Él echó hacia atrás la cabeza y su mirada de sufrimiento se le clavó en el alma de tal modo que creyó no poder soportarlo más.
– Santo Dios -masculló él sin apenas voz-. Yo…
Ella le acarició el brazo.
– No le ha pasado a ella, Aidan.
Él se estremeció y bajó la cabeza hasta apoyar la barbilla en el pecho.
– Ya lo sé, ya lo sé. -Levantó la cabeza-. La chica no ha querido denunciarlo.
Tess lo miró perpleja.
– Esa parte me la he perdido. ¿Qué piensa hacer Rachel?
– No lo sé. Está asustada; aterrorizada, más bien. Y yo también, joder.
– ¿Cómo lo sabe Rachel si la chica no ha contado nada?
– Su amiga hoy no ha ido al colegio, pero ha corrido el rumor. -Los labios de Aidan formaron una fina línea-. Supongo que los chicos no han podido callárselo. Rachel ha ido a casa de la chica para ver cómo estaba y resulta que ni siquiera se lo había contado a sus padres. Ellos pensaban que la fiesta se había descontrolado y que se encontraba mal por culpa de haber bebido demasiado. La han castigado un mes entero. Rachel ha intentado convencerla para que ponga una denuncia, pero no quiere hacerlo. Tiene mucho miedo.
– Eso no tiene nada de raro, Aidan. Ya lo sabes.
De repente él dio un manotazo en la encimera y ambos se sorprendieron.
– Pues claro que lo sé, joder. -Dejó caer los hombros-. Y también sé que tengo la obligación de poner yo la denuncia.
– Pero si lo haces, Rachel se verá implicada.
Él clavó sus ojos en los de ella.
– Tiene miedo de que los chicos descubran que ella los ha delatado y le hagan lo mismo.
Tess notó el mal sabor de boca que el temor había dejado a Aidan; un sabor amargo y metálico. Sabía muy bien cómo se sentía Rachel.
– Pues tienes que asegurarte de que nadie sepa quién te lo ha contado.
Él asintió con un gesto brusco.
– Tengo que acompañarla a casa. Mis padres deben de estar preocupadísimos. -Se llevó la mano a la espalda y extrajo una pistola semiautomática del cinturón, más pequeña que la que guardaba en la funda del hombro y más grande que la que Tess sabía que llevaba en el tobillo-. ¿Sabes usarla?
Esforzándose por mantener el pulso firme, Tess tomó el arma y la depositó con diligencia en la encimera, junto a la salsa que había preparado para la ensalada.
– Sí. Me enseñó mi hermano Vito.
– Dolly se encargará de que nadie entre en la casa. Mis padres viven a menos de diez minutos de aquí, pero tengo que hablar con mi padre y puede que tarde un rato. -Miró las ollas puestas en el fuego-. Lo siento, huele muy bien pero no puedo…
– No se estropea, Aidan. Anda, vete. No te preocupes por mí.
Él se abrochó la cremallera del abrigo y se detuvo frente a la puerta.
– Te llamaré al teléfono fijo cuando entre en el garaje para que sepas que soy yo. Quédate ahí, Dolly.
Dicho eso se marchó, y Tess oyó la puerta del garaje abrirse y cerrarse después de que saliera para acompañar a Rachel. Bella entró en la cocina y se refrotó contra sus piernas, y Tess la tomó en brazos y la arrimó a su mejilla.
– Bella -susurró-, ¿te acuerdas de que Eleanor solía decir que cuesta muy poco que las cosas se estropeen? Pues se refería a días como este.
Al acordarse de Eleanor no pudo evitar pensar en Harrison, y la pesadumbre volvió a atenazarla. «Dedícate a hacer de psiquiatra», le había aconsejado.
Tenía razón. Ya era hora de dejar de hacerse la víctima. «Ponte a trabajar, Tess.»
Miércoles, 15 de marzo, 6.00 horas.
Su madre estaba preparando el desayuno y olía divinamente. Aidan se dio media vuelta y enterró la cara en el mullido cojín del sofá. Se esforzó por abrir los ojos.
Y se encontró mirando los ojos color ámbar de una gatita parda. Su madre no tenía ninguna gata, pero Tess sí. Cuando su cerebro empezó lentamente a atar cabos se incorporó de golpe y la gatita salió disparada. Se encontraba en el salón de su propia casa, en su propio sofá. La noche anterior, después de acompañar a Rachel y hablar con su padre hasta altas horas de la madrugada, había regresado a casa y había encontrado a Tess durmiendo sobre la mesa de la cocina, con la sonrosada mejilla apoyada en el brazo, y a Dolly a sus pies.
Se había quedado dormida mientras anotaba algo en uno de sus cuadernos y con la mano asía sin fuerza el bolígrafo. Tenía la pistola a mano, y Aidan recordó cómo el pánico que le había desbocado el corazón, al no contestar ella al teléfono, había dado paso a un deseo tal que le cortaba la respiración. Estaba calentita y despeinada, y tuvo que echar mano de un autocontrol inhumano para no arrastrarla consigo al mullido sofá. En vez de eso, la había acompañado a la cama y se había acostado en el sofá, solo.
Decididamente, era un santo.
El estómago no paraba de hacerle ruido. Era un santo hambriento. Se puso en pie desperezándose, se dirigió en silencio a la cocina y al entrar se quedó fascinado. Tess Ciccotelli se encontraba frente a los fogones con unos tejanos y la vieja sudadera de su uniforme del Departamento de Policía de Chicago con las mangas dobladas por encima del codo. El pelo moreno le caía por la espalda formando ondas y con los pies embutidos en unos gruesos calcetines seguía el intenso ritmo de la canción de Aerosmith procedente de la radio, puesta a bajo volumen. Estaba bailando un shimmy, meneando su increíble trasero mientras daba la vuelta a las crepes en la sartén, y Aidan pensó que nunca en toda su vida había gozado de una vista más hermosa.
En dos zancadas se plantó a su lado y, antes de que ella pudiera pronunciar palabra, puso las manos en su pelo y le cubrió con la boca los labios prietos, ardientes, deseosos. El pequeño chillido de sorpresa atrapado en la garganta de ella se transformó en un suave gemido que cortó el fino hilo del que pendía su sentido común. Sus manos se colaron por debajo de la raída sudadera y le acariciaron la sedosa piel de la espalda mientras ella le echaba los brazos al cuello y abría la boca, atrapándole la lengua con todas sus fuerzas. Todavía llevaba en la mano la espátula y a Aidan el mango se le clavaba en el cuello, pero no le importaba porque ella estaba de puntillas, esforzándose por acercarse más, con el busto apretado contra su pecho y meneando las caderas contra su entrepierna de tal modo que Aidan solo podía pensar «ahora, ahora, ahora». Buscó a tientas el corchete del sujetador y, al reparar en que se abrochaba por delante, sus dedos rozaron la parte inferior de sus senos.
Las manos le temblaron al oír su gemido.
– Date prisa -susurró ella contra sus labios-. Por favor.
El tiró de la prenda hasta que el corchete se abrió y los senos llenaron sus manos. Ella, en silencio, echó hacia atrás la cabeza y empezó a mecerse sobre los talones. Separó los labios y cerró los ojos, y él se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento mientras aguardaba. Aguardaba a que él la tocara. Y, de pronto, le pareció muy importante que el placer hiciera que la espera hubiera merecido la pena.
La soltó y sacó las manos de debajo del jersey. Ella abrió los ojos de golpe: estaba desenfrenada, excitada y confusa.
– ¿Qué haces? ¿Por qué?
– Porque… -La besó mientras con una mano le quitaba la espátula y con la otra apagaba el fuego-. Quiero tomarme mi tiempo.
Poco a poco, la condujo de espaldas hasta el salón, donde topó con el respaldo del sofá. La bajó hasta apoyarle la cabeza en el cojín, acompañando el gesto con todo su cuerpo. Le abrió las piernas y se colocó en medio. Ella arqueó la espalda para ejercer presión y un gesto de placer estuvo a punto de hacer que Aidan olvidara lo que acababa de decidir. Con un gemido risueño apretó las caderas contra ella y consiguió inmovilizarla.
– No tan deprisa -masculló, más por sí mismo que por ella. De repente le quitó el jersey por la cabeza, atrapándole los brazos y dejando sus senos al desnudo. Se quedó sin respiración; incluso le dolía el pecho-. Por Dios -susurró-. Mírate, Tess.