– Oh, Vito, no había necesidad. -Los recuerdos del día anterior acudieron a su mente y de pronto notó que le costaba tragar saliva-. Pero me alegro mucho. Ayer robaron en la consulta.
– Ya lo sé. En la portada del Bulletin aparece una foto de los enfermeros llevando a tu colega a una ambulancia. ¿Cómo está?
La cólera hervía en lo más profundo de su ser e iba dirigida tanto a Wallace Clayborn como al periódico que se aprovechaba de su desgracia de un modo tan despiadado.
– Ha muerto.
Vito guardó un silencio tenso.
– ¿Qué ha ocurrido?
– ¿Qué dice el artículo?
– Que se desconoce al agresor y que la policía está investigando las pistas -explicó Vito-. ¿Qué ha ocurrido?
– Uno de mis pacientes me vio en las noticias… -Suspiró-. Y fue a por mí, pero encontró a Harrison.
– Dios mío. -Su voz ya no atronaba de indignación, ahora temblaba de miedo-. ¿Dónde estás?
– Estoy bien. Nos veremos, pero no en mi casa.
– ¿Por qué? -preguntó él con temor.
– Ya te lo contaré cuando nos veamos. ¿Dónde te alojas?
– En el Holiday Inn del centro.
Tess tapó con la mano el auricular del teléfono.
– ¿Puedes acompañarme de camino al trabajo?
Aidan asintió.
– Claro.
– ¿Tess? -La voz de Vito retumbaba-. ¿Estás con un hombre?
Tess suspiró. Daba igual la edad que tuviera, seguía siendo la hermana pequeña de Vito, y para su padre todos seguían siendo sus niños, les gustara o no.
– Sí, Vito.
– No solo quiero que te acompañe -gruñó Vito-. Quiero conocerlo.
Tess volvió a suspirar.
– Sí, Vito. Estaremos ahí dentro de una hora. -Colgó el teléfono y se encogió de hombros-. ¿Te importa saludar a mi hermano?
Aidan abrió los ojos en un grotesco gesto de alarma.
– ¿Me pegará?
– No lo creo. De hecho, nunca ha pegado a ninguno de mis novios. Bueno, a Phillip le rompió la nariz.
– ¿A don Cabrón? -Al decirlo sonrió-. Me da la impresión de que se lo merecía.
– Te aseguro que sí. -Tess se puso seria al recordar lo preocupado que estaba Aidan por su hermana-. ¿Cómo fue ayer con Rachel, Aidan?
La sonrisa de los ojos de Aidan se desvaneció.
– Mi padre dice que se encargará del caso. Era policía, y aunque está retirado tiene amigos dispuestos a decir que han recibido un aviso anónimo.
– ¿Y si llega a pensar que ha sido Rachel?
Él palideció.
– Entonces Abe y yo nos encargaremos de hacerles entender a esos chicos de su escuela que si alguien la toca, morirá. -Se sirvió más crepes-. Estas crepes están deliciosas. Están incluso más buenas que las de mi madre, pero sí se lo dices te llamaré embustera en la cara.
Ella comprendió que necesitaba cambiar de tema y asintió.
– No le diré ni una palabra. Ayer te preparé linguini. Si quieres, puedes calentarte un plato hoy para cenar.
Él arqueó una ceja.
– ¿Cómo que puedo calentármelo para cenar? ¿Y tú? No me parece buena idea que andes sola por ahí.
El pánico volvió a atenazar el estómago de Tess, pero ella no estaba dispuesta a darle cancha, así que respondió ladeando la cabeza.
– Lo que pasa es que quieres que te haga otra comidita.
Él, lentamente, esbozó una sonrisa que de nuevo aceleró el corazón de Tess.
– Sí, eso es.
Desarmada, ella volvió la cabeza y en una esquina de la mesa vio el cuaderno en el que había estado escribiendo la noche anterior.
– Tengo una cosa para ti -dijo, inclinándose para alcanzarlo-. No quise utilizar tu ordenador sin permiso pero te cogí una libreta en blanco del escritorio. Por cierto, tienes una buena colección de libros de texto. Hay de todo, desde historia antigua hasta cálculo.
Y, en medio, una curiosa mezcla de psicología, filosofía y poesía. Observar los lomos de los libros que guardaba en la estantería constituía una forma fascinante de examinar a Aidan Reagan.
Guardó silencio una fracción de segundo más de lo debido.
– Terminé la carrera, pero ya no estudié nada más. -Había cerrado los ojos para que no dejaran entrever nada, para que no pudiera leer en su mirada, lo que de por sí ya tenía una curiosa lectura.
Tess suspiró exasperada.
– Mierda, deja de hacer eso.
– ¿El qué, doctora?
– Mortificarte, señor detective -le espetó-. Das por hecho que menosprecio tu título universitario porque yo tengo unos cuantos diplomas más colgados en la pared.
Él la miró fríamente y luego se encogió de hombros.
– Lo siento. -Pero en su tono no se apreciaba un ápice más de afabilidad, ni tampoco en su mirada.
– ¿Por qué haces eso? ¿Por qué siempre piensas mal de mí? -Se apartó de la mesa, irritada-. Hace tan solo unos minutos te tenía pegado a mi cuerpo, y ahora me colocas en un pedestal. Aclárate de una vez, Aidan. Decide si quieres que te trate con cariño o con frialdad.
Captó en los ojos de él un destello y ella entornó los suyos. Al ver que no respondía rompió el silencio.
– Muy bien, ya has dicho suficiente. -Hojeó las páginas del cuaderno en las que había tomado sus anotaciones-. Ayer, cuando te marchaste, estuve trabajando en el perfil psicológico de la persona que buscamos. Empecé a hacerlo en el ordenador de la consulta… antes de recibir la llamada sobre Seward. -Resuelta, apartó de sí el temor que aún sentía y estiró bien las rodillas-. No tuve tiempo de guardar una copia de seguridad, y dadas las circunstancias dudo que pueda recuperarlo de mi disco duro. -Su ordenador estaba en el suelo, hecho trizas-. Voy a cambiarme de ropa. Cuando quieras salir, avísame; estaré lista.
– Tess.
Antes de salir del salón, Tess se detuvo y se dio media vuelta; lo vio leyendo la página del cuaderno en la que había colocado una señal. Él levantó la cabeza, turbado.
– Gracias por esto.
– Es lo que a Harrison le habría gustado que hiciera. -Su boca se frunció en una mueca-. Ayer comimos juntos y estuvimos hablando del tema. -Señaló el cuaderno que Aidan tenía en las manos-. Ahí tienes el resultado. Te agradeceré que me hagas una copia.
Había pasado junto al sofá y estaba en el recibidor cuando él volvió a llamarla.
– Tess.
Ella se detuvo, pero esta vez no se dio la vuelta.
– ¿Qué?
– Lo siento. He metido la pata y me sabe mal.
Lo oyó atravesar el salón y se estremeció al notar que le ponía las manos en los hombros.
– Llevo lo mío a cuestas. -La besó en el cuello, justo encima de la cicatriz-. Creo que a los dos nos pasa lo mismo.
– ¿Cómo se llamaba?
– Shelley. -Él hizo una pausa, y luego con voz risueña añadió-. Menuda cabrona. -Le apartó el pelo y la obsequió con más besos en la nuca-. Me daré una ducha y estaré listo en veinte minutos. Puedes comentarme el perfil psicológico en el coche, hay algunas palabras que no entiendo.
Pasó de largo y se metió en el baño de la cenefa de patitos, y ella suspiró al comprender que le costaba más admitir su ignorancia que disculparse. Se preguntó quién sería la tal Shelley y qué le habría hecho. Luego, se puso en marcha.
Tenía que prepararse. A Vito no le gustaba que lo hicieran esperar.
Capítulo 13
Miércoles, 15 de marzo, 7.20 horas.
No resultaba difícil reconocer a Vito Ciccotelli, pensó Aidan al distinguir enseguida al hombre entre la multitud que llenaba el vestíbulo del Holiday Inn. Debía de ser el tipo alto con el pelo moreno y ondulado y la mirada intimidatoria. No hacía falta percatarse de la funda de pistola del hombro, todo en él dejaba ver claramente que era policía. Y en cuanto sus penetrantes ojos negros divisaron a Tess Ciccotelli, todo en él dejó ver claramente que era su hermano mayor y que estaba preocupadísimo.
Ella dio un paso en dirección a él, y entonces ambos echaron a correr. Vito la estrechó en sus brazos y no la soltó, como si su persona tuviera un gran valor y hubiera estado a punto de perderla. A Aidan le costó tragar saliva. Las dos cosas eran ciertas.