Выбрать главу

– Tess…

– No he terminado. No pienso disculparme ante usted ni ante nadie por llevar la vida que llevo, pero de ninguna manera permitiré que utilice mis cosas para hacerme pasar por lo que no soy.

Él sintió la necesidad de defenderse.

– Usted no quería venir aquí.

Ella alzó los ojos con gesto de exasperación.

– Pues claro que no. Estaba hecha una porquería, con el pelo lleno de sangre y sesos. Tal vez usted vea cosas así a diario, detective, pero yo no. No he podido darme una ducha en mi casa porque un puto asesino se dedica a vigilarme de noche y de día. Ni siquiera he podido decirle que prefería ir a un hotel porque tengo miedo de que el muy cabrón también me haya puesto un micrófono en el coche. Solo quería ir a un sitio donde pudiera asearme sin tener que ponerle a nadie el baño patas arriba. -Dejó escapar el suspiro que había estado conteniendo. El arrepentimiento le calmó los nervios-. Siento haber sido tan desagradable antes. Usted me ha ofrecido su casa y yo he sido muy grosera.

Teniendo en cuenta todo lo que le había ocurrido ese día, su conducta era totalmente comprensible, y además él se había portado como un imbécil.

– Lo siento. Me he vuelto a equivocar con usted. Pensaba que… -Se encogió de hombros, incómodo-. Pensaba que me consideraba un muerto de hambre.

– Pues ya ve que no -dijo ella con sobriedad-. Yo nunca haría una cosa así.

La furia, la confusión y la ofensa se desvanecieron, y el silencio que siguió se llenó de gratitud.

– Gracias.

– Por cierto, me gusta mucho su baño. -Los labios de ella se curvaron hacia arriba-. La cenefa de patitos es muy mona.

Él notó que le ardían las mejillas.

– Ya estaba puesta cuando compré la casa. A veces cuido a mis sobrinitos, y como a ellos les gusta la dejé.

– Qué bonito. -La sonrisa se desvaneció-. Lo digo de verdad, aunque hace unos días no pensaba lo mismo.

Él hinchió el pecho.

– No le di muchos motivos para que pensara otra cosa.

– Cumplía con su deber. -Alzó la barbilla-. Y lo comprendo.

Estaba siendo sincera con él, dejaba las cosas claras. El no podía por menos que hacer lo mismo.

– Hay algo más que eso. Hace unos días estaba empeñado en detestarla. -Ella dio un respingo y retrocedió un paso, pero él se estiró por encima de la moto y la asió por el brazo para que se quedara donde estaba-. Aún no he terminado. -La fue soltando hasta que su mano le rodeó sin fuerza la muñeca-. Creía que no le preocupaba nada ni nadie. Pero era incapaz de mirarla sin desearla, y eso aún me parecía más detestable.

Aidan observó que la marcada cicatriz de su cuello se movía al tragar saliva.

– Ya. ¿Ha terminado? -Su tono sonó autoritario. En otro momento Aidan habría tachado su actitud de desdeñosa y altanera.

Sin embargo, notó en su muñeca que el pulso se le aceleraba y eso lo animó a continuar.

– No del todo. Era más fácil no desearla cuando le echaba la culpa de que Green hubiera quedado en libertad. Luego descubrí que había ayudado a meter en la cárcel a unos cuantos criminales, algunos incluso peores que él.

– Solo hago mi trabajo, detective.

– También era más fácil no desearla cuando pensaba que podría ser la asesina. Resultaba más práctico pensar que era fría y cruel. Pero ayer, cuando llegó a casa del señor Winslow, dejé de pensar así.

– Siento no poder ayudarlo más -dijo ella en tono formal.

Aidan sonrió y se llevó su muñeca a los labios ante la mirada de asombro de ella.

– El corazón le late muy deprisa -musitó.

Tess abrió la boca, pero de ella no salió ni una palabra. Entonces él, alentado, le besó la mano justo en el punto donde notaba su pulso acelerado y luego la colocó abierta sobre su pecho. Al principio ella quiso retirarla, pero enseguida se dejó llevar y extendió los dedos sobre el corazón de él.

Una sonrisilla pícara asomó a los labios de Tess.

– El suyo también late deprisa.

– Ya lo sé. Últimamente me pasa mucho. -Sonrió con tristeza-. Y no siempre por motivos tan agradables.

– Siento no poder ayudarlo más -repitió, esta vez con un hilo de voz.

«Eso ya lo veremos.»

– Mi última esperanza era creer que podía odiarla por ser de buena familia.

– ¿Y qué hubiera tenido eso de malo?

Él la miró directamente a los ojos.

– Las chicas de buena familia tienen gustos caros. Les gustan los restaurantes selectos y las joyas.

Los ojos de ella se entrecerraron casi imperceptiblemente, como siempre.

– ¿Y qué?

Él apretó la mandíbula.

– Yo no puedo permitirme… -Se interrumpió al ver que ella le lanzaba una peligrosa mirada de advertencia y que con los dedos tensos aferraba su camisa.

– Ten cuidado, Aidan. Seguro que no quieres volver a decir algo que no piensas. -Tiró de su camisa y lo hizo agacharse hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura. Con la mano que tenía libre, se asió a la moto y se inclinó hacia delante-. No soy una cualquiera a quien los hombres mantienen. Yo me mantengo sola. Si me apetece ir a cenar a un restaurante caro, voy y punto. Si en vez de eso me da la gana de quedarme en casa y cocinar, ceno tan bien o mejor. Y si se me antoja una joya, me la compro. ¿Está todo claro?

Por un momento Aidan no pudo más que mirarla, fascinado. Entonces entrelazó los dedos con su pelo húmedo e hizo lo que tanto ansiaba hacer: apretar los labios de ella contra los suyos. Ella recorrió más de la mitad de la distancia que los separaba; soltó la camisa y lo tomó por la nuca para atraerlo hacia sí. Y sus labios, ardientes y anhelantes además de todo lo que Aidan había imaginado de ellos, se abrieron sin vacilación bajo los de él. Cuando él quiso penetrar más en su boca, ella emitió un sonido gutural que denotaba placer y disgusto al mismo tiempo. Se inclinó hacia delante y la motocicleta se tambaleó haciendo que Dolly saliera corriendo.

Tess se echó hacia atrás y colocó ambas manos sobre el manillar para estabilizarla. Su agitada respiración hacía subir y bajar sus senos. Tenía los labios húmedos y sus pezones aparecían claramente erectos bajo la ceñida sudadera. Alzó la barbilla con gesto retador, como si lo desafiara a parar, y Aidan tuvo que hacer esfuerzos por tragar saliva. Rodeó la motocicleta con los ojos clavados en los de ella. No dijo nada. Se limitó a abrazarla y colocar la boca a su misma altura, y rezó por que fuera capaz de retomar lo que había dejado en suspenso.

Dio gracias al cielo cuando los brazos de ella rodearon su cuello y sus labios volvieron a abrirse ante él. La pasión se dejó sentir de nuevo, vehemente. Salvaje. Él extendió las manos sobre la espalda de ella y empezó a moverlas arriba y abajo mientras ella se pegaba más a él hasta aplastar el busto contra su pecho. Con un agradable gemido, ella se puso de puntillas y empezó a torturarlo con el contoneo de sus caderas, todavía demasiado bajas para satisfacer a ninguno de los dos. A Aidan el cuerpo estaba a punto de estallarle y sentía las manos demasiado vacías.

Se retiró lo necesario para que ambos pudieran respirar. Ella, pegada a la mejilla de él, emitía pequeños jadeos, y con cada uno su pasión crecía más, se encendía más.

– Quiero tocarte -murmuró él contra su boca-. Déjame tocarte.