Él la escrutaba sin pestañear.
– ¿Cómo estás, Tess?
Le temblaban las manos y al servir el vino mojó el borde de la copa.
– Asustada. Me pregunto quién será el próximo. Me siento como una cobarde, aquí escondida.
– Siéntate.
Ella le hizo caso, y exhaló un suspiro cuando él le pasó el brazo por los hombros y la atrajo hacia sí. Le transmitía fortaleza y calor en unos momentos en los que ella carecía de ambas cosas, así que se dejó caer sobre él y apoyó la cabeza en su hombro.
– No eres ninguna cobarde -le susurró al oído-. Quítatelo de la cabeza.
– Mis amigos corren peligro por… -Tragó saliva y se esforzó por pronunciar las palabras con un ronco hilo de voz-: por andar con quien andan. Y no puedo poner fin a la situación porque ni siquiera sé qué hice para que empezara.
Él le estampó un beso en la coronilla, breve e intenso.
– Tú no hiciste nada. Tess, ¿te suena el nombre de David Bacon?
Ella levantó la cabeza e hizo un esfuerzo por recordar.
– Creo que sí. Era… Era uno de los acusados a quienes Eleanor hizo el examen psiquiátrico, poco antes de morir. Ya casi han pasado cuatro años.
– Tres años y ocho meses.
– Es muy posible. -Ladeó la cabeza para escrutarlo. Sus ojos habían perdido la expresividad-. ¿Por qué lo preguntas?
– Eleanor era compañera tuya, ¿verdad? -le preguntó a su vez en lugar de responder.
– Sí. Me tomó bajo su protección cuando aún no había terminado la carrera y me preparó para que algún día pudiera relevarla. Pensábamos que tenía muchos años por delante. Pero tuvo un derrame cerebral, sin previo aviso. Cuando murió yo pasé a encargarme de sus exámenes forenses. Recuerdo bien a David Bacon. Eleanor había hecho casi todo el trabajo y yo solo tuve que hablar con él una vez y firmar el informe. Ni siquiera hizo falta que declarara en el juicio. -Le dio un escalofrío-. Era repulsivo.
– Parece que te acuerdas bien de él. ¿Fue tu primer informe forense?
– No, había hecho más. Pero sí que fue el primero en el que traté con dos organismos de seguridad. Los federales tuvieron que tomar parte en el asunto porque… Dios mío. Había instalado cámaras en un vestuario de chicas. Se consideró pornografía infantil porque la mayoría de las chicas eran menores de dieciocho años y lo procesó la policía federal. ¿Él puso la cámara en mi cuarto de baño?
– Eso parece.
A Tess le daba miedo preguntar.
– ¿Lo… lo habéis cogido?
Él asintió muy serio y Tess sintió un gran alivio. El ultimátum que vencía a medianoche y llevaba todo el día atormentándola no se llevaría a cabo. Bacon no podría vender el vídeo a los medios de comunicación ni a nadie. No obstante, era evidente que algo no había salido como era de esperar.
– Está muerto, ¿verdad?
– Y bien muerto.
– ¿Lo has matado tú?
– No.
– Se supone que es una buena noticia y que debería sentirme aliviada. ¿Por qué no es así?
La mirada de los ojos azules de Aidan aparecía turbada.
– Porque algo no cuadra. Encontramos pruebas de que fue él quien tendió la trampa a Adams, Winslow y Seward. Encontramos una pistola del mismo calibre que la que mató a la imitadora. También encontramos el informe firmado por ti, e incluso descubrimos que uno de los policías de mi anterior equipo estaba implicado.
– Así fue como consiguió las fotos -masculló ella-. Me preguntaba cómo se las habría apañado. ¿Y de dónde habéis sacado tantas pruebas?
– Estaban escondidas en el falso techo de su casa.
– Qué metódico -opinó Tess-. Pero no crees que lo hiciera él.
– No.
– Solo vi a ese hombre una vez, Aidan, pero por lo que recuerdo no me parece que fuera tan… organizado.
Él suspiró.
– Ya me lo imaginaba. Mañana nos tocará investigar un poco más a fondo al señor Bacon. Ahora tengo que marcharme.
– ¿Vuelves al trabajo?
– No. Voy a casa de mis padres. Tengo que hablar con Rachel.
– ¿Está bien?
– Según mi padre, sí, pero quiero hablar personalmente con ella. -Se encogió de hombros-. Necesito verlo con mis propios ojos.
Tess recordó la forma en que Vito la había abrazado por la mañana. El miedo y el amor resultaban palpables, tangibles.
– Tengo un regalo para tu madre. ¿Se lo darás de mi parte?
– Ven conmigo y dáselo tú misma. Le dejaremos una nota a Vito.
Miércoles, 15de marzo, 21.00 horas.
Cuando era un investigador privado alcohólico y desaliñado, Destin Lawe no era ni la mitad de malvado. Había cumplido con su trabajo de forma admirable. Ahora iba a retirarse prematuramente.
Cuando entró en el vehículo parecía impresionado.
– ¿Coche nuevo?
– Más o menos. -Era una verdadera lástima. A pesar de su nombre, Lawe no tenía el mínimo problema en burlar o quebrantar la ley cuando era necesario. Era un intermediario perfecto, sin escrúpulos, y con deudas de juego, cuentas de bar pendientes y una asombrosa habilidad para descubrir a personas aparentemente buenas haciendo cosas muy malas. Resultaría difícil sustituirlo.
– ¿Qué hace ahí un chubasquero? -preguntó Lawe echando un vistazo al feo impermeable que había costado demasiado dinero para un solo uso-. El hombre del tiempo ha dicho que estaría despejado y haría frío unos cuantos días más.
– Yo incluso diría que hará bastante frío. ¿La has encontrado?
– Pues claro. Aunque no entiendo para qué buscas a una colegiala. Aquí tienes su nombre, su dirección y su horario escolar. -Extrajo una hoja de papel de su bolsillo y se la entregó a la vez que observaba la radio del carísimo Mercedes que le había resultado tan fácil de robar. «No he perdido la pericia después de tantos años.» El hecho de que el modelo fuera más moderno que el de Ciccotelli aún hacía más agradable el hallazgo.
La estudiante vivía en un campus cercano a la zapatería que Ciccotelli había visitado ese día. Pobre chica. Estaba en el lugar menos apropiado, en el momento menos apropiado. Lawe también le había entregado la foto de la chica. Excelente. Joanna Carmichael había perseguido a Ciccotelli por toda la ciudad para hacerle fotos y así le había ahorrado parte del trabajo.
– Tiene muy mal gusto para el calzado.
Lawe se quedó petrificado y boquiabierto. No pudo pronunciar réplica alguna. Incluso con la tenue luz de las farolas resultaba obvio que su rostro había perdido todo el color.
El cañón de una pistola con silenciador solía producir ese efecto en las personas.
– ¿Por qué? -preguntó sin apenas voz. Pensaba que sus movimientos eran imperceptibles, pero su intención de extraer el arma resultaba tan evidente como su palidez. Un simple disparo en la muñeca bastó para hacer que se aferrara el brazo y chillara de dolor. Se volvió rápidamente para accionar la maneta de la puerta, pero no la encontró. Entonces se pegó a la puerta con gesto medroso y la respiración acelerada.
– En realidad es por tu bien. Blaine Connell está a punto de irse de la lengua.
– No lo hará -gimió-. La policía no consiguió sacarle nada. Te lo prometo.
– Pues ahora sí.
El abrió los ojos como platos al percatarse de lo que ocurría.
– ¿Lo entregaste tú? ¿Por qué?
– Porque era o tú o yo. -Los siguientes seis disparos fueron directos al corazón; el octavo y el noveno, a la cabeza cuando ya se había caído de bruces-. No hay más que hablar, señor Lawe. Dada la alternativa, me elijo a mí.
Al doblarlo, el impermeable formaba un pequeño bulto compacto, tal como prometían en el anuncio. Para los excursionistas eso debía de suponer una gran ventaja. La razón por la cual acarreaban una mochila llena de provisiones y se privaban de las comodidades más básicas le parecía un gran misterio. Dentro de uno de los rebosantes contenedores de basura de la ciudad, el pequeño impermeable doblado y manchado de sangre pasaría desapercibido. «Para mí eso también supone una gran ventaja.»