Tess le había explicado a Aidan durante el trayecto que en los últimos diez meses solo había visto a su hermano Vito las dos veces que este había acudido a su lado. La primera vez había ido a verla al hospital después de lo del «estrangulador de la cadena», que era tal como ella solía referirse a la agresión. Aidan se preguntaba si se daba cuenta de que se llevaba la mano al cuello cada vez que hablaba de aquel episodio con tanta tranquilidad como si le hubiera ocurrido a otro. La segunda vez había tenido lugar seis semanas después, cuando ella le había dado pasaporte a don Cabrón y su hermano le había roto la nariz de un puñetazo.
Ahora Vito la miraba con el entrecejo fruncido.
– Sigues estando demasiado flaca. ¿Has vuelto a enfermar? ¿Por qué no estabas en casa? -Miró por encima de su hombro a Aidan como si quisiera interrogarlo con sus ojos negros de expresión fría. Debía de ser cosa de familia-. ¿Este es el policía?
Tess se volvió hacia Aidan y sus labios se curvaron hacia arriba.
– No, no estoy enferma; no he vuelto a estarlo. Lo de la casa es una larga historia. Y sí, este es el policía. -Se dio la vuelta de modo que Vito pudiera rodearle los hombros con el brazo-. Vito, te presento a Aidan Reagan. Aidan -suspiró-, este es mi hermano Vito.
Vito le estrechó la mano, con fuerza pero sin hacerle daño.
– ¿Te acuestas con ella? -le espetó.
– ¡Vito! -exclamó Tess sobresaltada.
– De momento, no -respondió Aidan, y Vito apretó la mandíbula. Durante unos instantes nadie dijo nada. Luego Vito prosiguió con mala cara.
– ¿Por qué no estaba en su casa?
Aidan miró alrededor.
– Aquí no podemos hablar. -Consultó su reloj. Spinnelli había convocado una reunión a las ocho en punto-. Tengo diez minutos. ¿Podemos subir a tu habitación?
– Sí. -Vito ya se había puesto en marcha y guiaba a Tess hacia la escalera-. Son solo dos pisos, tío, estás de suerte.
Los hizo entrar en la habitación y se apostó en la puerta con los brazos cruzados al estilo de un guardia de seguridad.
– Habla.
Con rapidez y concisión Aidan lo puso al corriente de todo cuanto creía que podía contarle mientras Tess, sentada en la cama, lo escuchaba con cara de exasperación. Cuando hubo terminado, ella agitó la mano con ironía.
– Estoy aquí, ¿os acordáis?
Vito le lanzó una mirada de lo más desagradable.
– Sí, y no se te ocurra moverte.
Se volvió de nuevo hacia Aidan.
– ¿Quién te parece que puede ser?
Aidan sacudió la cabeza.
– No puedo decírtelo.
La irritación de Vito resultaba obvia.
– ¿Porque no lo sabes?
«Porque puede que sea un policía.»
– Tengo que marcharme. -Miró a Tess de reojo y luego volvió a centrarse en Vito-. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte, Vito?
Él vaciló.
– Tengo unos cuantos días libres.
– Muy bien. -Aidan miró de nuevo a Tess-. Clayborn sigue libre.
Eso la dejó tiesa.
– Pensaba que Spinnelli iba a enviar a alguien a buscarlo.
– Aún no lo han encontrado. ¿Te quedarás con ella?
– Sí -respondió él con seriedad-. Oye, Tess, ¿cómo te las apañas para meterte en semejantes líos?
Ella se puso en pie de repente y golpeó a Vito en el hombro con tal fuerza que este hizo una mueca de dolor.
– Yo no me he metido en ningún lío, gilipollas.
Aidan aún estaba atónito de lo rápido y lo fuerte que le había golpeado, sin un ápice de victimismo.
– No sabía que tuvieras esos golpes escondidos, doctora.
Ella le lanzó una mirada asesina.
– Pues ahora ya lo sabes, que no se te olvide. Vete, llegas tarde. Llámame cuando pueda volver a la consulta. Tengo que entrar en la cámara acorazada y empezar a ordenar los historiales. -Arqueó una ceja con gesto irónico-. Patrick los necesitará como pruebas.
– ¿Quién es Patrick? -quiso saber Vito.
– El fiscal del estado. -Aidan tomó a Tess de la mano-. Quiero hablar contigo. -La llevó al pasillo y le cerró la puerta en las narices a Vito-. Estoy empezando a compadecer a Rachel.
Ella sonrió.
– Tiene suerte de contar con un hermano que la quiere. -Acercó la cabeza para darle un beso fugaz-. No hagas esperar a Spinnelli, es muy impaciente.
Él deslizó la mano por debajo de su pelo y le dio el beso que realmente le apetecía. Al levantar la cabeza le alegró oír que ella daba un suspiro hondo y trémulo.
– Yo también. -La besó de nuevo, con ímpetu, con gesto posesivo-. Siento lo de esta mañana, no quería ofenderte.
– Lo sé. -Y lo sabía. Aidan lo captaba en su mirada, y su acelerado corazón se tranquilizó. Empezó a retroceder, pero se arrepintió. Antes de que pudiera volver a tomar aire tenía a Tess entre sus brazos; le rodeaba el cuello y lo besaba igual que había hecho por la mañana en la cocina de su casa, y él se preguntó cómo era posible que le hubiera parecido fría; lo estaba poniendo a cien. Estremeciéndose enterró el rostro en su cuello.
– Ten cuidado -musitó con vehemencia-. Llámame si me necesitas.
– Lo haré, te lo prometo.
Él la besó en la sien.
– Ven a cenar a casa esta noche.
– ¿Y qué hago con Vito?
– Tráetelo. Mientras no se quede toda la noche…
Ella sintió un escalofrío.
– ¿Y yo?
Él le pellizcó suavemente el labio.
– Decídelo tú. No puedo entretenerme más. Adiós.
Tess se llevó el dorso de la mano a los labios. «Caray.» Hasta entonces nadie la había besado así. Nadie. Ni siquiera el cabrón de Phillip. Nadie en absoluto. Se dirigió con paso vacilante hacia la puerta y esta se abrió antes de que pudiera llamar.
– Estabas observándonos por la mirilla -le echó en cara a Vito, y él sonrió con gesto burlón.
– Siempre lo hago, mocosa. Si no, ¿cómo iba a saber a qué imbécil tengo que hincharle la cara por pasarse de la raya con mi hermana? -Al volver a entrar en la habitación, se puso serio-. Mamá quiere venir a verte.
El buen humor de Tess se desvaneció.
– Pues que venga.
– Quiere que se lo pidas tú.
– Ya lo he hecho. -Lo había hecho muchas veces en los últimos cinco años-. No te metas en medio, Vito.
– Estoy en medio, Tess.
– Pues eres el único -masculló ella. Vito era el único que la apoyaba y se atrevía a desafiar a su padre-. ¿Cómo están todos? -No hacía falta especificar más, «todos» eran su familia.
– Dino va a tener otro bebé. Es otro niño.
– Pobre Molly. -Sería el quinto hijo varón de su hermano mayor y su cuñada. Dos de los sobrinos no la habían visto nunca y los otros tres no serían capaces de reconocerla si la encontraban por la calle.
– Gino tiene entre manos un importante proyecto de un edificio nuevo. Tino se ha echado novia.
Aquello le llegó al corazón.
– ¿Es buena persona?
– Sí. -El tragó saliva-. Sí que lo es. Tess, quiero que vuelvas a casa.
«A casa.» La idea la hizo sentir añoranza.
– ¿Por qué?
– Porque te echo de menos. Todos te echamos de menos. -Se sentó en la cama y cerró los ojos-. Papá está enfermo.
La idea atenazó la garganta de Tess.
– ¿Muy enfermo?
– Ha sufrido un ataque al corazón.
Ella hizo un gesto de desdén.
– Ha tenido más de uno.
– Este ha sido muy grave. Va a vender el negocio.
Tess se volvió hacia la ventana.
– ¿Él también quiere que regrese?
Vito guardó silencio, lo cual fue lo bastante elocuente. Lo miró de nuevo cuando hubo recobrado la compostura.
– Tengo que ir a ver a Flo Ernst durante la mañana. Tengo un mensaje de Harrison para ella. ¿Me acompañas?