A Tess tampoco se le escapó el gesto. La miró con recelo justo en el momento en que entraba un hombre tan alto como Aidan, con el pelo entrecano y los ojos del mismo color azul intenso. De pronto la tensión se hizo patente en la cocina.
– Hola, papá -saludó Aidan-. Esta es Tess Ciccotelli. Tess, este es mi padre, Kyle Reagan.
Kyle Reagan, el policía retirado. Kyle Reagan, quien en esos momentos la escrutaba con un ceño de sus pobladas cejas grises. Tess exhaló un suspiro.
– Encantada de conocerlo, señor.
Él se quedó quieto un instante, luego se volvió hacia Aidan.
– ¿Qué hace aquí esta mujer?
– ¡Kyle! -lo reprendió Becca-. Ya está bien.
Él, con un gruñido, pasó de largo y se dirigió airado al salón.
– No te preocupes -dijo Rachel sin darle importancia-. Al principio tampoco le emocionaba tener a Kristen en casa. -Miró a Aidan arqueando una ceja-. Y tú eras de su misma opinión.
Aidan no respondió. Tenía las mejillas encendidas y la mandíbula tensa.
– Vuelvo enseguida.
Pero Tess se levantó y le puso una mano en el pecho.
– No vayas, Aidan. No pasa nada. No quiero interponerme entre tu padre y tú.
– Sí que pasa.
Entró en el salón con expresión resuelta.
– Santo Dios -masculló Becca-. Siéntate, Rachel -añadió cuando la chica se dispuso a escuchar desde la puerta. Rachel alzó los ojos en señal de exasperación pero le obedeció. Aunque Aidan y su padre hablaban en voz baja, Tess oyó unas cuantas palabras sueltas, y lo comprendió casi todo.
Por encima de todo comprendía que Aidan y su padre estaban discutiendo y que ella era la causa. Y a pesar de lo atraída que se sentía por Aidan Reagan, no la seducía nada la idea de provocar otra ruptura familiar. Ya tenía bastante con ser motivo de refriegas en su propia familia. Por eso se puso el abrigo en silencio.
– Gracias por todo, señora Reagan. -Le dio un apretoncito en el hombro a Rachel-. Tu hermano está muy orgulloso de ti -susurró-. Has hecho bien, jovencita. -Se dirigió al salón, donde el padre de Aidan se encontraba sentado en un viejo sillón reclinable con los brazos cruzados y una expresión de rebeldía en el rostro. Aidan se hallaba de pie frente a él, con las piernas muy separadas y los brazos en jarras. Tenían el semblante idéntico y sus voces resultaban imposibles de distinguir.
Se aclaró la garganta.
– Señores.
Los dos hombres se callaron de golpe y se volvieron a mirarla.
– Señor Reagan, no sé qué sabe usted de mí, pero yo sé que sus hijos son honrados, y me imagino que lo han aprendido de usted. No soy tal como cree, usted mismo lo descubrirá si me da la oportunidad de demostrárselo. Pero en ningún caso quiero ser motivo de disputa en su familia. Aidan, créeme, no vale la pena. Cuando acabes, te estaré esperando fuera.
Y dicho eso se dio media vuelta y se alejó temblando por dentro pero con el firme propósito de que no se notara. Se despidió de Becca con un gesto de la mano antes de dirigirse al lavadero y salir al exterior, donde el frío viento le agitó la melena. El coche de Aidan estaba aparcado en la calle. Unos pasos más y…
Una mano la agarró por el pelo y la obligó a ponerse de puntillas antes de que otra le cubriera la boca y una pistola le apuntara la cabeza.
– No diga ni una palabra, doctora.
«Clayborn. Joder.» Era la segunda vez en dos días que la apuntaban con una pistola en la cabeza y eso la hizo explotar. Le clavó las uñas en la cara al hombre y con un violento gesto se libró de la mano que le cubría el rostro. El tirón que notó en el pelo hizo que las lágrimas asomaran a sus ojos, pero, ignorándolas, se separó de él y dio un paso atrás. El hombre, sorprendido, soltó un gruñido, y al aferrarla por el hombro como si sus dedos fueran tenazas Tess reaccionó como una autómata. Le golpeó con fuerza la nariz con la base de la mano y antes de que el agudo grito de dolor brotara de sus labios le propinó un rodillazo en la entrepierna.
Resollando como un fuelle, lo vio desplomarse tras cubrirse sus partes con la mano izquierda mientras con la derecha seguía empuñando la pistola. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Tess le clavó el tacón de su bota nueva en la muñeca.
Luego le arrancó la pistola de la mano y al hacerlo se cayó de culo, pero la fría humedad de la tierra le caló los téjanos y la obligó a moverse. Retrocedió dando culadas, usando los tacones como puntos de apoyo. Sus dedos helados buscaron a tientas la pistola, y luego el gatillo. Se puso en pie de golpe y, tambaleándose, dio otro paso atrás.
Clayborn consiguió arrodillarse con esfuerzo. Le salía sangre de la nariz y le rodaba por la chaqueta de vinilo. Lanzó un escupitajo ensangrentado a la tierra mojada.
– Eres una hija de puta -gruñó-. Me has roto la nariz, pero yo voy a matarte.
«Respira, Tess. Respira.» Se esforzó por recobrar la firmeza del pulso y empuñó la pistola con ambas manos tal como Vito le había enseñado hacía muchos años. Luego, trató de hablar con voz serena, sosegada, a pesar de que el pulso le martilleaba en los oídos y la ensordecía.
– Si das un solo paso, juro por Dios que te volaré los sesos. -Se apartó el pelo de los ojos, y al recuperar el control recuperó también el frío tono resuelto-. Pensándolo mejor, ven, anda. Te dejaré seco en el acto, mamón. Se lo debo a Harrison. Corre, acércate; tengo unas ganas locas de matarte.
– No te atreverás -dijo él, entrecerrando los ojos. Se limpió el rostro con la manga pero la nariz no paraba de sangrarle-. No serás capaz. -Volvió a escupir y se dispuso a ponerse en pie, y entonces Tess apretó el gatillo.
El hombre se quedó helado mirando el agujero que la bala había hecho en el suelo, a un par de centímetros de su pie.
– No me crees capaz, ¿eh? -El corazón le aporreaba el pecho; con la pistola le apuntó al tórax-. ¿Qué te apuestas? ¿La vida? He tenido un día de mierda, Clayborn. Me parece muy bien que quieras jugártela, pero te advierto que juegas contra la banca. Llevas todas las de perder.
– ¿Tess? Santo Dios. ¡Papá! -Aidan salió corriendo de casa de sus padres y al momento se situó al lado de ella empuñando la pistola. En cuestión de segundos Clayborn se encontraba de rodillas con las manos esposadas a la espalda, y aun así la mirada que dirigió a Tess hizo que a esta el miedo le calara hasta los huesos. De haber tenido las manos libres, ella estaría muerta. Era así de sencillo.
– Tess -dijo Aidan con suavidad-. Baja la pistola.
Ella miró el arma que aún empuñaba y luego a Clayborn.
– Ha matado a Harrison.
– Ya lo sé, cariño. Y tú lo has atrapado. Ya no puede hacerte ningún daño.
– Ha matado a Harrison -repitió Tess sin soltar la pistola. Ahora que Clayborn se encontraba de rodillas, le apuntaba a la cabeza.
La puerta de casa de los padres de Aidan volvió a abrirse y oyó una voz grave ordenarle a Becca que llamara al 911. Al cabo de un minuto, una mano le quitaba suavemente de las manos la pistola de Clayborn y un brazo la rodeaba por los hombros.
– Entra en casa -dijo Kyle Reagan en tono quedo-. Todo ha terminado.
Tess levantó la vista de la cabeza de Clayborn y cruzó una mirada con Aidan.
– Llama a Abe y a Mia. Diles que ya tenemos a Clayborn.
Aidan asintió.
– Ahora mismo.
Miércoles 15 de marzo, 22.45 horas.
Aidan aún tenía el corazón acelerado cuando aparcó el Camaro en su garaje. A pesar de que Tess se encontraba sentada a su lado sana y salva, no podía dejar de imaginarla enfrente de casa de sus padres, apuntando al cabrón de Clayborn en la cabeza con la pistola de este, con el pulso firme y un semblante de fría determinación.
Después habían llegado Abe y Mia y se habían llevado a Clayborn, y Tess había respondido a sus preguntas con un tono lacónico muy impropio de ella. Estaba enfadada; y el enfado aún le duraba. De camino a casa de Aidan no pronunció palabra. No obstante él percibía la rabia que aún bullía en su interior. Paró el motor del coche y ella se apeó enseguida y entró en la casa.