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– ¡Murphy!

– ¿Qué has…? Coño. -Murphy tomó aire mientras Aidan sacaba del armario un abrigo de color tabaco con percha y todo-. Es el abrigo de Nicole Rivera. Y también está la peluca.

Aidan volvió a colgar el abrigo.

– ¿Qué hace Bacon con el abrigo y la peluca?

– Y la pistola.

Se volvieron y vieron a Jack sujetando una semiautomática.

– Es del mismo calibre que la bala que encontramos en el cadáver de Rivera -dijo Aidan en tono categórico.

Jack asintió.

– Estaba escondida en el techo, junto con unas cuantas cosas más que os gustará ver.

Las demás cosas eran fotos… Copias de las fotografías que la policía había tomado del cadáver de la hermana de Cynthia Adams y del hijo de Avery Winslow. También había listas de los pacientes de Ciccotelli y de las cosas que ella solía hacer: ir al gimnasio, ir de compras, salir a comer con los amigos el domingo. Ponía que prefería la escalera al ascensor.

– Recibos de compra -masculló Aidan-. Son los originales de los recibos del muñeco y del oso de peluche.

– Y la tarjeta de memoria de una cámara. -Rick la depositó sobre la mesa de la cocina, junto a las fotografías y los recibos-. La llevaré al laboratorio para examinarla y ver qué contiene. También he encontrado esto. -Extrajo dos fotografías más del final del montón.

Murphy suspiró.

– Blaine Connell. -Habían tomado las fotografías de noche, pero en ellas se distinguía claramente a dos hombres. Uno de ellos era Connell, recibiendo dinero. En la segunda fotografía, un primer plano, aparecía la mano de Connell, y en ella sostenía un montón de billetes con el rostro de Ben Franklin.

– ¿Conoces al otro tipo? -preguntó Aidan. Murphy, dudoso, aguzó la vista.

De pronto abrió mucho los ojos y asintió.

– No sé cómo se llama pero lo he visto. Estaba en el vídeo de la cámara de seguridad del ascensor de casa de Seward. Llevaba un mono de operario de mantenimiento. Bacon debió de ficharlo. -Murphy tomó aire-. ¿Bacon organizó esto? ¿Todo esto?

Aidan miró las fotografías, la pistola. Todo.

– No me cuadra. -Le parecía… decepcionante-. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué motivos podría tener?

Jack les presentó una hoja de papel.

– Es el informe psicológico de Bacon.

Murphy le echó un vistazo, ceñudo.

– Tess realizó el examen psiquiátrico forense.

– Y una cosa más. -Jack sostuvo el papel en alto, de modo que todos pudieran verlo-. Es una confesión del suicida. Dice que lo hizo él.

Miércoles, 15 de marzo, 20.15 horas.

Dolly, que estaba tendida a su lado, gruñó y se puso en pie; movía las orejas, nerviosa. Tess oyó abrirse la puerta del garaje. Había llegado Aidan y le traería noticias del hombre que se había dedicado a espiarla. El hombre que tal vez hubiera vendido ya sus fotos a unas cuantas páginas porno de internet. Quién sabía si su imagen no estaba ya circulando por ahí, accesible para todo aquel con un dedo pegado al ratón; y sin que ella pudiera hacer absolutamente nada por evitarlo. Pero aun con las tripas completamente revueltas, mantenía la cabeza bien alta.

Le avergonzaba un poco preocuparse por unos vídeos mientras a Ethel Hughes le habían destrozado la vida.

El señor Hughes. «Le han dado una paliza.» Oía en su mente la voz de Aidan, tan dulce. «Tú no tienes la culpa.» Claro, claro.

«Dime con quién andas y te diré quién eres.» El señor Hughes había muerto por ser amigo suyo. ¿Quién sería el siguiente? ¿Amy? ¿Jon? Tendría que llamarlos y advertirles de que se anduvieran con cuidado, que no salieran solos. De momento, no había sido capaz de telefonear a Ethel y decirle cuánto lo sentía. Lo haría, pero aún no podía.

«Eres una cobarde, Ciccotelli.» La certidumbre hacía que la bilis le abrasara la garganta. Sus amigos estaban en peligro y ella se escondía en lugar de hacer algo por ayudarlos.

Aidan entró y sus ojos se abrieron con sorpresa cuando Dolly le saltó al cuello. Él le rascó las orejas con gesto cariñoso y por encima de su cabeza miró a Tess.

– ¿Dónde está tu hermano?

Tess se golpeaba repetidamente los labios con el dedo índice.

– Durmiendo en el sofá. Dobló el turno justo antes de venir y luego se ha pasado la noche en blanco, preocupado por mí.

Aidan miró a través de la puerta a Vito despatarrado en el sofá, roncando suavemente, con los pies colgando por encima de uno de los brazos y Bella ovillada sobre su trasero.

– Huele bien. -Se desabrochó el abrigo y se acercó a la mesa. Se inclinó para ver mejor la comida mientras olisqueaba con gusto-. ¿Son cannoli?

Los labios de Tess se curvaron hacia arriba. La veneración que apreció en su tono de voz la tranquilizó, aunque solo un poco.

– Sí. Y también hay raviolis. Todo casero.

El probó un cannoli; al tragar cerró los ojos.

– Santo Dios, qué bueno. Me muero de hambre. ¿De dónde has sacado los ingredientes para cocinar todo esto?

– El supermercado tiene servicio de entrega a domicilio. -Ella agitó la mano cuando él frunció el entrecejo-. Ha abierto la puerta Vito. No soy idiota, Aidan.

– Yo no he dicho eso. ¿Cómo estás, Tess?

Ella se encogió de hombros y se dispuso a introducir el sacacorchos en la botella de vino que había comprado aquella misma tarde. Clavarlo y enroscarlo se le antojó de lo más catártico.

– ¿Quieres un poco? Ya sabes que va bien para el corazón.

– ¿Por eso lo tomas? -le preguntó él.

– Pues sí. Mi padre tiene el corazón delicado, así que yo salgo a correr tres veces por semana, tomo una aspirina todas las mañanas y un vaso de vino tinto todas las noches. -«No quiero acabar como él, y no me refiero solo a los problemas cardíacos.»- ¿Quieres o no, Aidan?

– Un poco. ¿También lo han traído del supermercado?

– ¿El vino? No. Es de una pequeña vinatería que hay cerca de la consulta. He pasado por allí después de ordenar el archivo y poner a Joanna Carmichael como un trapo.

Él arqueó las cejas.

– ¿Carmichael ha ido a la consulta? ¿Para qué?

– Ha vuelto a pedirme una exclusiva.

– Ninguna de las veces que he ido a verla estaba en casa.

– Porque me ha estado siguiendo. -Tess pensó en la joven con la trenza de aspecto infantil y la mirada de ave rapaz-. Me ha amenazado con revelar información sobre mis amigos. He tenido que avisarle de que los atacarán por dos flancos. -Por una parte sus asuntos podían pasar a ser del dominio público y por otra sus vidas corrían peligro. «Y todo por ser amigos míos.»-. Llevaba todo el día tragando hiel.

Él arrugó la frente.

– ¿Qué tienen que ocultar tus amigos, Tess?

Ella se encogió de hombros, molesta por la pregunta y por la vulnerabilidad de sus amigos.

– Todo el mundo tiene cosas que prefiere que no se sepan, Aidan. Tú también, supongo.

Él cerró los ojos.

– Así, ¿has ido de compras?

Era una forma muy torpe de cambiar de tema, pero Tess optó por no ponerlo en evidencia.

– Sí. Me he comprado un par de zapatos, y también he traído un regalo para tu madre y el vino. -Retomó la tarea de descorchar el vino y la invadió una nueva oleada de mal humor-. La dependienta de la vinatería estuvo casada con el director general de una importante empresa… -Descorchó la botella con un fuerte estallido-. Y un buen día va él y le dice: «se acabó, Marge», y la cambia por una niñata de poca chicha acabadita de salir de la universidad. -Las palabras brotaron con tanta amargura que se abochornó.

– Ya; la engañaba con otra -dijo Aidan con serenidad.

– Supongo que se me nota mucho. Da igual, la cuestión es que Marge invirtió todo lo que tenía en montar una vinatería.

Tess olió el tapón. Era un buen vino.

– Siempre le compro a ella el vino. Se lo ha ganado a pulso.