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– Vito. Aidan, mis padres quieren que nos veamos esta noche. ¿Puedo utilizar tu cocina? Pensaba cocinar yo.

A Aidan le entraron unas ganas inmensas de toquetearla, pero la mirada de Vito hizo que mantuviera las manos en los bolsillos.

– ¿Tienes la llave?

– Sí. ¿Y Dolly qué? ¿Me comerá?

– No lo creo. Si se pone a gruñir, ve a buscar a Rachel. Vuelve del colegio a las tres. Yo te veré en mi casa sobre las siete, ¿de acuerdo?

– Que sea a las ocho. -Sus ojos se ensombrecieron-. A las siete tengo que ir al tanatorio.

– Te acompañaré. Ahora tenemos que marcharnos. -Se volvió a mirar a Vito-. Tenemos que investigar.

Mientras se dirigían al ascensor, Murphy lo miró de reojo y se sonrió.

– Así que vas a conocer a sus padres.

– Dona el dinero de mi seguro de vida a una organización benéfica, ¿de acuerdo?

Murphy se echó a reír.

– Muy bien, campeón.

Jueves, 16 de marzo, 11.00 horas.

Andrew Poston era el hijo del juez de uno de los tribunales del distrito y por eso estaba en libertad bajo fianza mientras los otros chicos que habían violado a Marie Koutrell, de familias más pobres, se consumían en la prisión del condado. Cuando leyeron el acta de acusación se había dirigido al juez con un lacónico «inocente», y luego entre dientes lo oyeron decir que si atrapaba a la persona que lo había denunciado la destriparía con sus propias manos.

Poston tenía unas manos enormes, así que la amenaza no era para tomársela a la ligera. Su abogado le había aconsejado que mantuviera la boca cerrada, y él había dado una respuesta muy ilustrativa indicándole los sitios por donde podía meterse su consejo. Bien mirado, el chico tenía cierto estilo. En unos años podría llegar a tener una influencia tremenda, siempre y cuando lograra librarse de las garras de la justicia, lo cual iba a costarle lo suyo. La víctima lo había acusado a él en concreto, aunque eso no era determinante; a fin de cuentas había media docena de chicos dispuestos a declarar que el acto había sido consentido. Sin embargo, otro testigo anónimo había confirmado por su cuenta y riesgo la identificación, y había dicho que él se encontraba en casa de la víctima, bebido, desenfrenado y haciéndole insinuaciones sexuales indebidas.

El testigo anónimo tenía que desaparecer o era muy probable que Andrew Poston acabara siendo acusado de cometer un delito grave. La vida del joven podía verse arruinada por una sola noche de diversión con una puta que no paraba de provocarlo. Decididamente, el testigo tenía que desaparecer.

Claro que el hecho de que atacar al testigo fuera la manera más rápida de llegar hasta Aidan Reagan era pura casualidad. Kismet. No cabía duda de que tenía un buen karma. Porque Aidan Reagan también tenía que desaparecer, se había acercado demasiado a Ciccotelli. Y ella, por primera vez desde que su novio la abandonara, tenía… relaciones sexuales.

Había que acabar con ello. Reagan tenía que desaparecer. Pero asesinar a un policía era peligroso y no podría escapar sin que lo descubrieran y lo condenaran. Resultaba más factible asustarlo.

Ahora Andrew estaba llegando a casa con su padre, el juez. Recorrían el camino de entrada en un todoterreno Lexus. La señora Poston había salido a recibirlos a la puerta, con semblante preocupado y un sobre acolchado en la mano.

Lo habían entregado esa misma mañana e iba dirigido a Andrew. Si su madre lo hubiera abierto, habría echado a perder la sorpresa. Ella le habría explicado lo que contenía. O tal vez no. En cualquier caso, ahora el sobre estaba en manos de Andrew y, por lo que captaba gracias al micrófono colocado dentro del acolchado, lo estaba abriendo y descubriendo el CD con el post-it pegado. «Escúchame», rezaba. Hubo una larga pausa. La calidad de la grabación era mala, confusa, pero le revelaría todo lo que quería saber. Un violento y original insulto brotó de los labios de Andrew. Lo había descubierto. Fantástico. Se oyeron unos cuantos ruidos más y por fin el chico habló.

– Hola, soy yo -dijo con voz apagada-. Ya sé quién me ha denunciado… Rachel Reagan. Esa zorra nos estaba espiando.

Escuchó, y luego se echó a reír.

– En eso tienes razón. Debe de ser bastante mejor tirársela a ella que a Marie. Hazme un favor. Agradécele de mi parte que llamara a la policía. Asegúrate de que sepa que sabemos que fue ella y que si no se retracta, lo sentirá. Y hazlo hoy. Gracias, tío. Me encargaría yo mismo pero tengo que estarme quietecito unos cuantos días hasta que todo esto pase.

Al final de la conversación sonó rock duro a todo volumen. El estruendo cesó al accionar un interruptor en el interior del coche. El motor estaba en marcha, tanto en sentido literal como figurado. Una ligera presión en el pedal del gas hizo que el vehículo estacionado en la calle de los Poston se desplazara hasta la carretera principal. Había llegado el momento de volver al trabajo. Y también de conectar la emisora local para ver si ya habían encontrado a Marge Hooper.

Ciertamente la noticia alteraría a Ciccotelli. «Estupendo.» Ya había perdido a su amigo Hughes, y ahora perdía a Hooper, una conocida. Muy pronto perdería también a su amor: Reagan.

No habría manera de retenerle a su lado cuando supiera que la seguridad de su hermana estaba en peligro. Una vez que la joven Rachel hubiera sido convenientemente advertida por parte de los amigos de Poston, el detective Reagan recibiría un mensaje amenazando con que a su hermana le sucederían cosas mucho peores por andar él con quien andaba. Como era listo, elegiría bien.

El siguiente golpe sería contra alguien mucho más lejano. Se trataba de un completo extraño que había tenido la desgracia de que su camino se cruzara casualmente con el de Tess Ciccotelli. Eso la sacaría de quicio. Se sentiría muy culpable y tendría miedo de salir de casa. No se atrevería a dirigirle la palabra a ningún ser viviente. Qué pensamiento más alentador.

Por supuesto, el golpe de gracia tendría lugar mucho más cerca. En la familia. Las opciones habían aumentado con la llegada de su hermano y sus padres desde Filadelfia. No formaba parte del plan original, y era un arma de doble filo. Por una parte los problemas familiares se habían resuelto, así que ya no estaba sola en la gran ciudad. Eso era malo. Por la otra, constituía una deliciosa ironía. Justo cuando la familia volvía a estar unida, comenzarían a caer. ¿A quién le tocaría? ¿A su hermano o a sus padres? ¿Quién le dolería más?

Pero antes… un extraño.

Jueves, 16 de marzo, 12.15 horas.

– No hay derecho -se quejó Tess en la puerta del despacho del doctor Fenwick. Vito estaba a su lado-. Saben que no he hecho nada malo pero insisten en inhabilitarme. Aún me hace parecer más culpable.

– Tendríamos que haber venido con Amy -opinó Vito-. Ella habría sabido atajar toda esa mierda.

– Tienes razón, pero no creía que fueran tan injustos. -La próxima vez Tess no iría a ver al doctor Fenwick sin un abogado; parecía que era el único idioma que el hombre entendía-. Vamos. Papá debe de haberse despertado y querrá comer. -Pasó por delante del ascensor y se dirigió a la escalera.

– ¿Doctora Ciccotelli?

Ella, que ya asía la manilla de la puerta de la escalera, dio un respingo al oír la voz detrás de ella.

– Periodistas -advirtió Vito en voz baja-. Rápido, vámonos.

– Espere. -Era una joven con indumentaria profesional-. ¿Es usted la doctora Ciccotelli?

– Sí -respondió Tess-. ¿Quién es usted?

La mujer le tendió un grueso fajo de periódicos.

– Aquí tiene.

Tess, estupefacta, tomó los periódicos y echó un vistazo a la portada.

– Van a demandarme.

Vito le arrebató los periódicos.

– ¿Quién? -Leyó el artículo en diagonal-. Tus pacientes quieren demandarte por haber revelado sus historiales a la policía. -La miró con mala cara-. Los reclamaron como pruebas, no tenías elección.