámelo. Y muchas gracias de nuevo.

Esa vez Aidan no le preguntó. Abrió la puerta que daba a la escalera y aguardó a que ella pasara delante. Tess se detuvo ante el primer escalón y lo miró a la vez que exhalaba un suspiro.

– ¿Tiene alguna fobia, detective?

Él vaciló y luego se encogió de hombros.

– No me gustan las alturas. -Decir eso era quedarse corto. De hecho, las grandes alturas le producían vértigo, pero eso era algo que nunca le había contado a absolutamente nadie-. ¿Quiere intentar curarme?

Ella esbozó una sonrisa que, aunque escueta e irónica, hizo que un cosquilleo recorriera la piel de Aidan. Lo atraía en muchos sentidos. El domingo le había parecido una rompecorazones sensual sin sentimientos, y había sentido un deseo tan intenso que hasta le había dolido. Ahora, de pie a su lado con el pelo sucio y el rostro sumamente pálido, lo atraía aún más. Tenía un fondo tierno y bondadoso, pero también más voluntad que la mayoría de los hombres que conocía. Al ver que Seward la tenía en sus manos y le apuntaba con la pistola, Aidan pensó que nunca se recobraría del susto.

– Gracias -dijo en voz baja-. Aunque no sea verdad, aprecio el gesto. -Recorrió la mitad del tramo de escalera y se volvió para sentarse en un escalón y apoyar la cabeza en la barandilla metálica. Sendas manchas rojas teñían sus pálidas mejillas y su frente aparecía perlada de sudor. Respiró hondo y relajó la mano con que se sujetaba el abrigo al cuello. Este le cayó suelto por los hombros y dejó al descubierto la cicatriz que tanto se había esforzado por ocultar, pero ella parecía demasiado cansada para darse cuenta.

– Lo siento. No es normal que me canse tanto por subir cuatro escalones.

Él se sentó a su lado.

– No se preocupe. Lleva un día horroroso, es normal que esté cansada. Debió de haber tardado menos de cinco minutos en plantarse en casa de Seward.

– Me imagino que sí. En ese momento no pensaba en nada.

El hilo de voz con que habló alarmó a Aidan.

– ¿Ha ido a comer?

– Sí, fui con Harrison.

– Se lo preguntaré de otra manera. ¿Ha tomado algún alimento?

Ella hizo una mueca.

– He picado unas cuantas galletas saladas. Harrison ha pedido estofado de cerdo, pero yo estaba demasiado alterada para comer. Supongo que me falta combustible y por eso estoy un poco decaída.

– No me diga.

Los labios de Tess se curvaron ante el comentario y Aidan tuvo que volver a hacer un esfuerzo por controlarse.

– Déme un minuto más y me repondré. -Y, tal como prometía, al cabo de un minuto se puso en pie. Se quitó el abrigo y se lo tendió a Aidan-. ¿Podría llevarlo usted? Pesa mucho -dijo, y emprendió los escalones restantes con la tenaz concentración de un alpinista. Aidan la siguió a corta distancia con la intención de sujetarla si se caía, pero lo que no esperaba era que la perspectiva le proporcionara una maravillosa vista de su precioso trasero.

«Precioso», pensó mientras se moría de ganas de tocar las curvas que se contorneaban de forma tan tentadora a cada escalón. El instinto le decía que se adaptarían a la perfección a la palma de sus manos, y por un instante su imaginación se anticipó a los hechos y se inundó de pensamientos eróticos. Pensó en qué notaría si le rodeara las nalgas con las manos y la atrajera con fuerza hacia sí, en cómo ella se estremecería y gemiría hasta volverlo loco, en cómo se sentiría entre los brazos de él cuando el éxtasis le embargara la razón.

En lugar de estar temblando de miedo. De repente, la imagen se desvaneció y su cerebro recobró la lucidez. Ya sabía qué se sentía abrazándola cuando estaba aterrorizada. «Y para eso es para lo que estás aquí, Reagan», se dijo con dureza al llegar a la planta donde ella vivía. Lo que tenía que hacer era protegerla y dejar de pensar en su culo.