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Aidan se frotó la boca con el dorso de la mano; le costaba demasiado asimilar la trascendencia de todo aquello.

– Era amigo de Tess. La noticia acabará con ella.

Guardaron silencio un momento, luego Spinnelli suspiró.

– Tenías razón, Aidan. Aún no ha terminado. Pero por lo menos ya sabemos cuál es su objetivo. No se trata de conseguir ninguna apelación, ni tampoco quiere sacar provecho económico de los suicidios.

– Lo que quiere es acabar con Tess -dedujo Aidan con un hilo de voz-. A toda costa.

Spinnelli tenía una expresión adusta.

– Y las únicas pistas nos llevan a un policía que no dirá nada a Asuntos Internos. Y a Bacon.

Abe frunció las cejas y cruzó una mirada con Mia.

– ¿Un policía?

– ¿A qué hora murió el portero? -quiso saber Spinnelli.

– Hace diez horas, más o menos -respondió Mia-. ¿De qué policía hablas, Marc? ¿Por qué?

– De uno que lleva todo el día con Asuntos Internos, así que no puede haber asesinado a Hughes -dijo Spinnelli, sin responder verdaderamente a su pregunta-. Solo nos queda Bacon. -Dio unos golpecitos con los nudillos en la lista de pisos-. Quiero que lo encontréis.

– Tenemos que ir a hablar con la esposa de Hughes -dijo Abe-. Aún no sabe nada.

– Yo tengo que decírselo a Tess -dijo Aidan-. No quiero que lo sepa por las noticias.

– Y todavía tenemos que dar con Clayborn -añadió Mia-. ¿Por dónde empezamos, Marc?

Spinnelli se quedó pensativo.

– Mia, tú ocúpate de la viuda. Abe, encárgate de ir a unos cuantos pisos. Luego seguid buscando a Clayborn. Llevo todo el día recibiendo llamadas de los hijos de Ernst; quieren saber cuándo detendremos al asesino de su padre. -Se frotó las sienes-. Parece que Harrison Ernst tenía amigos muy importantes porque han llamado también unos cuantos peces gordos. Murphy, ocúpate de la otra mitad de la lista de pisos. Aidan, tú te encargarás del resto. Primero habla con Tess, luego empieza a buscar a Bacon. -Y curvando los labios, pero sin un ápice de humor exclamó-: Maricón el último.

Miércoles, 15 de marzo, 17,10 horas.

David Bacon cerró el pestillo de la puerta de su piso con una mueca. Aquel lugar no dejaría de oler nunca a tabaco, pensó mientras se despojaba de la chaqueta. Era por culpa de la alfombra. La fibra absorbía los olores como una esponja. Aun así, era mejor que vivir con su madre. El tabaco siempre resultaba más agradable que la naftalina y los meados de gato. Además, la alfombra no duraría mucho. Aunque Pope no le pagara, con el primer ingreso de Ciccotelli podría costearse un piso en un barrio mejor. Y con los siguientes no tendría que volver a preocuparse del dinero en mucho tiempo, porque pensaba acosarla hasta hacer que se derrumbara y acabar con ella.

Acababa de entrar en el salón y se detuvo en seco. Algo había cambiado. Dejó la chaqueta y se acercó al ordenador, notaba en el cuello los fuertes latidos de su corazón. Estaba todo revuelto, y el monitor tirado por el suelo.

– Santo Dios -musitó-. Oh, no. -Le habían robado.

Habían arrancado el portátil de la plataforma de conexión y habían levantado el teclado. El disco duro no estaba. «No está.» Se esforzó por tomar aire, por pensar. No resultaba agradable, pero tampoco era el fin del mundo. Nunca guardaba nada en el disco duro, pues la última vez la policía lo había utilizado para encerrarlo. Todo lo que tenía valor lo grababa en CD. De pronto, se le paró el corazón. «Santo Dios. Los CD. Si me han robado los CD…»

Fue corriendo al cuarto de baño y frenó de una patinada. Su escondrijo seguía siendo seguro. Respiró hondo y suspiró aliviado.

Pero se percató de que olía a tabaco más de lo habitual. Poco a poco se dio la vuelta y descubrió por qué. El cigarrillo aún estaba encendido y lo sostenía la mano enguantada que llevaba tanto tiempo sin ver. Bacon, momentáneamente desconcertado, enarcó las cejas.

– ¿Qué coño estás haciendo aquí?

– He venido a hacerte una visita, David.

Se quedó petrificado al ver la punta de una estilizada pistola del calibre 22 con silenciador.

– No te entiendo.

– Me has traicionado. Te contraté para que hicieras un trabajo, para que instalaras una serie de cámaras conectadas en red en el piso de Ciccotelli. Pero instalaste una cámara de más. ¿Creías que no me enteraría?

Él negó con la cabeza, el pánico intensificaba el bombeo de la sangre en su cerebro.

– Tú no me contrataste.

– Claro que sí, solo que no lo hice en persona. Dame los vídeos.

– No -contestó, y dio un grito ahogado al notar el dolor que le recorría el brazo derecho. Con la mano izquierda se lo aferró a la altura del bíceps y se lo quedó mirando. Tenía la mano derecha paralizada y en la izquierda notaba el calor y el flujo de la sangre. Levantó la vista. No podía creer lo que estaba sucediendo.

– Me has pegado un tiro.

La sonrisa de satisfacción que observó hizo que un escalofrío de horror le corriera la espalda.

– ¿Piensas llamar a la policía, David? No lo creo. Registrarían la casa y ¿qué encontrarían? Vídeos y más vídeos. Mmm… Algunos son nuevos pero la mayoría son los que hiciste que tu madre escondiera mientras tú estabas entre rejas. Tráemelos. Ahora mismo.

– ¿Cómo lo has descubierto? -preguntó mientras con desesperación trataba de pensar en cómo huir.

– Sabía que cuando vieras que el disco duro no estaba irías a comprobar si lo que tienes guardadito seguía en su sitio. Sherlock Holmes utiliza un truco similar en Escándalo en Bohemia. Deberías dejarte de tanta peli porno y leer más los clásicos.

Bacon empezó a arrancar el papel de la pared y se encogió de miedo al oír la risa sardónica tras de sí.

– Muy listo, David. Siempre lo has sido. Lástima que no lo suficiente. Se acabó.

Con movimientos toscos acabó de quitar el papel pintado y lo dejó todo al descubierto. Todo.

– Caramba… Cuánto trabajo. Debe de haber… ¿cuántos?

– Quinientos -respondió David con pesar. Todo había terminado.

– Quinientos CD. Debes de haber tardado años en recopilarlos, David.

Miércoles, 15 de marzo, 17.15 horas.

Aidan le pidió a Tess que fuera a su casa con la intención de contarle lo sucedido, allí podría llorar tranquila. Ella lo esperaba en el asiento del acompañante de un coche que no había visto nunca. Aidan se dio cuenta de que era uno de alquiler y de que Vito iba al volante. Tess salió del coche y avanzó por el camino de entrada a la casa hasta el garaje, con el rostro paralizado de miedo. Vito la siguió cargado con bolsas de la compra.

Tess se sentó frente a la mesa de la cocina y Vito dejó las bolsas en el suelo. Al olfatearlo, Dolly se puso alerta, con el pelo erizado y un gruñido constante.

– Siéntate, Dolly -le ordenó Aidan en voz baja, y la perra obedeció. No había forma de suavizar lo que tenía que decir, así que fue directo al grano.

– Tess, el señor Hughes ha muerto.

Su rostro palideció.

– ¿Qué?

Aidan se agachó delante de ella y le tomó las manos.

– Lo siento mucho, cariño.

– ¿Ha tenido un accidente? -Pero al preguntarlo le tembló la voz y Aidan supo que conocía la respuesta.

– No. -Procuró hablarle con la mayor delicadeza-. Le han dado una paliza, Tess. -Miró a Vito y por su expresión de horror dedujo que este ya lo había comprendido todo-. Eso no es todo. Tarde o temprano lo sabrás, así que…

– Dímelo ya, joder -musitó ella-. Dímelo.

– Había un mensaje… en el cuerpo: «Dime con quién andas y te diré quién eres». -Exhaló un suspiro-. Y también un artículo del periódico sobre ti.

Ella se cubrió la boca con las manos al asimilar la noticia. Tenía los ojos abiertos como platos y la mirada llena de espanto.

– Dios mío -musitó con un balanceo infinitesimal-. Dios mío.