– No estoy seguro de que comprendas el significado de la palabra, Jo. Ni siquiera estoy seguro de saber quién eres en realidad. Nos veremos por la noche.
La puerta hizo un ruido seco al cerrarla despacio. Habría sido más apropiado dar un portazo, pero Keith no era de ese tipo de personas. Joanna se encogió de hombros. No tardaría en darle la razón, siempre acababa haciéndolo. Ya había caído uno de los amigos de Ciccotelli, y el insecticida estaba a punto para matar a la siguiente mosca. De hecho, ya había empezado a investigar un poco. Estaba metida en algo serio, lo presentía.
Jueves, 16 de marzo, 7.40 horas.
Michael Ciccotelli era un hombre severo. La madre de Tess salió de la habitación contigua. Parecía aturullada, cansada y… atrapada entre la espada y la pared.
Tess los miró con recelo.
– ¿Cuándo habéis llegado?
– Ayer por la noche -respondió su madre.
Tess tomó asiento. Ahora entendía la visita de Vito a medianoche.
– No sé qué decir.
Su madre agitó las manos.
– Como no volvías a casa…
– Siéntate, Gina. -Amablemente, su padre hizo que su madre se sentara en una silla y luego se apostó detrás y posó sus manazas en los menudos hombros de ella.
– ¿Qué está pasando, Tess?
Estaba pálido y tenía los labios completamente desprovistos de color. Sus grandes manos temblaban.
– Siéntate, papá.
– Me sentaré cuando me dé la gana. Te he preguntado que qué está pasando. Puedes empezar por Reagan.
– Es un buen hombre. Est… -No encontraba las palabras apropiadas. Él la estaba protegiendo, pero eso no la ayudaba a proyectar la imagen de autosuficiencia que deseaba-. Estamos saliendo juntos -dijo al fin.
Su padre arqueó las cejas.
– Eso ya lo veo.
Ella imitó su gesto.
– Ya me lo imagino -dijo en tono frío.
– Tess -la reprendió su madre y Tess se puso en pie de golpe.
– ¿Por qué habéis venido?
– No seas grosera -masculló Vito.
– Cállate. No permitiré que entre todos me tildéis de libertina. Tengo treinta y tres años, por el amor de Dios. Y Aidan es el primer hombre con quien salgo… desde hace un año.
– Desde Phillip. -Su padre hizo una mueca-. Menudo cabrón.
Tess tuvo que esforzarse por reprimir la risa que le entró de repente.
– Aidan lo llama «don Cabrón» -dijo, y le pareció que su padre se aguantaba también las ganas de reír. Una pequeña parte de su corazón se ablandó, y suavizó el tono.
– Papá, Vito me ha dicho que estás enfermo. ¿Por qué has hecho un viaje tan largo?
El hombre tragó saliva.
– Estás metida en un lío y tu madre quería venir a verte, así que hemos venido.
Su madre se volvió y sacudió la cabeza con tristeza.
– Me lo has prometido.
Él cerró los ojos.
– De acuerdo. Yo también quería venir. Tenía que asegurarme de que estabas bien, verlo con mis propios ojos. -El hombre abrió los ojos y Tess se sorprendió de verlos llenos de lágrimas. En toda su vida no había visto llorar a su padre. Nunca-. El año pasado te agredieron y no pudimos venir porque no supimos nada. No nos lo contaste. Y esta vez hemos tenido que enterarnos por las noticias. ¿Sabes qué mal sienta, Tess?
Su madre le dio unas palmaditas a su padre en la mano.
– En las noticias dicen que vas por ahí contando secretos de tus pacientes -explicó-. Dicen que no has respetado el código deontológico y que te han inhabilitado.
– Son todos unos embusteros -espetó su padre con la voz trémula debido a la rabia contenida. Alzó la barbilla-. Tú nunca harías una cosa así.
A Tess se le ablandó un poco más el corazón.
– El consejo de cualificaciones profesionales me ha retirado la licencia, papá. ¿Cómo estás tan seguro de que no tienen razón?
Él la miró con sus oscuros ojos penetrantes.
– Porque te conozco, y por encima de todo sé que tú no mientes. Por algo te eduqué yo.
– ¿Así de fácil? -Hablaba con acritud, con sarcasmo-. ¿Me crees?
– Siempre te hemos creído, Tess -dijo su madre con suavidad-. Te queremos.
Su padre exhaló un suspiro.
– Y yo sé muy bien que las cosas no siempre son lo que parecen.
Tess cerró los ojos, no quería que la manipularan.
– Yo sé muy bien lo que vi, papá.
– Y te pareció que estaba mal, Tess. Pero yo no hice nada malo. Esa mujer se hizo pasar por una empleada del hotel y antes de que me diera cuenta entró en la habitación y…
Tess irguió la espalda y cobró ánimo. Estaba más claro que el agua.
– Me acuerdo perfectamente, estaba allí.
El hombre extrajo una silla de debajo de la pequeña mesa.
– Será mejor que me siente. Escucha, Tessa, siempre fuiste una niña difícil, no parabas de hacerme preguntas que no tenía ni idea de cómo contestar. Siempre he sabido que acabarías siendo médico, o abogada… algo importante. -Respiró con esfuerzo-. Estoy bien, aunque a veces me siento un poco cansado. -El hombre se serenó y la miró a los ojos-. Pero, Tessa, nunca me preguntaste qué ocurrió aquel día. Esperaba que lo hicieras tarde o temprano, pero el momento no llegó. Esperé durante años. -Su madre le tomó la mano y la sostuvo.
– No hacía falta, ya lo vi -respondió Tess apretando los dientes; de pronto se sentía insegura, y odiaba ser tan débil como lo había sido su madre.
– Viste una parte -insistió él-. Aún me pregunto cómo después de tantos años juntos pudiste creerme capaz de hacer una cosa así, cómo un único instante pudo acabar con la confianza de toda una vida. -Apartó la mirada-. Y no sabía que algo pudiera doler tantísimo.
Tess miró a sus padres cogidos de la mano. Envidiaba su solidaridad, y a la vez la sacaba de quicio.
– Yo tampoco. Esperaba que admitieras que habías obrado mal, tal como siempre nos enseñaste, pero no lo hiciste. -El hombre tensó los labios pero no dijo nada-. Y tú… -Miró el rostro desolado de su madre-. Siempre decías que confiabas en mí, pero no era cierto. Me diste un sopapo por mentir y te arrastraste ante él.
Su padre volvió la cabeza y miró a su madre estupefacto.
– ¿Le pegaste?
– Estaba enfadada. -Exhaló un suspiro-. Hice mal en pegarte, Tess. Estaba enfadada, y dolida, y también asustada. Pero nunca me he arrastrado ante tu padre ni ante nadie. Le pregunté qué había pasado y le creí. -Sus labios se curvaron sin un ápice de humor-. Me consideras una tonta.
– Yo no he dicho eso. -Pero lo había pensado, y lo seguía pensando.
– ¿También ahora te parezco tonta por creerte a ti?
– No. -Tess sacudió la cabeza-. Porque yo digo la verdad, no he hecho nada malo.
La sonrisa de su padre denotaba tristeza.
– ¿No te parece curioso que nos haya tocado vivir situaciones paralelas? Yo tampoco hice nada malo. Si te dijera que nunca he mirado a otra mujer, mentiría. Pero te juro que no le he puesto un dedo encima a ninguna, ni ese día ni en toda mi vida.
La comparación tocó la fibra sensible de Tess, quien titubeó, insegura.
– La tenías encima, papá -musitó.
Él la miró directamente a los ojos.
– La tenía encima, pero no la toqué, Tess.
Su voz expresaba convicción y sinceridad. Había ido hasta allí… y no tendría por qué haberlo hecho. La creía cuando muy pocos lo hacían. ¿Era posible que todo fuera un malentendido? Pensó en aquel día, en lo que había visto. La niñata de poca chicha estaba pegada a él como una lapa. Pero ¿la estaba tocando su padre? Tess no lo recordaba.
Lo que sí recordaba era que hasta ese día nunca le había mentido, ni una sola vez. Se le veía aterrado, y Tess tomó conciencia de que lo que ocurriera en esos momentos serviría para superar el distanciamiento o alejarse para siempre.
– Tendría que habértelo preguntado entonces. Papá, ¿qué ocurrió ese día?