Выбрать главу

A través de las pestañas, Tess vio que Reagan se estremecía, aunque el movimiento resultó casi imperceptible.

– Que yo sepa no, ¿por qué?-preguntó.

Kristen se encogió de hombros.

– Parece preocupada. No me ha contado nada, pero creo que tiene algún problema.

– Hablaré con ella -dijo él en tono tenso, y se levantó para cerrar la puerta. Sin embargo, no se volvió cuando Kristen hubo salido. El silencio de la cocina intensificó su estado de ánimo. Estaba enfadado. No había vuelto a mostrarse así desde la primera noche, en el escenario del… suicidio.

Tess bajó los ojos a la sopa. «Cuando aún me creía una asesina.» Al menos, había cambiado de opinión. Ahora solo la consideraba una esnob y una arrogante.

Lo que pensara de ella debería traerla sin cuidado, pero no era así. Se sentía demasiado cansada para disimular. Se encorvó sobre la sopa. Le temblaba la mano, y en ese momento cayó en la cuenta de que llevaba sin comer más de un día entero. La última vez había sido en el Blue Lemon de Robin. La verdad era que estaba empezando a aborrecer la sopa.

El sonido del fuerte suspiro de Reagan hizo que alzara los ojos. La estaba mirando fijamente, por debajo de la barbilla. Poco a poco, ella levantó la cabeza y se olvidó de la sopa. El centelleo de sus ojos no se debía únicamente al enfado. En ellos se captaba también deseo, auténtico y puro deseo. El pulso martilleaba los oídos de Tess mientras él permanecía allí plantado, con un músculo de la mandíbula temblándole. De repente, se volvió de espaldas y al hablar lo hizo sin apenas voz y con la respiración fatigosa.

– Voy al garaje. Cuando termine de comer y de vestirse, iremos a su consulta y nos encontraremos con Jack. Quiere registrarlo todo, incluida la cámara de seguridad. Ven aquí, Dolly.

Tess se quedó perpleja al verlo desaparecer por otra puerta con el perro obedientemente pegado a sus talones. El pulso que martilleaba en su cabeza se suavizó, y cuando bajó la mirada un súbito rubor hizo arder sus mejillas. Al inclinarse sobre el bol, la bata se había abierto más de lo que cualquiera consideraría decente. Por si no había bastante con que la considerara una esnob, ahora pensaría que era una putilla barata. Le había visto las tetas más que nadie después de Phillip. Menudo cabrón.

Más que nadie, a excepción de quien hubiera estado espiándola en su propia casa, que se las habría visto del todo y además llevaba meses haciéndolo. Otro cabrón.

Pero no era momento de pensar en eso. Kristen tenía razón, necesitaba comer y lo hizo con aplicación.

«Cámaras.» Se estremeció. «En mi propia casa.» El imaginarse a sí misma en páginas pornográficas de internet hizo que estuviera a punto de vomitar la sopa que acababa de comerse.

Con todo, aún era peor tener cámaras en la consulta, y micrófonos en las chaquetas. La intimidad de todos sus pacientes había sido violada sin escrúpulos, habían utilizado la información confidencial en contra de ella.

Apartó el bol. Cuanto antes supiera cuál era el alcance de todo aquello, mucho mejor, pensó, y se dispuso a ir en busca de los pantalones de Kristen con la esperanza de que fueran más grandes que la bata.

Martes, 14 de marzo, 18.55 horas.

Dolly, que estaba sentada a su lado, se levantó y gruñó bajito. Medio segundo después Tess apareció en la puerta.

– ¿Puedo pasar?

Aidan levantó de golpe la vista de la motocicleta y se sintió aliviado al ver que iba vestida normal. Las prendas eran de Kristen y seguían quedándole bastante pequeñas pero por suerte cubrían las principales partes de su cuerpo. No tenía claro que pudiera resistir volver a verle los pechos, aunque eran tan bellos como se los había imaginado: tersos, redondos y firmes. Había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad para apartar la vista, para evitar meter las manos por debajo de la bata y comprobar qué se sentía exactamente al tocarlos.

Completamente excitado e irritado, dejó la llave inglesa que había estado utilizando para extraer un tornillo oxidado del chasis de la moto.

– Claro. Está en su casa, pero mire dónde pone las manos. Está todo muy sucio.

Ella examinó la moto desde tres metros de distancia.

– ¿Un nuevo proyecto?

Él dirigió una mirada complacida al vehículo. Cualquier cosa antes que mirarla a ella.

– Tal vez. Depende de lo que encuentre cuando me meta. -Enseguida lamentó el desacierto con que había elegido las palabras. Y había para lamentarlo, porque por mucho que la deseara sabía que nunca sería suya.

Antes ella se había quedado helada al descubrir que no pensaba llevarla a ningún hotel, pero no discutió. Se limitó a entrar en su casa sin pronunciar palabra y dirigirse al baño, con arrogancia. Aidan tenía que admitir que aquello le había molestado. Pensaba que ella agradecería no encontrarse en una impersonal habitación de hotel, pero se había equivocado. Y encima, al verla vestida con la bata de Kristen había sentido una fuerte atracción, por lo que tuvo que recordarse a sí mismo que ella vivía en Michigan Avenue y él compraba en Wal-Mart. Suponía que se enfadaría un poco, pero no pensaba que se ofendiera. No pretendía ofenderla.

Tess estaba de espaldas, escrutando las fotografías del Camaro que Aidan había tomado en distintos momentos del proceso de reparación.

– Así que es un manitas. -Volvió la cabeza para mirarlo-. Arregla coches, motos. -Se volvió del todo y señaló con la cabeza la motocicleta-. Mi hermano también tiene una de esas. Corren mucho.

Aidan recordó lo que le había explicado Carter, que Tess no se hablaba con su familia.

– ¿Qué hermano? ¿Dino, Tino, Gino o Vito?

Ella esbozó una sonrisa forzada.

– Vito. Es la oveja negra de la familia. Tenía a mi madre preocupadísima, siempre zumbando por la ciudad sobre dos ruedas como alma que lleva el diablo.

– Mi madre también estaría preocupada si lo supiera.

– Ya. Ocultándole cositas a mamá, ¿eh? Debería darle vergüenza, detective.

Aidan arqueó una ceja.

– ¿Piensa chivarse?

– No, sé guardar secretos. -La sonrisa se desvaneció-. Qué pena que a partir de mañana nadie se lo crea.

Él no supo qué responder, así que no dijo nada. Tomó un trapo y se limpió las manos grasientas.

– ¿Qué le ha hecho pensar que iba a ofender a su madre?

Aidan suspiró.

– No quería decir eso. No lo he hecho expresamente. Mire, usted lleva otro ritmo de vida y compra la ropa en tiendas exclusivas. Si hasta tiene un Mercedes, por el amor de Dios. -«Mientras que yo reparo la capota del Camaro con cinta de sellado»-. Su piso cuesta cinco veces lo que esta casa. -Extendió mucho los brazos-. Mi madre no sabe nada de moda ni de tiendas caras, pero tiene muy buen corazón y no quiero que hieran sus sentimientos.

– ¿Por quién habla, detective, por su madre o por usted?

Él lanzó el trapo al cubo de la ropa sucia, molesto porque había dado en el clavo.

– No pensará psicoanalizarme por eso, ¿verdad? -Ella puso mala cara ante el tono que Aidan no pretendía que sonara tan sarcástico-. Lo siento. El comentario sobra. ¿Está lista para salir?

– Pensaba que teníamos que esperar a que su madre me trajera la ropa.

Él arqueó las cejas.

– Bien, puede esperar en la cocina. Yo tengo que hacer unas cuantas cosas por aquí.

– Enseguida me iré. -Cruzó el garaje sorteando las piezas que él había quitado de la moto y se detuvo justo cuando solo esta los separaba. Se encontraba lo bastante cerca para poder tocarla, lo bastante cerca para notar el dulce aroma de su piel más que el olor a grasa de los motores. Lo bastante cerca para advertir que el pulso le latía con fuerza en el hueco de la garganta-. Pero antes me gustaría dejar claras unas cuantas cosas, detective. No soy ninguna esnob, y tampoco tengo por costumbre ofender a las personas que tratan de ayudarme. De niña, me moría por la ropa de Wal-Mart. Mi madre tenía dos empleos para poder vestir con ropas de segunda mano a cinco niños. Si estrenaba algo era porque yo misma me lo hacía. Sé muy bien el valor que tiene el dinero. -Se interrumpió, tenía la mandíbula tensa-. El Mercedes lo he heredado, y el piso también. Me gusta conducir mi coche y vivir donde vivo. Tengo un buen trabajo y me gano bien la vida. -Apretó los dientes-. Bueno, me la ganaba.