Reagan tomó las llaves que Tess sostenía en sus manos temblorosas, abrió la puerta y encendió la luz. Inmediatamente su figura bloqueó el paso.
– No entres.
Ella estiró el cuello para mirar y se quedó sin respiración.
– Dios mío. -El despacho de Denise era un completo caos. Su ordenador estaba hecho pedazos. Revistas y libros hechos trizas tapizaban el suelo. Alguien había arrancado la puerta de madera de la cámara acorazada. No obstante, la cámara en sí estaba cerrada.
Reagan y Jack entraron despacio, empuñando sus armas.
– ¡Policía! -La voz de Reagan repercutió contra las paredes; luego se hizo el silencio.
Tess señaló la puerta de Harrison, un poco entreabierta. Él siempre cerraba con llave.
– Aidan, por favor, echa un vistazo al despacho de Harrison.
Este abrió la puerta de par en par.
– Dentro no se ve a nadie, Tess. Pero ha habido una pelea de narices. -Los armarios estaban destrozados y el sofá hecho jirones. El monitor del ordenador de Harrison se había caído al suelo y la pantalla se había roto.
Jack abrió la puerta del despacho de Tess.
– El tuyo está igual, Tess. Alguien ha entrado a buscar algo.
Ella tragó saliva.
– ¿Cámaras de vídeo?
Jack negó con la cabeza.
– No lo creo. Esto está hecho un desastre y quien colocó las videocámaras fue muy meticuloso. ¿Dijiste que no guardabas ningún historial en el despacho?
– No. Están todos en la cámara acorazada.
Justo el espacio que Reagan estaba escrutando con suma atención.
– Jack, ven aquí. -Señaló una de las pesadas bisagras y a Tess se le heló la sangre.
El extremo de la pieza estaba teñido de marrón oscuro. Era sangre seca. Jack se volvió a mirar a Tess.
– Ven y ábrela, pero ten cuidado, está todo lleno de cristales.
Ella asintió con gesto trémulo, y se esforzó por recobrar la firmeza del pulso mientras marcaba la combinación y accionaba el tirador. Entonces dio un grito ahogado. Todos los archivadores habían sido extraídos de los estantes, las carpetas estaban abiertas y las cajas, volcadas. El suelo estaba cubierto de papel, en algunas zonas el grosor era de hasta quince centímetros. Debajo de una de las estanterías el papel estaba amontonado y cubría un bulto alargado. Del tamaño de un hombre.
– Harrison. -Con el corazón desbocado, Tess se arrodilló y al retirar el papel dejó al descubierto una cabeza de pelo blanco veteado de sangre. Tess destapó el rostro de su amigo y puso los dedos sobre su carótida. Contuvo el aliento hasta que notó su pulso. Era débil, pero lo había.
Reagan se acuclilló a su lado.
– ¿Está vivo?
Ella asintió.
– Sí, pero le ha ido de poco. Ayúdame a quitar de en medio todo este papel. Necesito ver si tiene alguna herida más. ¡Cuidado! No lo muevas. -Desde el despacho se oían las interferencias de la radio de Jack, que estaba pidiendo una ambulancia. Mientras, Reagan destapó por completo al hombre y echó el papel a un lado-. La cabeza aún le sangra -observó-. Me hace falta algo para cortar la hemorragia.
– ¿Hay algún botiquín? -le preguntó Reagan.
– En la taquilla. -Tess buscó a tientas las llaves, entonces recordó que aún las tenía Aidan-. Es una de las llaves medianas. La número sesenta. Gracias.
Reagan le dio un apretoncito en el hombro y salió a toda prisa.
Harrison gimió y abrió los ojos con esfuerzo.
– Tess.
Ella lo miró a los ojos mientras seguía palpando su cuerpo en busca de otras heridas.
– Tranquilo, Harrison. Ya estoy aquí. Vamos a llevarte a que te curen.
– Tess. -La asió casi sin fuerza por la manga.
Al no encontrar más heridas externas, Tess avanzó a gatas hasta situarse delante de su rostro y se inclinó para acercarse a él.
– ¿Quién te ha hecho esto?
Él hizo una mueca.
– Uno de tus pacientes. Estaba en el coche y me ha atacado por sorpresa. Llevaba un cuchillo.
El corazón de Tess omitió un latido.
– Lo siento.
– Calla y escucha, Tess. Cogió su historial, y dijo… -Volvió a hacer una mueca-. Dijo que no quería que… fueras contando sus secretos por ahí, que antes… te mataría.
Ella empezó a desabrocharle el abrigo a tientas; luego, volvió la cabeza y prosiguió la tarea mirando lo que hacía.
– Iré con cuidado, Harrison. Te lo prometo.
Reagan se arrodilló a su lado y abrió el botiquín con pulso firme. Le tendió una gasa.
– ¿Qué paciente es, doctor Ernst?
A Harrison le temblaron los labios al tratar de esbozar una patética sonrisa que atenazó el corazón de Tess.
– Uno que está loco… supongo.
El hombre arrugó el entrecejo.
– No lo he visto por aquí… últimamente. Es joven. Lleva un peinado peculiar y tiene las orejas muy grandes. -Su tos era bronca-. Joder, cómo duele.
– ¿Dónde? -Tess apartó de su mente la descripción y se centró por completo en Harrison. Acabó de desabrocharle el abrigo y luego hizo lo propio con la camisa. Y al verle el torso se estremeció. Estaba lleno de moratones y tenía muy mal aspecto-. ¿Dónde te duele?
Él trató de sonreír de nuevo.
– Más bien dirás dónde no me duele. -Cerró los ojos y soltó un gemido-. Me duelen las costillas, la espalda. Ese tipo quería que le abriera la cámara y como me resistía… me ha dado una buena paliza. Al final he tenido que decirle cómo… -El estertor que salió de su boca no presagiaba nada bueno-. Llama a Flo. Dile…
A Tess le costaba tragar saliva.
– La llamaré, Harrison. Nos encontraremos con ella en el hospital.
– Dile que la quiero.
Tess notó que se le ponían los ojos llorosos al presionar la gasa limpia contra la sangre de la herida.
– No seas tonto, Harrison. Se lo dirás tú mismo. Solo tienes una herida un poco aparatosa en la cabeza.
Él se limitó a mirarla y Tess notó que sabía que le estaba mintiendo. Los oscuros cardenales indicaban una gran hemorragia interna que resultaría bastante más difícil de cortar.
– ¿Quién es Flo? -preguntó Reagan con voz queda.
– Su esposa. ¿Puedes llamarla? Tengo el móvil en el bolsillo de la chaqueta. El número está archivado como «Ernst casa». Dile que vaya al hospital. Aquí dentro no hay cobertura.
Él asintió, le dio otro apretoncito en el hombro y tomó el móvil.
Harrison resollaba.
– Ese policía amigo tuyo… es muy guapo.
Tess pestañeó y se enjugó los ojos. Luego se limpió las húmedas mejillas con el hombro.
– Chis.
– Os he visto juntos en las noticias. Es casi tan guapo como yo -bromeó, y Tess soltó una risa que más bien sonó a sollozo.
– Silencio, ancianito -respondió ella en tono suave-. Guárdate tu encanto para Flo.
Él abrió mucho los ojos y la miró con una mezcla de apremio y dolor.
– Díselo, Tess. Por favor.
Ella le acarició la mejilla.
– Lo haré, te lo prometo. -Entonces él se tranquilizó. Resollaba tan fuerte que parecía que respirara a través de un pañuelo de papel. Era muy mala señal.
Reagan había regresado junto a Tess y la ayudó a ponerse en pie.
– Los médicos han llegado, Tess. Vamos a dejar que hagan su trabajo.
Aturdida, Tess vio cómo se llevaban a Harrison. Reagan permaneció todo el rato detrás de ella, con las manos en sus hombros. Al fin le dio la vuelta; los ojos azules que un día la habían mirado con gesto acusador impedían ahora que se desmoronara.
– No es culpa tuya -dijo.
– Tiene el pulmón perforado -sollozó ella, sin prestarle atención-. ¿Se lo he dicho a los médicos?
Él la zarandeó suavemente.
– Sí, se lo has dicho. Tranquilízate, necesito que pienses. -Le oprimió los hombros con fuerza-. Tess.