Ella pestañeó y relajó los hombros.
– ¿Qué?
– ¿De quién hablaba? Joven, con un peinado peculiar y grandes orejas. Dijo que no había venido por aquí últimamente.
Ella cerró los ojos y en su mente se dibujó el rostro del hombre. Qué fácil parecía. Solo tenía que decir su nombre y lo encerrarían. Recibiría su castigo. Parecía muy fácil, pero no podía hacerlo.
– No puedo decírtelo.
– ¿Cómo que no puedes decírmelo?
Ella abrió los ojos y vio la seria mirada de incredulidad de él.
– Si me equivoco y no es él habré revelado la identidad de un paciente sin necesidad.
Él bajó las manos y retrocedió.
– ¿Bromeas?
Tess miró a su alrededor, le temblaban las rodillas pero no había ningún lugar donde sentarse.
– Ojalá.
– Ya has oído lo que ha dicho tu amigo. Quienquiera que haya sido ha amenazado con matarte.
Tess, cansada, se acercó a la pared y se apoyó en ella.
– Ya lo he oído. -Estaba casi segura de que sabía a quién se refería Harrison. Joven, corpulento, mezquino. Uno de los pocos pacientes que verdaderamente la habían asustado. «Me mataría sin pensarlo dos veces.» Notó el llanto inminente en su garganta y, no dispuesta a sucumbir, tragó saliva-. Tengo miedo, ¿sabes? -musitó con la voz quebrada.
Reagan se apoyó a su lado en la pared y le alzó la barbilla con un dedo.
– Pues dime quién es -susurró-. Nadie lo sabrá, te lo prometo.
Ella negó con la cabeza, aunque se sentía muy tentada de hablar. Tentada de arrojarse en sus brazos y dejar que él la abrazara fuerte.
– No puedo. Hoy mismo me han acusado de no respetar el secreto profesional, pero yo sé que no tienen razón. Si te digo quién es, la tendrán.
– Tess, nadie lo sabrá.
– Yo sí. -Apartó la vista. «Y tú también.»
El equipo de Jack acababa de llegar y Tess observó aturdida cómo Reagan los guiaba hasta la cámara acorazada.
– Jack no puede acceder a los archivos sin una orden judicial, Aidan.
Con la mandíbula tensa, Reagan asintió.
– No toques nada hasta que no consigamos una orden judicial, Jack -le gritó.
Jack asomó la cabeza.
– No pensaba hacerlo. Hemos cubierto de reactivo los estantes y las paredes. Si solo hay tres personas que habitualmente tengan acceso a la cámara, será muy fácil descartar sus huellas y descubrir las del intruso.
– Suponiendo que no llevara guantes -observó Reagan.
Jack se encogió de hombros.
– Soy optimista por naturaleza.
Reagan se volvió hasta apoyarse de espaldas en la pared y luego miró a Tess.
– ¿Puedes por lo menos darme una pista?
Ella vaciló un momento y luego asintió.
– Si conseguís alguna huella podéis utilizar el AFIS para identificarlo.
– Así que tiene antecedentes.
Tess esbozó una sonrisa desprovista de humor.
– Si es quien yo pienso, tiene una lista de antecedentes más larga que tu brazo. -Miró el reloj-. Tengo que ir al hospital. ¿Cuánto tardará Jack con el reactivo? Tengo que cerrar con llave la cámara antes de marcharme.
La mirada de Aidan se ensombreció.
– No te fías de que metamos las narices donde no debemos, ¿eh?
Ella apretó los puños pero no alzó la voz.
– Mierda, Aidan, me entran ganas de darte un sopapo. Esto no tiene nada que ver con que te tenga o no confianza; es una cuestión legal. Todos los papeles que hay ahí dentro están protegidos, detective. Si te los entrego sin una orden judicial estaré incumpliendo la ley. Pero a ti eso te da igual, ¿verdad?
Él apretó los dientes.
– Lo que no me da igual es que un desequilibrado con una lista de delitos interminable quiera matarte. Eso no me da igual. -Tomó aire y lo expulsó de golpe-. Nos daremos prisa para que puedas cerrar antes de irte.
Toda la irritación que Tess sentía se desvaneció.
– Vuelvo a ser de poca ayuda, ¿verdad?
– Sí, pero lo comprendo. No puedo decir que me guste, pero lo entiendo. -Sacó el móvil de Tess de su bolsillo-. Al llamar a la señora Ernst he visto que tienes unas cuantas llamadas perdidas.
Tess miró el teléfono perpleja antes de caer en la cuenta de lo que ocurría.
– He desconectado el sonido esta tarde antes de visitar a los pacientes. -Lo abrió y se quedó boquiabierta-. ¿Treinta llamadas?
– Seguro que la mayoría son de periodistas.
– ¿Y cómo habrán conseguido mí número de teléfono?
– Igual que consiguen toda la información.
– Bien pensado. -Miró el teléfono con mala cara-. ¿Es posible intervenir un móvil?
Ahora era él el perplejo.
– No tengo ni idea. Mejor no toques ningún teléfono. Utiliza el mío si quieres acceder a tu contestador. -Le pasó la mano por debajo del pelo y le presionó el cuello con el pulgar justo en el punto donde su musculatura estaba más tensa. Un escalofrío recorrió la espalda de Tess-. Trata de no preocuparte por tu amigo. ¿De acuerdo? -susurró. Le devolvió el teléfono y siguió con su trabajo.
– Treinta mensajes -dijo Tess para sí a la vez que marcaba el número de su contestador. Tenía la vana esperanza de que eso le impidiera pensar en Harrison mientras Jack ponía en práctica su magia.
Martes, 14 de marzo, 20.50 horas.
Aidan ocupó el asiento del acompañante del coche de Murphy. Con un arranque de tos, agitó la mano para dispersar el humo de la cabina.
– Joder, Murphy, ¿es que te has fumado todo el paquete de golpe?
– Lo siento. -Murphy bajó la ventanilla y dio una última calada al cigarrillo antes de apagarlo en el rebosante cenicero-. ¿Qué coño has estado haciendo para tardar tanto?
No había contestado a la primera llamada de Murphy porque Tess estaba usando su móvil, pero no pensaba decírselo.
– ¿La has visto? -preguntó en lugar de dar explicaciones. Se refería a Nicole Rivera, una extraordinaria actriz de doblaje.
– No, pero trabaja allí. -Señaló un restaurante del otro lado de la calle.
– Es un restaurante caro. -Aidan lo sabía por experiencia. Solo con ver el local se le revolvía el estómago.
– La gente se viste de esmoquin y tal -coincidió Murphy-. El dueño me ha confirmado que la chica trabaja ahí, aunque no parecía muy contento al hablar conmigo. Y seguro que ahora aún lo está menos. Nicole lleva veinte minutos de retraso.
– ¿Le habrán avisado?
– Puede ser. Hace dos horas que he venido por primera vez, y he hablado con el dueño nada más llegar. Me ha dado la dirección que consta en su ficha.
– ¿Es falsa?
– Es antigua. La mujer que ha abierto la puerta me ha dicho que la chica se había trasladado hace unos dos meses porque no podía pagar el alquiler.
– Si trabaja en ese sitio tiene que ganar mucho dinero. ¿Dejó dicho adónde se mudaba?
– Sí. He ido allí también pero no estaba, y todavía no tenía ninguna orden de registro. Ahora ya la tengo.
– Menudo trajín.
Murphy asintió.
– No me has dicho por qué has tardado tanto.
– He tenido que acompañar a Tess al hospital. -Ya le había contado lo del robo, la paliza de Ernst y la amenaza contra Tess.
Murphy aplastó la colilla en el cenicero.
– ¿Has hablado con el equipo de seguridad del hospital?
– Sí. -Aidan frunció el entrecejo-. Un tipo alto con un peinado peculiar y las orejas grandes. Y con los nudillos despellejados de las hostias que le ha dado al viejo. Del nombre, ni idea. -Tess se había mantenido firme y, aunque lo entendía, Aidan sentía tanta rabia que tenía ganas de romper algo… o la cara de alguien. Esperaba estar presente cuando Jack averiguara algo con el AFIS.
– ¿Y Ernst qué?, ¿se salvará?
– Lo veo difícil. Tess le ha cortado la hemorragia antes de que llegaran los médicos de urgencias. Ha conseguido conservar la calma. -Se miró los nudillos y recordó el vendaje que le había aplicado la noche anterior-. Siempre se me olvida que ha estudiado la misma carrera que los médicos de verdad.