Aidan exhaló un quedo suspiro y la siguió. La alcanzó en el dormitorio, donde la encontró de pie junto a la cama, dándole la espalda mientras se desabrochaba el botón de los tejanos. Ya se había despojado del jersey, que yacía en el suelo, y su espalda estaba al desnudo salvo por el sujetador de encaje que ya le había quitado una vez. Reprimió el súbito deseo que lo invadía y recogió el jersey, y al notar la sangre seca en la manga tragó saliva. Era sangre de Clayborn, había chorreado de su nariz. Era la segunda vez en dos días que Tess se manchaba de sangre ajena. Había faltado un pelo para que fuera la propia.
Dando patadas se quitó los tejanos llenos de barro y se dirigió al baño. Pero antes de entrar se detuvo en seco y, cabizbaja, exhaló un gran suspiro entrecortado.
– Sé que debo agradecerte que me hayas parado los pies. Si no, lo habría matado.
Él lo comprendió.
– No lo habrías hecho, Tess. Por lo menos, no lo habrías hecho a sangre fría.
Ella volvió a levantar la cabeza y rió amargamente.
– Me gustaría creer que tienes razón. Lo he provocado, le he dicho que tratara de cogerme. Quería matarlo.
A Aidan se le heló la sangre al imaginársela provocando a un asesino fuera de sí, pero mantuvo el tono tranquilo mientras depositaba el jersey sobre los téjanos.
– Pero no lo has hecho. Tess, ¿crees que no sé cómo te sientes? A veces, cuando detengo a un criminal, me entran ganas de arrancarle la cabeza, pero no lo hago y por eso soy un buen policía. El hecho de que me muera de ganas de hacerlo es normal. Soy humano. Te has encontrado cara a cara con el hombre que mató a tu amigo. No sería lógico que no estuvieras furiosa.
– Parece que el psiquiatra seas tú. -Sacudió la cabeza despacio-. Lo tenía allí enfrente… y de pronto no solo quería vengar a Harrison. Quería vengarme de todo. De lo de Cynthia, de lo de Avery y también de lo de Gwen y Malcolm. -Se le quebró la voz-. De lo del señor Hughes. Santo Dios, Aidan, ha muerto. Y todo por…
Él la tomó por los hombros y le dio la vuelta para que lo mirara.
– Déjalo ya. No te atrevas a decir que todo es por tu culpa.
Los ojos de Tess centelleaban de furia.
– Pero lo es -susurró.
Aidan, irritado, la aferró con más fuerza.
– Mierda, Tess. Esta noche podrías haber muerto.
La furia se desvaneció y la mirada de Tess quedó teñida de fragilidad y angustia, lo que a su vez hizo desaparecer la irritación que Aidan sentía.
– ¿Te crees que no lo sé? -susurró ella.
La reacción se debía al descenso de la adrenalina tras haber visto la muerte de cerca. Aidan lo había observado cientos de veces en muchas víctimas durante los años de servicio. Pero esa vez era distinto. Se trataba de Tess. Sus ojos denotaban miedo y él quería hacerlo desaparecer.
– Estás viva -musitó, y se lo demostró de la mejor manera que se le ocurría: cubriéndole los labios con los suyos.
Al ver que ella no se echaba atrás penetró en su boca, y su pulso se aceleró cuando tras un momento de simple aceptación ella empezó a moverse. Le rodeó el cuello con los brazos, se puso de puntillas y apretó su cuerpo contra él. Tras el primer beso vino el segundo, y luego el tercero a la vez que Aidan recorría con las manos la suave piel de su espalda y se colaba por debajo de la prenda de encaje que cubría sus curvas. Le rodeó el trasero con las palmas y la elevó un poco más, y al notar que ella se contoneaba la aferró con más fuerza y se hundió en su boca.
Ella retrocedió lo justo y necesario para mirarlo a los ojos con una pasión casi desesperada.
– Esta noche sí, Aidan, por favor.
Él no trató de hacerse el desentendido.
– No creo que…
Pero se quedó sin palabras y sin poder pensar en nada al ver que ella daba un paso atrás y, diestramente, se desabrochaba el sujetador y se despojaba de las braguitas. Estaba desnuda. Lo había dejado sin respiración. Tenía la piel de un tono dorado y… el cuerpo lleno de curvas. Por todas partes. En el silencio de la habitación se le oyó tragar saliva.
– Santo Dios, Tess.
Sin romper el contacto visual, ella le sacó la camisa de los pantalones y empezó a desabrocharle los botones con unos gestos intencionados que casi lo hipnotizaron. Cuando ya llevaba la mitad, la conciencia de Aidan irrumpió con el apremio de una tormenta. Con movimientos rápidos, se quitó el cinturón, los pantalones, los calzoncillos y los zapatos mientras ella proseguía con lentitud. El último botón se lo desabrochó él mismo; luego, con una silenciosa sonrisa, se despojó de la camisa y se dejó caer en la cama en el mismo instante que ella. La tendió de espaldas, se acomodó entre sus muslos y el placer anticipatorio hizo que el latido de su corazón replicara en su garganta.
– Estate tranquila -dijo en voz baja.
– Estate callado. -Ella se dio impulso contra su cuerpo con un movimiento de caderas y, entrelazando los dedos con su pelo, lo atrajo hacia sí y le dio el beso más ardiente que él había experimentado jamás. Luego, alzó los muslos para asirle con ellos las caderas y él, con una queda exclamación, la penetró obligándola a gemir y a arquear la espalda.
Se detuvo en seco, tenía el cuerpo tenso.
– ¿Te he hecho daño?
– No. -Ella tenía los ojos cerrados y aspiró con fuerza-. Hace mucho tiempo de la última vez. -Se aferró a su espalda y se acomodó debajo de él haciendo que la penetrara más-. No se te ocurra parar.
El alivio lo hizo estremecerse y el súbito impulso de las caderas de ella lo puso en movimiento. La miró a los ojos; observó que crispaba el rostro y removía la cabeza posada en su almohada. Observó que se mordía el labio mientras sus caderas se alzaban con más fuerza en respuesta a cada uno de los movimientos descendentes de él. Lo ponía a cien, pero al verla excitarse más y más… Dios, no había visto nada más erótico en toda su vida, ninguna mujer más bella. Entonces ella abrió los ojos y en la profundidad de su parda mirada él observó un apremio y un temor que lo turbaron, y en ese instante supo que iba a llevarla a un lugar en el que nunca había estado.
– Aidan. -Era una queda súplica que denotaba que estaba al límite. Dispuesto a concedérselo todo, él deslizó las manos por debajo de sus muslos, le abrió más las piernas y hundió en ella su cuerpo con un único objetivo. Darle placer. «Dármelo a mí.» Pero no podría aguantar mucho. Un poco más. Se mordió el labio con fuerza y reprimió el impulso. Y, al fin, cuando ya creía que no podría soportarlo más, ella arqueó la espalda y alcanzó el orgasmo, excitándolo más y haciendo que se derramara. Él, musitando su nombre, se dejó caer.
Miércoles, 15 de marzo, 23.35 horas.
Se despertó con la boca de él contra uno de sus pechos y ovillada como un gato tras haberse removido hasta adaptar la forma de su cuerpo al de él. Él descansaba entre sus piernas abiertas, con el pecho apoyado en su pelvis. Resultaba muy agradable; no tanto como notarlo dentro pero agradable al fin y al cabo. Indiscutiblemente mucho más que el sueño del que la había arrancado.
– Estaba soñando.
Él levantó la cabeza.
– Ya lo sé. Estabas gritando. Me has dado un susto de muerte. -Sus labios esbozaron una sonrisa irónica-. Parece que lo has tomado como una costumbre.
Ella le levantó suavemente el pelo de la nuca.
– Lo siento.
– ¿Qué soñabas, Tess?
– Lo mismo de cada noche, solo que hoy aparecía más gente. -Cynthia, Avery Winslow. Los Seward. Y hoy también Harrison y el señor Hughes-. ¿Recuerdas el videoclip de «Thriller», con todos aquellos zombis? Bueno, los de mi sueño no bailaban. -Se retiró el pelo de la cara con una mano-. Todo empezó el domingo por la noche. Soñé con Cynthia… y tú también aparecías. Cynthia estaba allí tendida… -Hizo una mueca al recordarlo-. Estaba destrozada, y el corazón le latía con fuerza. Entonces tú te abalanzabas sobre ella y le arrancabas el corazón, y luego me lo dabas a mí. -Tragó saliva-. Me decías que lo cogiera.