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– Santo Dios -dijo sin apenas voz.

– Sí. Bueno, ayer ese hombre me amenazó con vender… las imágenes a los medios de comunicación.

– Pues me alegro de que esté muerto -repuso su madre con saña.

– La cuestión es que la policía no encontró los vídeos, las grabaciones originales.

Vito frunció el entrecejo.

– Reagan me ha dicho que Bacon había destruido el disco duro.

– Sí, pero esperaban encontrar un montón de vídeos en alguna parte y no fue así. Las imágenes podrían salir a la luz. Tenemos que prevenir a papá por si eso ocurre; su corazón podría resentirse.

– Espera un poco, Tess -le aconsejó Vito-. Es posible que los encuentren.

Tess se puso en pie.

– Tienes razón. Bueno, me voy a ordenar la consulta y a comprar cuatro cosas para la cena de esta noche. ¿Me ayudarás a cocinar, mamá?

Gina asintió con cortesía. Comprendía que el gesto era una invitación para hacer las paces y la aceptó.

– No creo que te haga ninguna falta, Tess, pero te ayudaré de todos modos.

Jueves, 16 de marzo, 8.45 horas.

– Veo que sabéis tener entretenida a una chica -dijo Julia VanderBeck cuando Aidan y Murphy entraron en la morgue-, para que no se aburra nunca.

– ¿Te ha revelado algo la autopsia de Bacon? -preguntó Aidan impaciente.

Julia sonrió con ironía.

– El señor Bacon me ha contado muchas cosas interesantes. Si no hubierais venido, os habría llamado. Venid, vamos a dar un vistazo.

Retiró la sábana que cubría el cadáver de Bacon y Aidan sintió otra oleada de furia contra el hombre por haber muerto y escapado a su merecido castigo. No obstante, obvió la emoción y se concentró en la voz sosegada de Murphy.

– ¿Causa de la muerte?

– Digamos que Bacon podría apodarse Rasputín. -Tomó los brazos de Bacon y los colocó de forma que las rojas laceraciones de sus muñecas quedaran a la vista-. Le cortaron las venas, probablemente con el cúter que encontrasteis en un extremo de la bañera.

Aidan ladeó la cabeza.

– ¿Cómo que «le cortaron» las venas?

Ella asintió.

– No lo hizo él mismo, aunque eso es lo que se supone que teníais que creer. Miradle los brazos. Los cortes son verticales y rectos. Eso normalmente significa que la víctima quiere que el suicidio sea un éxito, si es que puede decirse tal cosa.

– ¿Y? -preguntó Murphy. Julia sonrió.

– Vuestro hombre era zurdo. -Le levantó la mano izquierda-. Tiene un callo en el dedo corazón de escribir. La herida del brazo derecho debería ser más profunda y regular que la del izquierdo. Lo normal es que primero hubiera utilizado el brazo dominante y luego el otro, es decir primero el izquierdo y luego el derecho, para conseguir un efecto mejor. Normalmente el corte del segundo brazo no es tan regular, suele ser discontinuo debido al dolor y a que el primer brazo está adormecido y además no es el dominante. La herida tendría que interrumpirse y ser menos profunda.

– Pero Bacon no sigue el patrón -adivinó Aidan.

– No. Los cortes tienen igual profundidad; nunca hasta ahora lo había visto. Me extraña que alguien haya podido hacer una cosa así a un hombre con plenas facultades físicas sin que este se rebelase, pero no he encontrado evidencia de que hubiera forcejeado.

– O sea que estaba inconsciente cuando le hicieron los cortes -musitó Murphy.

– No lo creo. ¿Recordáis el informe de tóxicos de Cynthia Adams?

– Setas venenosas -respondió Aidan-. ¿Psilo…?

– Psilocibina -terminó Julia-. En la sangre de Bacon no aparece esa sustancia, pero sí la de otra planta. Si se ingiere, provoca parálisis localizada en ciertas zonas. Si se inhala, el efecto es más rápido y más general. Creo que estuvo consciente mientras le hacían los cortes, y que lo notó todo.

– Fantástico -soltó Aidan sin vacilar, y Julia hizo un amago de sonreír.

– En eso estamos de acuerdo, Aidan. En algún momento del proceso ya había perdido tanta sangre que se quedó inconsciente y se hundió. Pero por la cantidad de agua que había en la bañera y el peso y la estatura de Bacon no sería lógico que la cabeza hubiera quedado sumergida. Sin embargo tenía los pulmones llenos de sangre y agua.

– Alguien lo hundió -apuntó Aidan despacio.

– Diría que sí, pero la cosa no termina ahí. Mirad. -Movió el brazo de Bacon para mostrarles el hombro-. En algún momento del día le hirieron con una bala.

– Le dispararon, le cortaron las venas, lo envenenaron y lo ahogaron. -Murphy sacudió la cabeza-. Tienes razón, igual que Rasputín. ¿Y qué fue lo que lo mató?

– ¿Oficialmente? Lo más probable es que muriera ahogado. De todos modos lo que está claro es que no fue un suicidio.

Capítulo 17

Jueves, 16 de marzo, 9.35 horas.

Jack se encontró con Aidan y con Murphy en el piso de Bacon.

– Rick dice que tenemos que seguir buscando el escondite de los vídeos, que tiene que tenerlos guardados en el piso.

– Pues lo buscaremos. Pero antes vamos a deducir qué coño pasó aquí.

Aidan se dirigió de nuevo al cuarto de baño y se plantó delante de la puerta.

– Le dispararon, le cortaron las venas, lo envenenaron y lo ahogaron. ¿Cómo?

– Sabemos que lo último que hicieron fue ahogarlo -dijo Murphy-. Tuvieron que envenenarlo antes de cortarle las venas, si no las heridas no habrían sido tan regulares. Solo nos queda por situar el disparo.

Aidan observó el escenario.

– Creo que el disparo fue lo primero de todo.

– ¿Por qué? -preguntó Murphy.

– ¿Recuerdas su ropa?

– Estaba aquí. -Murphy señaló a sus pies-. Camisa, corbata, pantalones, calzoncillos y calcetines. La americana estaba en el salón.

– La americana olía a naftalina y a humo de cigarro.

– Igual que en casa de su madre.

– Pero no a meados de gato. No se me ocurrió pensarlo, pero me parece imposible que en esa casa hubiera guardado un traje y que no absorbiera el olor ni siquiera un poco. Los polos de Wires-N-Widgets sí que olían a gato.

– Ayer encontramos cajas con ropa en el salón -explicó Jack-. Olían mucho a naftalina, pero no noté para nada que olieran a meado de gato.

– Tiene un trastero -dedujo Murphy, e hizo un gesto de asentimiento-. Pero ¿por qué dices que el disparo fue lo primero?

– Porque el traje olía a sudor, pero la camisa olía a una mezcla de humo de cigarro y suavizante.

Murphy arqueó las cejas.

– Era una camisa limpia.

– Tienes buen olfato -bromeó Jack-. Pues yo tengo buena vista. Mirad ahí.

Aidan miró en la dirección en la que Jack apuntaba y posó los ojos en la pared del fondo del cuarto de baño.

– Hay un agujero. -El día anterior, absortos como estaban en las pistas que habían dejado para engañarlos, no lo habían visto.

Jack se adelantó y examinó el pequeño agujero.

– Podría ser de una bala. Si es así, alguien la extrajo. Dentro solo hay mortero deshecho. -Se volvió y miró a Murphy-. Sitúate en el recibidor. -Murphy le obedeció y Jack se colocó en la puerta, de espaldas a las bisagras-. Imagínate que soy Bacon y que tú tienes la pistola -dijo, y dibujó una trayectoria imaginaria en el aire-. Por la altura del agujero y teniendo en cuenta la estatura de Bacon y que la bala le hirió en el hombro, tenías que estar más o menos ahí; y eres más bajo que Bacon, entre cinco y diez centímetros. Bacon medía un metro setenta y cinco. Tú mides un metro sesenta y cinco; setenta como mucho.

Aidan sonrió con ironía.

– Así que nuestro voyeur antisocial tiene complejo de Napoleón. Muy bien. Te sitúas detrás de Bacon, le disparas en el brazo. ¿Por qué?

– ¿Para obligarle a entrar en la bañera o a inhalar el veneno? -apuntó Murphy.

– O las dos cosas -dijo Aidan-. Te han disparado en el hombro derecho, Jack. ¿Qué haces tú?