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Muy pronto su padre sería uno de esos enfermos. El pesar la invadió como una inmensa oleada y con él también la desesperanza.

– No me imaginaba que estuviera tan mal -susurró Tess, y se volvió hacia la ventana junto a la que su madre y Vito se encontraban sentados tomando café. Su madre conservaba el semblante sereno, pero su mirada atormentada revelaba la amarga verdad.

– No me dejaba que os lo contara. Bien sabe Dios que de alguien has heredado la testarudez.

Tess, agotada, se sentó en la cama de Vito.

– Me ha dicho que está en la lista para un trasplante.

– Es verdad. -Gina se encogió de hombros-. Pero a su edad… -Apartó la vista y se esforzó por contener las lágrimas.

Vito le estrechó la mano.

– Mamá, por favor, no llores.

Gina dirigió una mirada a Tess.

– Cuando te vio en las noticias… empezó a sentir dolor.

– Lo siento.

Gina sacudió la cabeza.

– A lo hecho, pecho. Últimamente le ha estado dando muchas vueltas a la cabeza, estaba muy preocupado por vosotros dos. A veces, cuando cree que nadie lo ve, llora.

Los ojos de Tess se llenaron de lágrimas; notaba la quemazón en la garganta.

– Ya basta -le espetó en voz baja.

– Lo siento. -Su madre dio un sorbo de café en silencio-. No quería hacerte sentir más culpable, solo quería que supieras cómo están las cosas. Los médicos dicen que le quedan entre seis meses y un año de vida. El doctor que lo trata se enfadaría mucho si supiera que ha venido hasta aquí.

– Es que no tendría que haber venido -musitó Tess.

– Por nada del mundo habría renunciado a subir a ese avión. Tess. Necesitaba arreglar las cosas, ya lo había dejado correr durante demasiado tiempo. -Dando un profundo suspiro, su madre dejó la taza y se levantó-. Lo que te ha contado hoy es la pura verdad.

Tess asintió.

– Ya lo sé. Tú le creíste desde el principio y yo no.

Gina soltó una carcajada.

– No, al principio no le creí.

Tess interrogó a su madre con la mirada.

– No lo entiendo, dijiste…

– Sí, ya se lo que dije, y también sé lo que hice. He tenido que vivir con ello durante cinco años. Sabía que ese día había ocurrido algo terrible. Cuando volviste a buscarme a la tienda estabas más blanca que el papel, pero en ese momento no me dijiste nada.

– No sabía qué hacer, no quería herir tus sentimientos.

– Ya lo sé. Lo que tú no sabes es que yo sabía lo de esa mujer antes de que te decidieras a contármelo un mes más tarde.

– No lo entiendo -repitió.

Su madre se acercó a la ventana.

– ¿Sabías que las prostitutas de categoría tienen tarjetas de visita? Encontré una en el bolsillo de los pantalones de tu padre. Quise convencerme de que no pasaba nada, de que era una clienta y que lo que te pasaba a ti es que, tal como decías, estabas enferma. Cuando al fin conseguí que me contaras lo que habías visto… No sé qué me pasó. Hice una cosa terrible y desde entonces no he dejado de lamentarlo.

»Te pegué y te llamé mentirosa, y le expliqué a tu padre lo que me habías contado. Sin embargo, él dijo que era cierto. Me explicó un cuento chino sobre una mujer que había aparecido en la habitación del hotel y se había quitado la ropa. Me dijo que no la había tocado. Y yo, como buena esposa, le dije que le creía.

– Pero no lo hiciste -dijo Tess.

Gina se volvió a mirarla.

– Ninguna mujer con amor propio lo haría.

– ¿Mamá? -Vito se había quedado estupefacto.

Ella suspiró.

– Ya lo sé. Después de enfrentarme a tu padre, Tess, él se enfrentó a ti.

– Ya me acuerdo. -Su madre le había pedido que fuera a casa porque tenían que hablar. Aquella petición ahora cobraba sentido-. Ese día tuvo su primer ataque al corazón.

El rostro de la mujer se crispó.

– Lo cuidé, pero cada momento me acordaba de cuánto lo detestaba, y de cuánto me detestaba a mí por detestarlo y por lo que te había hecho. Al fin, cuando se hubo recuperado lo suficiente, le dije que me iba unos días a casa de mi hermana para cambiar de aires, pero en vez de eso vine a verte a ti.

Tess abrió mucho los ojos.

– ¿Aquí? ¿A Chicago? Nunca me lo dijiste.

– No quería que nadie lo supiera. Aún guardaba la tarjeta de visita y fui a ver a esa mujer. -Gina apartó la vista de la ventana y la miró-. Se acordaba de tu padre y confirmó todo lo que él me había contado, palabra por palabra. Después de que tu padre la echara de la habitación del hotel, la chica había llamado a la agencia que la enviaba. Ellos llamaron al cliente que había solicitado el servicio, y él se disculpó y les explicó que el obsequio era para un hombre que se alojaba en la habitación que estaba justo encima de la nuestra. Fui a la agencia y me mostraron el recibo.

Tess exhaló un suspiro. Se sentía aliviada pero a la vez terriblemente triste.

– Todo fue un error; me he perdido cinco años de relación por un simple error. -Miró a su madre entornando los ojos llorosos-. Por el amor de Dios, ¿por qué no me lo contaste?

Gina guardó silencio un momento. Luego respondió con un hilo de voz.

– Porque para eso tendría que haber admitido que no lo creí. Y cada vez que lo miraba a los ojos me sentía incapaz de hacerlo. Para él significaba mucho creer que había confiado en su palabra.

– ¿Y por qué se lo estás contando ahora? -preguntó Vito con voz entrecortada.

– Porque no se habría perdonado no haberle creído, igual que me sucedió a mí -respondió, como si Tess no se encontrara presente-. Se habría dicho a sí misma que por su error y su tozudez había enviado a tu padre a la tumba. -Dirigió a Tess una triste sonrisa-. ¿A que sí?

Tess asintió; seguía notando un gran nudo en la garganta.

– Sí.

– Siempre has sentido más debilidad por tu padre que por mí, Tess. Estos cinco años sin hablaros… casi le matan, y no exagero. Pero el hecho de que seas más suya que mía no significa que no te comprenda o que te quiera menos. Al veros hacer las paces me he dado cuenta de que yo también necesitaba congraciarme contigo. A mí me cuesta más porque, a diferencia de tu padre, yo sí que obré mal. Lo siento, Tess.

Se hizo un largo silencio durante el cual Vito se mantuvo cabizbajo mientras Gina y Tess se miraban mutuamente.

– Supongo que ya te imaginas que no sé bien si agradecerte que me hagas sentir mejor o enfadarme contigo por haberme ocultado la verdad tanto tiempo -masculló Tess, y Vito levantó la cabeza y en silencio le dirigió una mirada cansina y apenada.

– Imagino que las dos cosas son lógicas -dijo su madre con voz serena.

– De todos modos, la verdad es que hasta hoy no lo habría creído y a partir de hoy no necesito creerlo, así que de algún modo eso lo soluciona todo.

Volvió la mirada hacia la puerta tras la cual descansaba su padre.

– Tengo la impresión de que debería quedarme aquí… observar cómo respira… hacer algo.

– A él eso no le haría ninguna gracia. Cuando vuelvas estará despierto.

Tess miró a Vito.

– Tengo que ordenar la consulta y pelearme para que me permitan volver a ejercer. Bacon ha muerto y Clayborn está detenido, así que no tienes por qué quedarte más tiempo aquí si no quieres. Ya has faltado bastantes días al trabajo, Vito.

Vito sacudió la cabeza.

– Reagan no cree que Bacon sea el responsable de las muertes. No me lo ha dicho, pero se le nota.

Tess notó una opresión en el pecho.

– No, ya sé que no lo cree. Hay una cosa que deberías saber. El hombre al que ayer encontraron muerto instaló cámaras en la consulta y en mi casa.

Gina asintió.

– Por eso sabía cosas de tus pacientes, ya nos lo has contado.

Tess miró al techo.

– Lo que no os he contado es que una de las cámaras estaba en el cuarto de baño. En… la ducha.

Gina dejó caer la taza sobre la mesa con estrépito.