– ¿A menos que qué? Dime, Aidan.
Aidan se sacó las llaves de Tess del bolsillo. Las había guardado allí al entrar en la consulta y se le había olvidado devolvérselas. Del llavero colgaba un pequeño lápiz de memoria, no más grande que un dedo pulgar.
– Guarda una copia de todos los historiales aquí.
Murphy entrecerró los ojos.
– ¿Qué coño es eso?
– Un lápiz de memoria -explicó Aidan-. Es igual que un disquete, pero con una capacidad… ¿cincuenta veces mayor? Solía utilizar uno en las clases de diseño gráfico. Se conecta al puerto USB del ordenador.
Murphy sacudió la cabeza.
– ¿En eso caben cincuenta disquetes?
Rick lo observó detenidamente.
– ¿En este? Y mil también.
– Uau. -Spinnelli quiso cogerlo, pero Aidan negó con la cabeza.
– No. Sería como entrar en su despacho y robarle los archivadores. No puedes hacerlo.
El semblante de Spinnelli se ensombreció.
– Los cinco cadáveres que hay en la morgue son motivo suficiente.
– Yo también quiero conseguir la lista, y quiero darle su merecido a ese tipo cuando lo atrapemos. Pero también quiero que Tess pueda ejercer cuando termine todo esto. Si consultamos el lápiz de memoria, seguro que no podrá hacerlo porque parecerá que nos lo haya dado ella. Espera a mañana. Patrick tendrá su orden de registro y nosotros conseguiremos la información que necesitamos.
– Tal vez mañana sea tarde -se quejó Spinnelli, y luego suspiró-. Mierda, Reagan, tienes razón. ¿Desde cuándo eres más sensato que yo? -Sin esperar respuesta, le tendió a Aidan un papel doblado-. Es el informe de tóxicos de Adams completo.
Aidan lo leyó y luego se lo pasó a Murphy.
– ¿Psilocibina? ¿Qué es?
– He llamado a Julia -dijo Spinnelli-. Dice que es una sustancia que se extrae de setas venenosas, muy alucinógena. El nivel de sustancia encontrado en la sangre de Adams es solo un diez por ciento del que habría si se hubiera comido una seta entera, pero parece que estuvo ingiriendo el veneno durante mucho tiempo. Lo contenían las cápsulas de uno de los botes de medicamentos que encontrasteis en el botiquín de Adams.
– Entonces, ¿por qué le dieron fenciclidina? -preguntó Aidan, y suspiró al verlo claro-. Era el aniversario de la muerte de su hermana. El tipo debía de estar impaciente al ver que lo de las setas no funcionaba y la ocasión la pintaban calva.
– Y Winslow también estaba al borde del abismo -convino Spinnelli-. Julia buscará la misma sustancia en su análisis de tóxicos.
Aidan pensó en Seward, en su mirada enajenada.
– ¿Y en Seward?
Spinnelli negó con la cabeza.
– Julia dice que no ha encontrado nada en el análisis inicial. Se dará prisa, pero aun así tendremos que esperar a mañana. -Vaciló un momento y luego se volvió hacia Rick-. Rick, tengo que hablar con ellos tres a solas.
Rick se puso en pie.
– No tendrás que decírmelo dos veces. Buenas noches.
Cuando hubo salido por la puerta, Spinnelli cerró los ojos con gesto cansino.
– Asuntos Internos ha tomado parte en el tema.
Esas dos palabras hicieron que Aidan se crispara.
– ¿Por qué?
Spinnelli pestañeó varias veces.
– Porque tenemos cinco huellas distintas procedentes de las cartas que Tess recibió después de lo de Green. Tres corresponden a policías, todos amigos de Preston Tyler.
– ¿Y la empleada de Archivos? -preguntó Murphy-. ¿Ha identificado a alguno?
– No. Insiste en que no se acuerda, pero Asuntos Internos opina que oculta algo.
– Es muy joven -dijo Murphy pensativo-. Debe de darle miedo hablar.
– Si alguno de ellos está implicado en esto, es normal que tenga miedo -observó Aidan con tristeza.
– ¿Quiénes son, Marc? -quiso saber Jack.
– Tom Voight, James Mason y Blaine Connell. -Spinnelli echó hacia atrás la cabeza hasta que le crujió el cuello-. Todos tienen un expediente impecable, sin una mácula.
Aidan sacudió la cabeza, no daba crédito a lo que oía.
– No puede ser. Conozco a Blaine Connell.
– ¿No puedes creer que haya sido él? -preguntó Spinnelli con una mueca-. Pues claro que no. -Suspiró-. Claro que no.
Murphy empezó a darse golpecitos con el mechero en la palma de la mano.
– Si alguno de ellos está detrás de esto, quiere decir que han hecho mucho más que provocar suicidios. Han ejecutado a Nicole Rivera a sangre fría. Cuesta creer que lo haya hecho un policía, pero si…
– Un policía sabe muy bien cómo liar a alguien para que cometa un asesinato -opinó Jack.
Aidan dirigió una seria mirada a Spinnelli.
– Ahora que sabemos sus nombres, ¿qué vamos a hacer?
Todos se volvieron al oír que llamaban a la puerta. Rick asomó la cabeza.
– Lo siento, pero la doctora Ciccotelli está esperando fuera. Quiere verte, Aidan. No tiene muy buen aspecto.
Aidan se puso en pie y la preocupación colocó en segundo plano todos sus otros pensamientos.
– Tenía que llamarme antes de salir del hospital. ¿Dónde está?
– Aquí. -Tess entró apartando a Rick, y al ver las cámaras sobre la mesa se quedó helada. Aidan la había visto pálida, pero ahora su rostro había perdido todo el color y aparecía ceniciento-. ¿Tantas? -preguntó con un hilo de voz-. ¿Vigilando a mis pacientes? ¿Y a mí?
Aidan la asió del brazo y la llevó hasta una silla. Luego se acuclilló a su lado y le volvió la cabeza para que lo mirara a él en lugar de las cámaras.
– ¿Qué ha ocurrido, Tess?
Ella se soltó de su mano, le temblaban los labios. Miró de nuevo hacia la mesa y sus ojos se posaron en el llavero. Se volvió hacia Aidan, con un inmenso dolor en la mirada y el ánimo por los suelos.
– ¿Les has dado mis archivos? -Su voz apenas se oía, solo salían amagos de palabras.
– Yo quería abrirlos, Tess -dijo Spinnelli antes de que Aidan pudiera pronunciar palabra-, pero él no me ha dejado.
Tess asintió con alivio, aunque Aidan sabía que seguía sintiendo una gran pesadumbre. Volvió a formular la pregunta con la esperanza de que su temor fuera vano.
– ¿Qué ha ocurrido, Tess? -preguntó otra vez, con mucha delicadeza.
Ella dio un suspiro trémulo.
– Harrison ha muerto.
La pesadumbre invadió también a Aidan, que en esos momentos sintió ganas de atraer a Tess hacia sí y abrazarla fuerte. Pero no podía hacerlo. Allí no. No delante de un teniente que pensaba que tanto él como Murphy estaban demasiado implicados en el caso.
Solo le faltaría saber lo suyo con Tess. Por eso se limitó a tomar su mano.
– ¿Cuándo?
Ella agitó la cabeza, aturdida.
– Hace media hora. Lo estaban operando, pero la hemorragia interna era demasiado importante. Han llegado sus hijos y le están haciendo compañía a Flo, así que yo me he marchado. -Bajó la mirada, sombría y angustiada-. Mientras esperaba, he terminado de escuchar los mensajes del contestador -prosiguió en un tono tan apagado y vacuo que hizo que a Aidan se le acelerara el pulso-. Me han retirado la licencia, y tres pacientes más han amenazado con matarme si contaba sus secretos.
El acelerado corazón de Aidan se paralizó.
– ¿Sabes quiénes?
– No. Pensaba llamarlos a todos y decirles que no pienso contar nada de nada, pero los que me creen no habrían tenido que amenazarme así. Además, también podría ser esa mujer haciéndose pasar por mí. Y de todas formas, eso no evitaría el mal. Harrison ha muerto a pesar de haber protegido la privacidad de los pacientes, de haber guardado sus putos secretos. -Su voz se quebró-. Su muerte no ha servido de nada. -Bajó la cabeza y se quedó allí sentada, aferrada a su mano y llorando en silencio.
Aidan notó un escozor en los ojos y pestañeó para contener sus propias lágrimas al ver cómo las de ella caían en su mano.
– Lo siento, Tess. Lo siento muchísimo. -Las palabras eran obviamente insuficientes, pero ella asintió y dio otro suspiro. Se soltó de su mano y se enjugó las húmedas mejillas.