Él volvía a fruncir el entrecejo.
– ¿Alquiler?
– Sí. A Eleanor le gustaba pagar las cosas por adelantado. Había pagado de golpe el alquiler de muchos años y cuando murió me dejó a mí el derecho a disfrutar de los meses que quedaban, tanto del piso como del Mercedes. El treinta de junio a medianoche la carroza volverá a convertirse en una calabaza.
Él parecía sorprendido, lo cual la satisfizo.
– Ya te dije que no era ninguna esnob. Más bien soy una ocupa, pero me defiendo bien.
Él soltó una súbita risotada.
– Sí, me di cuenta anoche. Por cierto, ¿cómo le rompiste la nariz? No ha querido contarlo.
Ella le hizo una demostración, y le dio un suave golpe en la nariz con la base de la mano.
– Así.
Él le besó la muñeca.
– ¿Te lo ha enseñado Vito? -masculló.
Ella vaciló.
– No, Vito me enseñó a usar la pistola.
Él le rozó la barbilla con los labios.
– Estás volviendo a salir por peteneras.
– Me lo enseñó mi padre -explicó, molesta por su insistencia-. Vivíamos en un barrio peligroso y mi padre no me dejó salir con chicos hasta que no aprendí unas cuantas medidas de defensa personal. De todos modos, los chicos no eran estúpidos y teniendo cuatro hermanos mayores ninguno se atrevía a intentar nada conmigo.
– ¿Todos son tan corpulentos como Vito?
– Más o menos. -Ella suspiró-. Los echo mucho de menos. Vito quiere que vuelva a casa para siempre. -Vio que él hacía un gesto-. Mi padre está muy enfermo. No quiero dejar que eso me influya, pero no puedo evitarlo. Al verte esta noche con tus padres… -Cerró los ojos-. Hace mucho tiempo que no veo a mi familia.
– ¿Cuánto?
– Cinco años.
– ¿Por qué?
– Decidimos separarnos.
– Tess…
Ella alzó un hombro con desaliento.
– Mi padre siempre ha sido un hombre muy estricto, además de muy católico. Íbamos a misa todos los domingos. Si dejamos de lado a Papá Noel y al ratoncito Pérez, diría que nunca me había mentido.
– Y llegó un día en que lo hizo, ¿no?
– Le mintió a mi madre.
– ¿La engañó?
– Sí. Habían venido los dos a Chicago de visita. Entonces no vivía en casa de Eleanor. Amy y yo compartíamos un pequeño estudio cerca del hospital donde hacía prácticas, así que ellos se alojaron en un hotel. Mi madre y yo fuimos de compras. -Esbozó una triste sonrisa ladeada-. Era nuestro pasatiempo común. Estábamos llegando a la tienda cuando mi madre se dio cuenta de que había olvidado la tarjeta de crédito de mi padre, así que fui al hotel a buscarla.
– Y él estaba con otra mujer.
– Con una niñata de poca chicha que podría haber sido su hija -confirmó con amargura-. Creo que ese día perdí la inocencia. Hasta entonces siempre había sido la niña de sus ojos y ahora no tengo ni idea de quién es ese hombre. Negó haber hecho nada malo, dijo que todo había sido un malentendido.
– ¿Y no es posible que estuviera diciendo la verdad?
Tess tensó la mandíbula.
– Ella estaba desnuda encima de él. La cosa me pareció lo bastante evidente. Al principio no le dije nada a mi madre, pero, cuando me decidí a contárselo, ella se puso de su parte. Hubo una crisis familiar. Cuando mi padre supo que se lo había contado se puso furiosísimo, empezó a chillarme y a decir que iba a darle un ataque. Y al final le dio un ataque, al corazón. -Tragó saliva-. Yo pensaba que fingía y en vez de ayudarle me marché.
– Pero no fingía.
– No. Le había dado un infarto. No fue mortal, pero su vida cambió para siempre. Y la mía también. Desde entonces no me habla. Imagínate, su hija médico lo había abandonado al borde de la muerte.
– Qué dramático.
Ella asintió.
– Sabe serlo. En fin. Vito me ha dicho que ahora está muy mal. Tendrá que vender el negocio y toda la maquinaria. Es ebanista, uno de los pocos artesanos que quedan en Filadelfia. Ha elaborado los muebles de las mejores familias de la ciudad; de la gente «de sangre azul», tal como él los llama. Le parecía irónico que le pagaran miles de dólares por una estantería y que no fueran capaces de dirigirle la palabra al cruzarse con él por la calle. Cuando me hice mayor aprendí a detestarlos.
La mirada de Aidan se iluminó al captar el significado de sus palabras.
– Porque eran unos esnobs.
– No cuesta mucho llegar a conocerme, detective.
– Un poco más de lo que creía -dijo él en voz baja-. Pero merece la pena. -La besó con ternura-. Antes he ido muy deprisa, me he dejado unos cuantos rincones.
Ella arqueó la espalda y fingió quedarse pensativa, lo cual hizo sonreír a Aidan.
– No me ha importado mucho.
– Me parece que podemos mejorarlo. -La besó en la garganta, justo donde la cicatriz le marcaba la piel, y ella se apartó conscientemente. Él la miró con mala cara-. No vuelvas a hacer eso, Tess -le ordenó en tono suave pero con firmeza-. No te escondas de mí.
A Phillip le repelía. Y eso que más de la mitad de las cicatrices que Tess tenía se las había hecho él durante el mes que había transcurrido entre que la llevara a casa y llevara allí a otra mujer.
– Es horrible.
– Tú eres muy bella. -Le besó la garganta, de punta a punta, y ella suspiró-. Bastantes rincones. -Deslizó la boca hasta volver a posarla en su pecho-. Unos más que otros. Te lo demostraré.
Y así lo hizo. Y a Tess le gustó más que la vez anterior. Rindió homenaje a todos y cada uno de los rincones de su cuerpo con los ojos, las manos y la boca. Tess cerró los ojos y lo dejó hacer. Dejó que le succionara el pecho; primero uno, luego el otro; hasta que cada tirón de sus labios provocaba una pulsación en su interior. Dejó que la recorriera beso a beso, hacia abajo por el abdomen y hacia arriba por el interior de los muslos, y de nuevo él volvió a demostrarle lo sensible que podía llegar a ser, arrancándole súplicas desesperadas hasta dejarla sin apenas voz. Rodeó con las manos sus nalgas y la inclinó hacia atrás para poder hundir en ella la lengua y hacerla enloquecer. La llevó hasta el clímax con la boca, y antes de que su pulso se hubiera sosegado sus ágiles dedos la estimularon de nuevo hasta el final, dejándola anhelante y húmeda.
Y al fin, donde antes se había zambullido con fuerza y rapidez ahora procedía con lentitud, y entró en ella con tal reverencia que los ojos de Tess se llenaron de lágrimas a la vez que el inmenso placer de sentirse llena después de tantos meses de soledad la hacía gemir. Él la llenaba con un grosor, una dureza y una profundidad que no había experimentado nunca hasta entonces. Ella pestañeó y las lágrimas le resbalaron por las sienes y le empaparon el pelo.
Él dejó de moverse y se contuvo con un control admirable.
– ¿Te hago daño? -Su voz emergió como un grave y tenso murmullo.
– No, no. No pares. -Ella flexionó las rodillas y le sujetó las caderas con los muslos, e hizo que la penetrara más mientras oía sus rápidas inspiraciones-. Es que me gusta mucho.
Él no paró. Mantuvo el ritmo hasta que notó cómo se convulsionaba su cuerpo pegado a él, hasta que ella oyó su propio grito de placer. Entonces, con expresión resuelta y una vehemencia salvaje, entró hasta el fondo una vez más y contuvo la tensión en su interior mientras se derramaba, con los brazos trémulos y los dientes apretados.
Luego se derrumbó sobre ella obligándola a expulsar de golpe el aire de los pulmones. Su suspiro azotó el pelo que le cubría el rostro. Estaba sudoroso y pesaba muchísimo, pero cuando trató de levantarse ella le rodeó la espalda con los brazos y lo mantuvo allí. Notaba los fuertes latidos de su corazón contra el pecho.
– No te muevas, quédate así un poco más.
Él tomó aire con fuerza por la nariz.
– Peso demasiado.
Aidan oyó gruñir a Dolly en el recibidor y levantó la cabeza. Al cabo de un minuto sonó el timbre de la puerta y la perra empezó a ladrar con desesperación.