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Sintió que se le revolvían las tripas mientras en su mente se sucedían, cual serpiente rastrera, imágenes del asesino mirando a Tess. ¿Cuántos putos babosos más la habrían estado contemplando? No podía controlar los pensamientos, ni tampoco los violentos latidos de su corazón.

Habían violado la intimidad de Tess y solo por eso el hijo de puta que lo había hecho debía morir.

Spinnelli observaba la mesa de la sala de reuniones con los puños cerrados y en jarras mientras sacudía la cabeza.

– Dios mío. Aquí hay más material que en RadioShack.

Era cierto. Aidan se centró en el asunto tras controlar la furia que bullía en su interior. Jack y Rick habían clasificado las cámaras y los micrófonos encontrados durante los últimos dos días en siete montones. Los tres primeros correspondían a los pisos de las tres víctimas: Adams, Winslow y Seward. El cuarto montón era el de mayor tamaño y procedía del piso de Tess. El quinto, la mitad de alto, correspondía a la consulta. El sexto aún era más pequeño y en él se encontraban los micrófonos que Rick había extraído de su coche tras registrarlo durante cinco minutos. Tal vez hubiera más. De hecho, era probable. El séptimo montón era el menor de todos. En él había micrófonos del tamaño de una aguja de coser que Rick había encontrado en el forro de todas sus chaquetas, incluso en la de cuero rojo que llevaba puesta el domingo. «Cuando la acusé de ser una asesina.»

– Cuéntame, Rick -empezó Spinnelli-, ¿qué has averiguado de toda esta mierda?

Rick se puso en pie.

– No todo lo que te gustaría, pero algo es algo. En primer lugar, no hemos encontrado nada al tratar de controlar las transmisiones ni los correos electrónicos del piso de Adams. Dejé una cámara en cada piso por si volvían a utilizarlas, pero ya no funcionan. Quien las puso allí debe de saber que las hemos encontrado.

– ¿Ya nos rendimos? -preguntó Spinnelli irritado.

– Teníamos pocas probabilidades de que saliera bien -lo animó Rick-. Pero he conseguido información de esos dos montones -señaló los dos primeros-. Las cámaras de los pisos de Adams y de Winslow son del mismo modelo, y los números de serie son consecutivos.

Spinnelli asintió.

– Entonces es que las compraron al mismo tiempo.

– Probablemente. Hasta hace dos semanas, ese modelo era el más vendido de la marca. Hace dos semanas, lanzaron ese otro -Rick señaló el montón de circuitos de Seward-, y ya ha pasado a ser el más vendido. No necesariamente la cámara que encontré en su piso tuvo que ser comprada después que la otra, pero es posible que fuera así.

– Así que Seward no formaba parte del plan original -dijo Aidan pensando en voz alta. «Céntrate, Reagan.» La visión de tantas cámaras lo concomía-. El jefe de Adams nos explicó que llevaba semanas con muchos altibajos y Tess dice que hace tres que faltó a la visita. La cámara de casa de Seward no estaba a la venta cuando empezó todo.

– Puede ser. -Spinnelli se sentó y se cruzó de brazos-. Lo que quiero saber es si nuestro hombre colocó las cámaras en todos esos lugares: en los pisos, en la consulta y en el coche. -Tomó la bolsa con los micrófonos del tamaño de una aguja-. Y también en la ropa. ¿Quién tiene acceso a todo eso?

– Lo mejor que podemos hacer es examinar las grabaciones de seguridad del edificio de Seward de los últimos dos días y compararlas con las de Winslow de antes de ayer -propuso Jack-. Suponiendo que todo sea obra de la misma persona. Por lo menos en las de Winslow aparece la hora, y por la cantidad de plástico que se derritió, el muñeco no estuvo en el horno más de tres horas, así que tenemos que analizar la secuencia desde las once hasta la una.

– ¿Cómo es posible que alguien metiera un muñeco en el horno sin que él se enterara? -preguntó Spinnelli-. Dios, eso es lo peor de todo.

Aidan estaba en completo desacuerdo. Lo peor de todo era la cámara del baño, pero no era momento de pensar en ello. No podía permitírselo; tenía que mantener la calma.

– Si Winslow estaba dormido y drogado, es posible que no oyera que alguien entraba en la cocina, pero ahora que tenemos el marco temporal volveremos a preguntarles a los vecinos. ¿Qué hay de las cámaras del piso de Tess?

– Son modelos más antiguos -respondió Rick-, de tres fabricantes distintos.

– ¿Muy antiguos? -preguntó Aidan con voz tensa.

– No quiere decir que lleven allí mucho tiempo -advirtió Rick, y luego se encogió de hombros-. Eran los más vendidos hace seis meses. -Vaciló-. Excepto ese. -Señaló el modelo sumergible-. Es de hace cuatro años más o menos. Pero no parece que llevara allí más tiempo que las otras cámaras -se apresuró a añadir-. Yo que vosotros me centraría en los últimos seis meses como mucho.

A Aidan se le encogió el estómago.

– ¿Seis meses? ¿Un pervertido lleva mirándola seis putos meses?

Spinnelli arqueó las cejas.

– ¿Cómo sabemos que es un pervertido?

Furioso, a punto de explotar, Aidan se estiró y tomó la cámara sumergible.

– Porque estaba en la ducha, joder -soltó entre dientes. Estaba lo bastante furioso para emprenderla a golpes, así que con cuidado dejó la cámara en su sitio con mano temblorosa.

Jack miró a Rick con enfado.

– ¿Se lo has dicho tú?

Rick volvió a encogerse de hombros, incómodo.

– Me lo ha preguntado, yo no… Da igual.

Spinnelli parecía preocupado.

– ¿Aidan?

Él sacudió la cabeza para pensar con claridad.

– Lo siento. Tú no viste la cara que puso cuando le dije lo de las cámaras. Lo siento. -Se pasó la palma de las manos por el rostro-. El día ha sido muy largo.

– Para Nicole Rivera, no -observó Murphy en voz baja-. Registramos todo el piso, Marc, pero no encontramos indicios de que nadie le hubiera pagado por hacerlo.

– ¿Encontrasteis el abrigo y la peluca? -quiso saber Spinnelli.

Murphy negó con la cabeza.

– No, pero encontramos cintas con la voz de Tess en la despensa, detrás de unos cuantos paquetes de Hamburger Helper. Eran grabaciones de sesiones con pacientes.

– Con eso practicaba. -Spinnelli se frotó la frente-. Bastará para que Patrick rechace las apelaciones. Tal vez el informe de balística revele algo sobre la bala. ¿Y qué ha pasado esta tarde en la consulta?

– Su colega nos ha dicho que ha sido uno de los pacientes de Tess -explicó Aidan-. Tess cree saber quién es, pero no quiere decirlo. -Y él la admiraba tanto por sus principios como ganas tenía de echarle una reprimenda.

Murphy se volvió hacia Jack con expresión sombría.

– ¿Has identificado a ese cabrón?

– Justo ahora tengo a uno de mis hombres comparando las huellas con el AFIS -explicó Jack-. Es probable que sepamos algo dentro de una hora como mucho.

– Cuando sepáis su nombre quiero ir yo. -Murphy habló en voz baja, con control, pero el tono no logró ocultar del todo la fuerza de sus emociones. Aidan sabía muy bien cómo se sentía.

– Enviaré a otra persona -repuso Spinnelli, y les lanzó a ambos una mirada de advertencia-. Vosotros os encargaréis de investigar al de las grabaciones. ¿Está claro?

Aidan asintió con gesto enérgico.

– Más que el agua. Patrick no se pondrá muy contento -auguró cambiando de tema para ganar tiempo y que tanto él como Murphy pudieran tranquilizarse-. Puede reclamar las pruebas que quiera pero se tardará días enteros en volver a colocar todos esos informes en sus correspondientes carpetas. En la cámara había historiales de veinte años, tirados todos por el suelo. Lo mejor que podrá conseguir de momento es una lista de los pacientes, pero con eso no sabrá cuáles son los más susceptibles de cometer un suicidio. -En ese instante se le ocurrió una idea-. A menos que…

Spinnelli se inclinó hacia delante.