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– ¿Tess? -A Amy se le iluminó el rostro-. ¡Vito! Santo Dios, cuánto me alegro de verte.

Él le sonrió.

– Tienes buen aspecto, Amy.

– ¿Desde cuándo estás en la ciudad?

– Llegué ayer por la noche. Estaba preocupado por Tess.

Amy dirigió una mirada feroz a su amiga.

– Todos lo estábamos. A alguien, y no quiero decir a quién, se le olvidó llamar para avisarnos de que estaba bien.

– Ya dije que lo sentía -masculló Tess-. ¿Has venido a fustigarme, o qué?

– He venido a ver si estabas bien. -La expresión de Amy se suavizó-. Dime, ¿cómo estás?

– No estoy en mi mejor momento. -La visita a Flo Ernst no había ido muy bien. Como la mujer estaba fuera de sí, un médico la había sedado, por lo que uno de los hijos había recomendado en tono glacial a Tess que esperara a después del funeral, que tendría lugar el sábado siguiente. Tess quiso respetar su dolor y por eso hizo caso omiso de la ofensa y se marchó sin decir nada más-. Aunque supongo que he pasado por situaciones peores. -Amy lo sabía mejor que nadie, pues durante esos momentos también había estado a su lado.

– Ya lo sé, cariño -le dijo amablemente-. Y superarás esto igual que has superado todo lo demás. -Miró alrededor-. ¿Dónde está Denise?

– En la consulta de Harrison. -Tess miró la puerta cerrada pero en su cabeza veía los muebles destrozados y la sangre en un canto del escritorio-. Está limpiando. Yo no he podido.

Amy le pasó una mano por el pelo.

– No te preocupes, no puedes ser siempre una superwoman.

– ¿Doctora Ciccotelli? -Un joven que llevaba una chaqueta con el emblema de una empresa de mensajería asomó la cabeza por la puerta-. Le traigo un paquete. -Entró con el casco de ciclista debajo de un brazo y un sobre de cartón en la otra mano-. Tiene que firmar aquí.

Con el entrecejo fruncido, Tess hizo lo que le decía, pero Vito se le adelantó y tomó el paquete.

– Deja que compruebe qué es -dijo, y se guardó el albarán en el bolsillo. Palpó el sobre-. Es un CD. ¿Lo esperabas?

Tess examinó la etiqueta.

– ¿De Smith Enterprises? No. De todos modos, muchas empresas me envían continuamente ejemplares de libros o CD para que los revise. ¿Lo abro?

– Ya lo abro yo. Hazte a un lado. -Vito se situó en el extremo más alejado del vestíbulo, abrió el sobre y extrajo una hoja de papel y un CD. Se quedó pálido-. Llama a Reagan. Llámalo ahora mismo.

– ¿Qué es? -Tess se acercó, y torció el gesto cuando él dio la vuelta a la hoja y la escondió-. Mierda, Vito, déjame ver qué es.

Le arrebató el papel. No sabía qué podía esperar, pero lo que de ningún modo esperaba era lo que vio.

Se quedó petrificada al ver… su foto. A todo color. Completamente desnuda. Una frase bajo la fotografía rezaba «Ingrese cien mil dólares en la cuenta indicada o el vídeo adjunto será vendido a la prensa para que lo difundan. Tiene hasta la medianoche de hoy.» Mecánicamente, le tendió de nuevo la hoja a Vito y, poco a poco, se dio media vuelta y salió a la escalera, donde se arrodilló y se puso a vomitar.

Miércoles, 15 de marzo, 11.15 horas.

Aidan salió del ascensor antes de que las puertas se abrieran del todo y echó a correr por el pasillo hasta la puerta donde aguardaba un policía de uniforme.

– ¿Dónde está? -le preguntó.

El agente Nolan señaló un extremo del mostrador de recepción.

– Allí. Lo ha traído un mensajero y le ha hecho firmar el albarán.

– Gracias por comunicarnos el nombre de la empresa de mensajería -dijo Murphy-. Así hemos podido enviar un coche patrulla a buscar al chico al lugar de la siguiente entrega.

El mensajero los estaba esperando en la comisaría, aunque ni Aidan ni Murphy esperaban de él más de lo que habían obtenido de la propia empresa. El paquete había sido entregado con un giro postal esa misma mañana. La descripción facilitada por el empleado de correos se correspondía más o menos con la de Bacon, pero bien podía ser la de casi la mitad de la población masculina de mediana edad de Chicago.

– El mensajero tenía pinta de estudiante -dijo Nolan-. No creo que supiera lo que llevaba, si no se lo habría quedado él. -Se volvió a mirar atrás, intranquilo-. Ha colaborado todo lo que ha podido en ordenar los documentos. No me lo esperaba.

Murphy miró dentro de la consulta.

– ¿Quién ha estado aquí esta mañana?

– Su hermano, la recepcionista y su amiga la abogada. Al ver el CD, se ha quedado completamente pálida y conmocionada; su hermano quería llamar al 911 pero ella no se lo ha permitido. La abogada ha llamado a un amigo médico, y él iba a darle un tranquilizante, pero ella no ha querido tomárselo. Un empleado de mantenimiento ha venido a limpiar la alfombra. Eso es todo.

Aidan hizo un breve gesto de asentimiento.

– Gracias.

Vito se encontraba dentro de la consulta, de pie junto al extremo más alejado del mostrador de recepción. Tenía los brazos cruzados con fuerza y le temblaba un músculo de la mejilla. Miraba hacia el despacho de Tess, donde ella permanecía sentada en un sofá hecho jirones, traumatizada. Con expresión igualmente horrorizada, Amy Miller y Jon Carter estaban sentados uno a cada lado de ella. Una joven se paseaba por delante de la puerta abierta del despacho de Ernst, claramente inquieta. Debía de ser Denise Masterson, pensó Aidan al recordar la investigación que había llevado a cabo sobre el trabajo de Tess y sus empleados.

– No sabes las ganas que me entran de cargármelo -masculló Vito sin apartar los ojos de Tess.

Aidan suspiró en silencio.

– Sí, sí que lo sé.

Vito miró alrededor, una tremenda furia ardía en sus oscuros ojos.

– ¿Sabías lo del CD?

– Hasta esta mañana no. Y tampoco sabía que le había enviado una copia.

Vito cerró los ojos.

– Una copia. Pues entonces debe de haber más.

Murphy se aclaró la garganta.

– ¿Cuánto falta para tener recogida toda la documentación?

Vito abrió los ojos y pestañeó como si acabara de reparar en la presencia de Murphy.

– Este es mi compañero, Todd Murphy -dijo Aidan en voz baja.

– Acabamos de empezar. Pedidle al teniente que envíe a alguien para terminar el trabajo. -Vito torció la mandíbula con gesto agresivo-. Voy a llevarla a casa.

– No puede entrar en el piso -saltó Murphy sin un ápice de beligerancia en la voz.

Vito apretó los dientes.

– No me refiero a ese mausoleo de Michigan Avenue. Me la llevo a su verdadera casa. Tomaremos el próximo vuelo hacia Filadelfia.

– No. -Tess se levantó del sofá y se quedó quieta, como si quisiera comprobar que era capaz de mantenerse en pie. Tanto Amy Miller como Jon Carter se levantaron justo después, dispuestos a aguantarla si las piernas le fallaban. Tess apartó con delicadeza las manos de Amy-. Estoy bien, Amy. -Atravesó el despacho y se situó junto a Vito mientras Amy y Jon la escoltaban-. No pienso ir a ninguna parte, Vito. -Tenía el rostro pálido pero su mirada denotaba lucidez. Alzó la barbilla y miró a Aidan a los ojos, y él se llenó de orgullo-. No ha sido el mismo tipo.

Aidan lo sabía, pero quería oír por qué lo creía ella.

– ¿Cómo lo sabes?

– A este le falta la sangre fría, la minuciosidad de las otras agresiones. Esto parece… mero oportunismo. Más bien da la impresión de que uno de sus esbirros haya querido actuar por su cuenta y se haya largado. -Se encogió de hombros-. Las otras agresiones tenían como objetivo aterrar a la víctima, subyugarla. Se trataba de minar la salud de personas vulnerables hasta que se derrumbaran, aunque el verdadero objetivo era ponerme a mí en una situación violenta. Pero eso solo puede ocurrir si yo lo permito, y no pienso hacerlo.

– Daremos con él, Tess -aseguró Aidan.

– Claro. Es el único vínculo que tenemos con el asesino de cuatro personas. Yo solo soy un eslabón de la cadena. Debéis centraros en ellos, Aidan. Yo estoy bien; al principio no lo estaba pero ahora sí. Ve a hacer tu trabajo. -Su discurso se tambaleó un poco cuando él tomó el paquete de encima de la mesa de Denise-. ¿Tienes que llevártelo?