A través del retrovisor dio un último vistazo al Mercedes que no había salido muy bien parado; el interior había quedado tan manchado que era irrecuperable. Con suerte los propietarios tendrían un seguro a todo riesgo, pues el vehículo se había convertido en la última morada del señor Lawe.
En unos treinta segundos la última morada terrenal del señor Lawe alcanzaría la misma temperatura que la eterna. Tres… dos… uno… Muy bien. La llama iluminó el cielo unos instantes antes de provocar el lento e inevitable incendio.
Eso acabaría con todos los cabos sueltos: Rivera, Bacon y Lawe. Solo le quedaba vigilar a los Blade, que eran quienes habían matado a Hughes, aunque la posibilidad de que alguno de ellos acabara sucumbiendo a alguna tentación era muy remota. Sin embargo, por confiar demasiado en la lealtad de un subordinado, Bacon había estado a punto de echarlo todo a perder. La policía lo había encontrado, y antes de lo previsto. No debía subestimar a Reagan.
Pero la policía también había dado con las pruebas que servirían para que cerraran el caso antes de terminar de investigarlo. Las fotos, los informes, la pistola… Lo de la pistola había sido una idea brillante. «Aunque me esté mal decirlo.» Pensarían que ya lo habían resuelto. Le comunicarían a Ciccotelli que ya no corría peligro y ella los creería. Tal vez incluso consiguiera conciliar el sueño.
Hasta que cayera la siguiente víctima. Y no tardaría mucho en caer. «Dime con quién andas y te diré quién eres.»
«Cuando termine mi trabajo no tendrá a nadie a su lado. Se habrá quedado sola y será totalmente vulnerable. Entonces será mía.»
Capítulo 15
Miércoles, 15 de marzo, 21.45 horas.
– ¿Qué pasa aquí? -La mirada de la madre de Aidan se iluminó cuando él entró en la cocina, y su vista se aguzó al observar con curiosidad que detrás entraba Tess. Becca y Rachel estaban sentadas a la mesa. Becca grapaba cupones en una cartilla mientras Rachel estudiaba química. Aidan depositó los raviolis en la encimera y besó a su madre en la mejilla.
– Tess ha preparado algo de cena.
Becca miró a la joven con una sonrisa.
– Qué detalle que hayas pensado en nosotros, Tess.
Esta le tendió una caja envuelta en papel plateado con un bonito lazo.
– Para usted, señora Reagan. Le estoy muy agradecida por haberme echado una mano ayer.
– ¡No tenías por qué traerme nada! -Pero sus dedos se encargaron rápidamente de desgarrar el envoltorio. Al terminar, suspiró encantada-. ¡Dios mío! -De la caja sacó un suave jersey de cachemir, pero volvió a guardarlo enseguida-. Es demasiado caro. No puedo aceptarlo.
– Pues claro que sí -se apresuró a responder Tess-. Estaba rebajado -añadió con un guiño de complicidad-. Es del color que más le favorece, señora Reagan. Corra, pruébeselo. He guardado el recibo de compra por si no le queda bien.
Becca salió a toda prisa dejando a Aidan perplejo.
– No sabía que le gustaran las prendas de cachemir.
Tess chascó la lengua.
– Seguro que para el día de la madre siempre le regalas cacharros de cocina, ¿verdad? -Sacudió la cabeza-. Ya veo que sí. Debería darte vergüenza, Aidan.
Entonces sonó su móvil y Tess se irguió de golpe.
– No, otra vez no. Si es otro periodista juro por Dios… -Pero al mirar la pantalla se relajó-. Es Vito. Debe de haberse despertado y al no encontrarnos en casa se habrá extrañado. Discúlpame un momento. -Al retirarse al lavadero y desaparecer de la vista, Rachel aprovechó para dirigirse a Aidan con interés.
– ¿Los ha preparado en tu casa?
– Sí. También ha hecho cannoli; es todo casero.
Rachel se mostró entusiasmada.
– ¿Cannoli? ¿Dónde están?
– En mi casa. No pensarías que iba a invitarte.
Ella lo miró haciendo una mueca.
– Eres un cerdo. ¿Es verdad que ese jersey cuesta lo mismo que los que venden en Wal-Mart?
Aidan negó con la cabeza.
– Ni mucho menos, pero no se lo digas a mamá. Qué contenta se ha puesto.
Aidan se sentó junto a Rachel y le escrutó el rostro. Parecía muy cansada.
– ¿Has tenido un mal día?
– Sí. No paro de pensar que saben que soy yo quien lo ha contado, aunque nadie me ha dicho nada. La poli ha aparecido durante la quinta hora de clase y se ha llevado a tres de los chicos.
– ¿Marie le ha contado a la policía quién la violó?
Rachel cerró los ojos.
– Imagino que sí. No ha vuelto a la escuela, pero se rumorea que su padre ha aparecido a primera hora y ha armado la gorda en el despacho del director, así que sus padres deben de saber lo que pasó. -Abrió los ojos. Su mirada denotaba preocupación-. ¿He hecho bien, Aidan?
Él la abrazó.
– Sí, cariño, has hecho bien.
Esperaba que fuera cierto.
Tess regresó con el teléfono en la mano.
– Vito quiere hablar contigo.
– ¿Quién es Vito? -oyó que Rachel preguntaba a Tess cuando esta se sentó a su lado.
– Mi hermano mayor -respondió ella. Dio unos golpecitos sobre el libro de Rachel-. ¿Qué es esto?
– Sistemas de ecuaciones. -Rachel hizo una mueca-. Esta no sé resolverla.
Tess inclinó la cabeza sobre el libro.
– En algún momento de mi vida yo sabía hacer esto. A ver si aún me acuerdo…
Aidan cerró la puerta del lavadero.
– ¿Vito? Dime, ¿qué ocurre?
– Me ha despertado tu vecinito.
– ¿El que tiene doce años? ¿Freckles? Saca a pasear a la perra cuando yo no estoy.
– No ha venido por eso. Ha estado a punto de llamar a la policía al ver que le abría yo la puerta. No se creía que era un invitado.
– De mayor quiere ser policía -explicó Aidan con cariño-. Es un buen chico.
– Si tú lo dices… -respondió Vito con una risita irónica-. No me ha querido contar nada hasta que no le he mostrado toda la documentación que llevaba encima. Dice que hay un coche que lleva toda la tarde aparcado delante de la puerta de una casa cercana, y dentro hay un tiparraco enorme con la cabeza rapada.
A Aidan se le erizaron los pelos del cogote. Clayborn.
– Mierda. ¿Cómo sabía que Tess estaba en mi casa? ¿Cómo ha conseguido mi dirección?
– Ni idea. El chico dice que estaba esperando a que llegaras a casa para contártelo, pero se ha puesto a jugar con la videoconsola y ha perdido la noción del tiempo.
– Y el coche ya no está, ¿no?
– He dado dos vueltas a la manzana y no he visto nada. Escucha, tengo que hacer unos cuantos recados. ¿Le harás compañía a mi hermana mientras tanto?
– Tranquilo, no la perderé de vista.
– ¿Habéis atrapado al asqueroso que le envió el CD?
– Más o menos. Está muerto. Parece que se ha suicidado.
Vito se quedó callado un momento.
– ¿Cómo que parece?
– De momento no sé más. Digamos que me falta la respuesta a unas cuantas preguntas. ¿Qué harás esta noche? Me refiero a dónde dormirás.
– En el hotel. -El tono de Vito se tornó ligeramente amenazador-. Dile a Tess que pasaré a buscarla dentro de unas horas. Le he reservado una habitación en el hotel, así estaremos juntos.
Aidan frunció los labios ante la velada advertencia de que no le pusiera un dedo encima a su hermana pequeña.
– Se lo diré. -Otra cosa sería que ella le hiciera caso.
Cuando regresó a la cocina, Tess y Rachel estaban enfrascadas conversando. Tess tenía el lápiz de Rachel en la mano y le estaba ayudando a hacer los deberes.
Su madre volvió a aparecer jugueteando con el cuello del jersey de cachemir.
– ¿Y bien?
Aidan le sonrió.
– Tess tiene razón. Ese color te sienta de maravilla, mamá.
Fuera se oyó cerrarse la puerta de un coche.
– Ha llegado tu padre -dijo Becca, frunciendo el entrecejo. Aidan captó la mirada que la mujer dirigía a Tess justo en el momento en que su padre irrumpía en la casa.