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– ¡Reagan! Abre la puerta.

Tess abrió los ojos como platos.

– Es Vito. ¿Qué narices está haciendo aquí?

Con la agilidad de un pez, Aidan se deslizó entre sus brazos y se tumbó de espaldas en la cama.

– Probablemente quiere asegurarse de que no haga lo que acabo de hacer. No tengo fuerzas para levantarme.

Pero Vito continuó aporreando la puerta y los ladridos de Dolly se volvieron más frenéticos.

– Va a despertar a todo el vecindario -susurró Tess. Se levantó de la cama; al ir a ponerse en pie tanteó la firmeza de sus piernas y se echó a reír al notar que parecían de goma. Se colocó rápidamente unos tejanos y la sudadera de Aidan y se dispuso a abrir la puerta.

Por la forma de comportarse, cualquiera habría dicho que Vito estaba loco. Cuando se dispuso a entrar, Dolly empezó a gruñir enseñándole los dientes.

– Dolly, siéntate -le ordenó Aidan en tono suave-. No le gustan las visitas de extraños por la noche.

Vito no le hizo caso y posó las manos en los hombros de Tess.

– ¿Te ha hecho daño?

Ella lo miró perpleja.

– ¿Quién? ¿Aidan?

– No -respondió él, frenético-. Wallace Clayborn. Te he estado llamando al móvil pero no contestabas. Me has dado un susto de muerte. -Le escrutó el rostro-. Estás roja. -Le acarició la mejilla con el pulgar y luego miró el rostro desaliñado de Aidan, y su mirada se ensombreció. Aidan no se inmutó, lo cual decía mucho en su favor.

Tess le dio unos golpecitos en el brazo a Vito.

– Anda, entra. Te contaré lo de Clayborn. Seguro que estarás orgulloso de mí.

Capítulo 16

Jueves, 16 de marzo, 6.15 horas.

– Tess, tu gata está en el lavabo.

Tess se estiró con pereza y lo miró; estaba de pie enfrente del lavabo. Desnudo y aún mojado después de la ducha, Aidan Reagan constituía una visión muy agradable a primera hora de la mañana.

– Abre el grifo. Querrá beber del chorro.

– Pensaba que a los gatos no les gustaba el agua.

– A Bella sí. -Tess, todavía medio dormida, se dirigió al cuarto de baño y se sentó en el canto de la bañera. Esbozó una sonrisa cuando Aidan echó a la gata del lavabo y se enjabonó la cara. Bella, ofendida, cruzó de un salto la bañera y se colocó en su regazo-. Es culpa tuya que no nos dé tiempo de desayunar. Me has pedido que lo hiciéramos una vez más; un polvito rápido, sí, sí.

Él hizo una mueca.

– Hace un rato no te he oído quejarte.

Ella le devolvió el gesto burlón, lo cual le sentó la mar de bien.

– No.

Lo contempló unos instantes más mientras acariciaba a Bella, que ronroneaba. Se puso seria.

– ¿Qué harás hoy, Aidan?

– Tengo que ultimar unas cuantas cosas sobre Bacon y ver si la policía científica ha encontrado algo nuevo.

– Porque no crees que lo hiciera él.

– No. De todas formas, tengo más casos por cerrar.

Tess recordó el informe de la autopsia que había visto sobre su mesa de trabajo.

– El niño asesinado.

– Sí. Sigo sin dar con su padre, y creo que la madre sabe dónde está.

– Un padre que asesina a su propio hijo… -Exhaló un suspiro-. Nunca llegaré a acostumbrarme a cosas así.

– Ni yo. ¿Y tú? ¿Qué harás hoy?

– No lo sé. Bacon ha muerto, Clayborn está en la cárcel… Es probable que vaya a la consulta y empiece a poner orden. Y esta tarde exponen los restos de Harrison en el tanatorio. -La aflicción resurgió y volvió a torturarla-. El funeral es el sábado.

– Dime la hora y te acompañaré.

Un cálido sentimiento de gratitud suavizó el agudo dolor de la pérdida.

– Gracias. Tengo que ir a ver a Ethel Hughes. ¿Le diréis lo de la nota que le prendieron en el abrigo? «Dime con quién andas y te diré quién eres.»

– Lo comentaremos durante la mañana y ya te lo diré. -Se secó la cara y se volvió a mirarla con una mueca-. Hay una cosa de ayer que no te he contado. Ven aquí.

El temor la atenazó. Se puso en pie e hizo que Bella bajara al suelo.

– Dime.

– Rick está seguro de que Bacon debía de tener escondidos un montón de vídeos, pero no encontramos ninguno.

Tess tragó saliva. En el fondo sabía que aquello iba a ocurrir pero resultaba más fácil no pensar en ello.

– O sea que mi grabación sigue dando vueltas por ahí.

– Sí, no sabemos dónde está. Es posible que trasladara los vídeos a otro escondrijo. Hay varios lugares que tenemos que empezar a registrar pero la prioridad por posible homicidio ya no existe. A partir de ahora pasará a llevar el caso el Departamento de Delitos Informáticos. Se encargan del tráfico de pornografía por internet y cosas así.

Ella no pudo contener la mueca de disgusto.

– Si las imágenes salen a la luz… ¿Te importará?

La expresión de los ojos de Aidan adquirió solemnidad.

– Un poco. No me gusta engañar ni que me engañen, y tampoco me gusta compartir a una mujer; supongo que en el fondo soy un machista y no me hace gracia que otros hombres vean lo mismo que yo. ¿Qué harás tú?

Ella forzó una sonrisa.

– Un calendario y un viaje para firmar autógrafos.

Él se echó a reír y la besó en los labios.

– Vístete. Si no te dejo con Vito a las siete y media en punto llegaré tarde a la reunión por culpa de la paliza que me dará.

Jueves, 16 de marzo, 7.30 horas.

Aferrándola firmemente por la cintura, Aidan llamó a la puerta de la habitación de Vito y soportó en silencio la mirada de arriba abajo con que los obsequió el hermano de Tess.

– Reagan. Tess.

Tess alzó los ojos en señal de exasperación y besó a su hermano en la mejilla.

– Por el amor de Dios, Vito, ya basta. -Luego, rodeó con la mano el cuello de Aidan y lo hizo agacharse para darle un casto beso de despedida-. Vete o llegarás tarde.

– Él puede esperar unos minutos más.

Aidan gimió al notar que las uñas de Tess se le clavaban en la nuca. Ambos se volvieron a la vez al oír la voz de un hombre de cierta edad muy alto que aguardaba de pie con los brazos cruzados sobre su pecho robusto. Se le veía fuerte como un roble; su torso evidenciaba los años de duro trabajo manual. En su rostro se dibujaba una mueca feroz: la de un padre al enfrentarse al hombre que había pasado toda la noche retozando con su hija.

– Señor Ciccotelli. -Aidan le tendió la mano-. Soy Aidan Reagan.

El padre de Tess se limitó a mirar su mano extendida y la incomodidad crecía a cada instante que pasaba. Con un suspiro cansino, Tess tomó la mano de Aidan.

– Papá, no esperaba verte por aquí.

Él la escrutó con la fría mirada de sus oscuros ojos y Aidan se percató de que Tess había heredado de él esa facultad.

– Ya me lo imagino -respondió el hombre al fin-. ¿Podemos hablar en privado, Tess?

Ella, cautelosa, miró a Aidan con el rabillo del ojo.

– Vete. Te llamaré luego.

Aidan retrocedió y exhaló un suspiro cuando la puerta se cerró en sus narices. Luego se dirigió a la escalera. No quería llegar tarde dos días seguidos.

Jueves, 16 de marzo, 7.30 horas.

Joanna examinó con los ojos entornados el interior del cajón de su escritorio. Buscaba el papel fotográfico para imprimir unas cuantas de las fotos que quería utilizar en su artículo sobre el doctor Jonathan Carter y descubrió que faltaba la mitad del paquete.

– Keith, ¿has estado imprimiendo fotos?

Él estaba anudándose la corbata y ni siquiera la miró.

– No.

Cartera en mano, se dirigió a la puerta.

Su voz era más fría que un témpano y ella, aprovechando que le daba la espalda, torció el gesto.

– Ya te he dicho que lo sentía, Keith.

Él se detuvo con la mano en el tirador.