El hombre exhaló un suspiro entrecortado y sus hombros se relajaron del alivio, y Tess comprendió que su padre no quería que aceptara ciegamente sus actos, simplemente esperaba que confiara en él.
– Entró en la habitación, Tess, dijo que era un regalo. Traté de que se marchara, pero antes de que me diera cuenta estaba completamente desnuda y yo no sabía dónde poner las manos para echarla. Me pidió que no me hiciera tanto de rogar. Y cinco segundos después aparecías tú. Cuando te fuiste le dije que si no se marchaba llamaría a la policía. Ella se ofendió. Dijo que la habían avisado de que era un tipo duro pero que la fianza no estaba incluida en sus honorarios. Y se marchó. -Él se encogió de hombros-. Eso es todo.
«Eso es todo.» Tess se esforzó por librarse del nudo que se le había formado en la garganta mientras su padre aguardaba con la agonía de la incertidumbre plasmada en el semblante; y de pronto la verdad de aquel momento horrible quedó eclipsada por la del actual. La creía. El hombre que había sido su héroe la creía. Y lo hacía porque la amaba. ¿Cómo podía ella no corresponderle en igual medida? El rostro del hombre se desdibujó a medida que los ojos de Tess se llenaban de lágrimas.
– Lo siento, papá -musitó-. ¿Podrás perdonarme?
– Ven aquí. -La sentó sobre su rodilla y le presionó la mejilla contra su hombro-. ¿Podremos retomar las cosas y hacer que vuelvan a ser como antes?
Ella aspiró el olor a cedro que siempre impregnaba sus prendas. Las lágrimas de Tess fueron absorbidas por su sencilla camisa y desaparecieron.
– Suena bien.
El hombre apoyó la mejilla en la cabeza de Tess.
– Te he echado de menos, mi niña.
– Yo también, papá. Ha sido un año muy duro, y la última semana ha sido aún peor.
– Cuéntamelo todo, cariño.
Su madre le dio un apretoncito en el hombro a su padre.
– Antes tienes que acostarte un rato. Me lo has prometido.
– Enseguida, Gina -dijo con determinación mirando a su esposa.
Ella, sacudiendo la cabeza, atravesó la puerta que daba a la habitación contigua y regresó con una máscara de oxígeno y una pequeña bomba. Tess abrió los ojos como platos.
– ¿Necesitas oxígeno? ¿Y has venido en avión? ¿Estás loco o qué?
– Necesitaba verte -dijo, y alzó los ojos en señal de exasperación cuando su madre le colocó la máscara-. Ahora explícamelo todo, Tessa -dijo-. Y empieza por hablarme de Reagan.
– Me ha salvado la vida, papá -explicó, y a pesar de la máscara vio que el rostro de su padre palidecía-. Respira. -Le estampó un beso en la frente-. Y la próxima vez dale la mano, ¿de acuerdo?
Él se esforzó por tomar aire.
– De acuerdo.
Jueves, 16 de marzo, 8.00 horas.
– Así que el caso está cerrado. -Spinnelli miró alrededor de la mesa-. Hemos terminado.
Murphy y Aidan estaban sentados a un lado de la mesa. Enfrente se sentaban el fiscal del estado, Patrick Hurst, y Spinnelli. Rick y Jack ocupaban los otros dos extremos. Ninguno parecía satisfecho.
Spinnelli hizo una mueca.
– Bacon está muerto, tenemos las fotos y su confesión. A Clayborn van a procesarlo esta misma mañana. Tess puede retomar su vida habitual.
– Solo que la ciudad entera cree que es una tiparraca sin palabra -masculló Murphy-. No sé, Marc. Hay algo que me tiene intranquilo.
– Tal vez sea que no pillaste a Bacon por tu cuenta -respondió Patrick-. Arruinó tus propósitos.
– En parte, sí -convino Aidan recordando su propio sentimiento de impotencia al ver a Bacon flotando muerto en la bañera-. Pero es cierto que hay algo que no cuadra. He leído el informe psiquiátrico de Bacon. Por cierto, no todo el examen lo hizo Tess; ella solo lo entrevistó una vez. La parte principal de la evaluación la llevó a cabo Eleanor Brigham, pero murió antes de terminar.
Murphy parecía preocupado.
– No da la impresión de que pudiera odiarla tanto si solo se vieron una vez.
– Eso mismo pienso yo -dijo Aidan-. Bacon era un hombre sin oficio ni beneficio, pero con un vicio en particular: mirar a la gente a escondidas. Nunca tuvo un verdadero trabajo, así que no puede decirse que fuera una persona de firmes propósitos ni que tuviera más objetivo que espiar a mujeres desnudas.
– No encaja en el perfil -observó Jack con aire pensativo.
– ¿En qué perfil? -quiso saber Patrick.
– En uno que ha elaborado Tess -le explicó Aidan-. Es un voyeur antisocial, organizado, muy centrado en sus objetivos y acostumbrado a delegar. Bacon no encaja.
– Tal vez Tess se haya equivocado con el perfil -apuntó Patrick-. No estaba en su mejor momento.
Aidan se encogió de hombros.
– Aun así no se entiende por qué se ha suicidado justo ahora.
– Tal vez viera el coche patrulla en la puerta del despacho de Lynne Pope -dijo Spinnelli-. Sabía que íbamos a encerrarlo y le entró el pánico.
– La persona que buscamos es fría y calculadora, Marc -repuso Aidan-. Torturó a Adams durante más de tres semanas. No parece que vaya a desesperarse así como así.
– Has dicho «vaya» -observó Patrick-. No crees que lo hiciera Bacon.
– No. -Aidan se rindió ante la evidencia, incómodo-. Pero no es más que una impresión.
El semblante de Spinnelli era adusto.
– La cuestión, Aidan, es que tenemos una confesión firmada. Todas las pruebas apuntan a Bacon. Tenemos incluso fotografías de Hughes muerto en el callejón en la tarjeta de memoria donde encontrasteis el resto de las fotos. A menos que te bases en algo más que una impresión, cerraremos el caso y pasaremos a otra cosa.
– Bueno, a mí aún me preocupa que no hayamos encontrado dónde esconde los vídeos -observó Rick.
– Ni la cámara con la que tomó las fotografías de Hughes -añadió Jack. Todos se volvieron a mirarlo-. La tarjeta de memoria en la que estaban las fotos no es de la cámara que encontramos en el piso de Bacon. Utilizaron otra.
– Mierda -masculló Spinnelli, ahora muy contrariado.
– Y está lo del tipo que aparece en la foto con Connell -dijo Murphy-. Él es quien instaló la cámara en el piso de Seward. Hay demasiados cabos sueltos, Marc.
Spinnelli miró a Patrick.
– ¿Tienes todo lo que necesitas para denegar las apelaciones?
– Con las cintas de Tess que encontrasteis en el piso de Rivera ya había bastante. El abrigo y la peluca son un extra.
– Entonces de acuerdo -accedió Spinnelli levantando un dedo en señal de advertencia-. Un día más, a ver si dais con algo más concreto. Aidan, quédate un momento. -Todos se marcharon y dejaron a Aidan y a Spinnelli a solas-. Escucha, quiero asegurarme de que tu interés es profesional y no de otro tipo. Necesito que tengas la cabeza en su sitio.
Aidan, ofendido, saltó al instante.
– Ese comentario no viene al caso, Marc.
– Sí, forma parte de mi trabajo. Estás liado con Tess, duerme en tu casa. Como ya no es sospechosa, lo que hagas es asunto tuyo, y de ella. Pero no quiero malgastar recursos persiguiendo a un fantasma solo porque tú estás demasiado liado para poner fin a la cuestión.
Aidan dominó su genio.
– No soy el único que ve que hay cabos sueltos.
– Por eso os he concedido un día más. Tienes otros casos de los que ocuparte, Aidan. No lo olvides.
Aidan asintió con gesto brusco.
– Sí, señor.
Jueves, 16 de marzo, 8.15 horas.
Tess cerró la puerta que daba a la habitación de su padre.
– Está dormido.
Lo estaba, pero su sueño no era aquel de sonoros ronquidos que recordaba de su juventud. Era un sueño superficial; sus anchos pectorales se movían al ritmo de su respiración poco profunda. Durante los años de residencia, Tess había trabajado una temporada en cardiología. Recordaba la piel cenicienta, la dificultad para respirar y la desesperanza de los pacientes cuando el corazón les fallaba y no les quedaba más que aguardar la muerte.