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A salvo. Se sentía a salvo y protegida como en ningún momento durante el último año. No; ni siquiera entonces. Phillip nunca la había hecho sentir así.

«No durará mucho.» Los pensamientos realistas resultaban deprimentes en una noche en la que no era capaz de soportar más disgustos. Por eso los apartó de su mente y respiró hondo, deleitándose con el aroma de la piel de Aidan como no había podido hacer la otra vez por estar demasiado ocupada en sentir los labios de él contra los propios.

Ahora aquellos labios le besaban el pelo, las sienes, y ella lo rodeó con los brazos y lo estrechó. Oyó en su pecho el latido regular de su corazón y se quedó escuchándolo. Él la dejó hacerlo y la abrazó hasta que la tempestad hubo amainado en su interior.

Aún estaba furiosa, y dolida, pero aquellas emociones ya no la asfixiaban.

– Gracias.

Él la abrazó más fuerte.

– De nada.

Aidan le alzó la barbilla para que lo mirara.

– Te acompañaré a un hotel si es lo que quieres.

Pero no quería, aunque tampoco quería que él se hiciera ilusiones acerca de lo que pasaría entre ellos.

– Si me quedo, ¿dónde dormiré?

Él esbozó una sonrisa ladeada.

– En mi cama. Yo me quedaré en el sofá. Es un sofá cama. -Se puso serio y le acarició el labio inferior con el pulgar. Ella notó que un escalofrío le recorría la espalda, a pesar de la gravedad de la expresión de él-. Tess, ya no llamarán más a los periodistas ni a tus pacientes; por lo menos no lo harán imitando tu voz.

– ¿Por qué?

– La mujer que se hacía pasar por ti ha muerto.

Ella abrió mucho los ojos.

– ¿Estás seguro?

– Estamos completamente seguros de que ha muerto, y bastante de que era ella quien se hacía pasar por ti. Te lo digo porque no quiero que te preocupes; ni tampoco quiero que te quedes aquí porque pienses que alguien dará motivos a esos cabrones para que cumplan sus amenazas.

– Te lo agradezco. -Y de verdad le estaba agradecida. Aidan Reagan le había demostrado su honradez en muchas ocasiones.

– Pero sigo deseándote -añadió, y Tess tomó aire al notar que el placer la invadía, un placer femenino-. No quiero que te quedes aquí sin tener eso claro.

– Yo… -«No puedo respirar»-. Lo tengo claro. Gracias por tu hospitalidad.

Él sonrió de repente, y el gesto alegró a Tess.

– La doctora tiene muchas cosas que aprender -la provocó.

El estómago de Tess hizo un ruido que la cogió desprevenida.

– La doctora tiene hambre.

– Yo también. -La soltó, pero mantuvo la mano en su cintura al guiarla hacia la puerta. Ella entendió que ya no se trataba solo de un gesto de apoyo. El gesto denotaba intimidad, y le gustaba-. Me parece recordar algo de la conversación que hemos tenido antes. -Señaló la motocicleta y ella notó que le ardían las mejillas.

– Yo la recuerdo casi toda, detective.

Él se detuvo en seco, tenía el entrecejo fruncido.

– Eso no me gusta.

– ¿El qué?

– Que me llames «detective». Mi nombre es Aidan.

Tess comprendió su enfado, consciente de que él había empezado a llamarla por su nombre de pila mucho antes de que ella hiciera lo mismo con él. Era una forma de conservar intacto su muro de defensa. Pero ahora el muro se había derrumbado, fuera por obra del destino o por las circunstancias, o a lo mejor eran una misma cosa.

– Yo la recuerdo casi toda, Aidan -rectificó.

Su ceño desapareció.

– Dijiste que sabías cocinar tan bien como en un restaurante.

Tess hizo una mueca.

– ¿Por qué lo dices? ¿Quieres que te haga una comidita?

Los ojos de Aidan emitieron un destello al captar el doble sentido.

– Sí y sí. Pero lo primero es lo primero. Me estoy muriendo de hambre, no he probado bocado desde la hora de comer.

Abrió la puerta de la cocina, y al detenerse en seco Tess chocó con él. En la puerta había colgada una nota. Aidan la arrancó y Tess aguardó con nerviosismo hasta que él se echó a reír.

– Ese comino… -dijo con cariño-. ¡Rachel! Estoy en casa.

Entró en la casa y no se inmutó cuando el rottweiler se abalanzó sobre él para saludarlo. Aquel perrazo se llamaba Dolly, lo cual Tess encontró muy gracioso. Una jovencita se personó en la cocina con la gata de Tess en los brazos. Bella parecía haberse aclimatado muy bien a su nuevo hogar y Dolly no le infundía ningún miedo.

– Otra vez has llegado tarde -lo amonestó Rachel mientras acariciaba el lomo de Bella desde la cabeza hasta la punta de su cola.

– Y tú has vuelto a salir de casa sin permiso -repuso él. Arrojó la nota sobre la mesa y entonces Tess pudo leer las palabras «Aidan, estoy aquí» escritas con redondeada caligrafía infantil-. ¿Se puede saber por qué?

La jovencita miró a Tess algo turbada.

– Tienes compañía.

– Sí. Rachel, esta es Tess Ciccotelli. Tess, esta es mi hermana Rachel.

Resultaba obvio que la chica era hermana de Aidan. El azul intenso de sus ojos era exactamente igual que el de los de él. No obstante, los de ella aparecían ensombrecidos y Tess recordó lo que Kristen había mencionado, que la chica andaba preocupada por algo. De todos modos, como ese asunto era cosa de la familia Reagan, no pensaba intervenir.

– Encantada de conocerte, Rachel. Gracias por cuidar de Bella.

Rachel frotó la mejilla de la gatita con la suya.

– Así que te llamas Bella, ¿eh? -dijo con suavidad-. Te pega el nombre.

– En italiano es una palabra corriente para decir «bonita».

– Ya lo sé. -La chica escrutaba el rostro de Tess-. Eres la psiquiatra que sale en las noticias.

– Rachel… -le advirtió Aidan.

– No te preocupes, Aidan. -Tess hizo una señal de asentimiento a la chica-. Sí. ¿Qué tal me tratan los periodistas?

– Mi profesora de lengua diría que te vilipendian. Es una de las palabras que entran en el examen de acceso a la universidad -añadió, y Tess tuvo que echarse a reír.

– Me alegra saber que estudias mucho -le espetó Aidan con ironía-. ¿Necesitas que hablemos, pequeñaja?

Rachel miró a Tess, incómoda.

– Ya volveré mañana.

Lo que le preocupaba debía de ser importante.

– Id al salón, Aidan. Yo me quedaré aquí a preparar algo de comer.

Él volvió a rodearle la nuca con la mano y Tess tuvo que hacer esfuerzos para no cerrar los ojos y soltar un gemido.

– ¿No te importa?

– Claro que no. Marchaos y dejadme cocinar.

Estuvieron hablando en voz baja en el salón durante veinte minutos. Tess hizo cuanto pudo para no escuchar la conversación, pero a pesar de armar más ruido del necesario con las ollas y las sartenes oyó lo suficiente para saber que Rachel Reagan tenía problemas serios. Por eso no le extrañó nada que al volver a la cocina la chica estuviera blanca como el papel y tan temblorosa que le fallaban las rodillas.

Su primer impulso fue soltar el cucharón y ayudarla a sentarse, pero la mirada de advertencia que observó en los ojos de Rachel la obligó a quedarse donde estaba. Aidan apareció segundos después con el rostro más pálido si cabe que su hermana.

– Rachel, espérame en el coche.

Aidan aguardó a que hubiera salido. Luego se volvió hacia Tess con expresión severa.

– ¿Qué has oído?

Tess vaciló.

– No gran cosa… Trataba de no escucharos. Pero sé lo suficiente. Estaban celebrando una fiesta y la situación se les fue de las manos. Ella se marchó, pero después las cosas empeoraron y a una de las chicas la hirieron.

Aidan tensó la mandíbula.

– No la hirieron, Tess, la violaron. Varias veces. -Apartó la mirada, le costaba tragar saliva-. Brutalmente.

Ella asintió despacio.

– Yo también lo he pensado. -Le posó una mano en el brazo y notó que le temblaban los músculos-. Piensas que podría haberle pasado a ella, ¿verdad?