Ella le quitó los periódicos de las manos y soltó una carcajada sardónica.
– Dolor y sufrimiento. Cinco millones de dólares. La cosa no quedará así, pero me costará que la gente lo olvide.
– ¿Cómo saben los pacientes que revelaste los historiales?
Tess sacudió la cabeza.
– No tengo ni idea. En las noticias no han dicho nada. Mierda. ¿Qué será lo próximo?
En ese preciso momento sonó su móvil. Era una llamada urbana, aunque no reconocía el número. Se sintió tentada de no responder pero temió que pudiera ser su madre desde el teléfono del hotel y contestó.
– Ciccotelli.
– ¿Tess? Soy Rachel. -La chica tenía una voz extraña, fría-. Necesito… que me ayudes. Es urgente.
Tess escuchó mientras la chica, tartamudeando, formulaba la petición. Luego echó a correr escalera abajo.
– Corre, Vito.
Jueves, 16 de marzo, 13.30 horas.
Aidan levantó la vista cuando la bolsa marrón aterrizó en su escritorio. Spinnelli lo miraba con gesto irónico.
– Felicidades.
Aidan abrió la bolsa y husmeó el contenido.
– Baklava. Estoy emocionado, Marc -soltó.
– Me han dicho que es lo mejor para sobornarte. -Sonrió brevemente y luego se puso muy serio-. Tus sospechas sobre Bacon eran ciertas. Y también tenías razón al decir que mi comentario estaba fuera de lugar. Has demostrado bastante autodominio y concentración, dadas las circunstancias.
Aidan se sonrojó y se encogió de hombros.
– Tú también tenías parte de razón. Tengo cierto interés personal en este caso. -Señaló una pila de papeles-. Llevo dos días sin tocar nada del caso de Danny Morris. A estas alturas su padre podría estar en México.
– No. Tiene que estar escondido en alguna parte y pronto lo descubriremos.
– Pareces muy seguro.
Spinnelli se sentó en una esquina de la mesa.
– Lo estoy. A su padre Danny no le importaba una mierda. Lo trataba como si fuera de su propiedad, como algo que tenía que controlar. Y creía que, igual que a él, el niño le importaba una mierda a todo el mundo. Pero a ti sí que te importa, y por eso cuando salga de su asquerosa madriguera lo estarás esperando. Esta noche, de camino a casa, déjate caer por sus andurriales. Si sus amigos te ven a menudo empezarán a ponerse nerviosos y al final alguien se irá de la lengua.
– Gracias, tu consejo me es de gran ayuda. -Aidan se había sentido culpable por haber abandonado el importante caso.
Spinnelli se cruzó de brazos.
– ¿Qué has descubierto, Aidan?
– Al encontrar el escondite de Bacon vacío, hemos avisado a Rick. Él insiste en que los tipos como él suelen guardar copias de seguridad. Ahora Murphy está en el trastero que Bacon tenía alquilado. Hemos pensado que no hacía falta que fuéramos los dos y yo he venido aquí para investigar la relación que había entre nuestro hombre, David Bacon, y Nicole Rivera.
– Está muy bien que hayáis descubierto lo del trastero -alabó Spinnelli.
– No ha sido muy complicado. Al obtener la orden y registrar la casa de su madre encontramos los recibos del alquiler en un cajón de la cocina. -Aidan olfateó la manga de su chaqueta y puso mala cara-. No conseguiré que vuelva a oler bien.
Spinnelli soltó una risita.
– No quiero meterme donde no me llaman pero tal vez tendrías que ir a casa y cambiarte antes de pasar a recoger a Tess. -Aguzó la mirada-. ¿Y qué has descubierto sobre la relación con los otros?
Aidan miró asqueado las pilas de papeles que tenía sobre la mesa.
– De momento, nada. Rivera era actriz y camarera. Bacon era un ex convicto que vendía aparatos electrónicos para ganarse la vida. He registrado las llamadas telefónicas y las cuentas bancarias de ambos y no tienen nada que ver. Lo único que tenían en común es que los dos necesitaban dinero, pero Rivera tuvo que cambiar de piso y mudarse a uno de los peores barrios de la ciudad porque no podía pagar el alquiler, así que si cobraba de nuestro hombre bajo mano, no utilizaba el dinero para pagar las facturas. Más tarde he quedado con la antigua compañera de piso de Rivera, espero que me proporcione más datos.
– Mantenme informado.
Cuando Spinnelli se hubo marchado, entró Abe. Llevaba unos papeles en la mano.
– Estoy terminando con el papeleo de Clayborn. -Sonrió-. Tess lo dejó hecho un guiñapo, parece que se haya peleado con el campeón de lucha libre.
Aidan sacudió la cabeza.
– No creo que haya pasado tanto miedo en toda mi vida.
– Sé cómo te sientes. Mira, Mia y yo pasamos horas con Clayborn anoche. Al final nos explicó por qué no quería que se divulgara su historial. -Abe alzó los ojos-. Había hecho una solicitud para entrar en la academia de policía y no quería que sus antecedentes psiquiátricos lo perjudicaran.
Aidan sintió vergüenza ajena.
– Lo habrían eliminado por el perfil psicológico.
– Nunca se sabe. La otra cosa que tratamos de averiguar es cómo sabía que Tess estaba contigo en casa de papá y mamá. Al final Clayborn nos contó que lo habían llamado por teléfono para avisarle. Alguien le dijo que echara un vistazo a tu casa, incluso le dieron la dirección. No nos dijo quién había sido, pero rastreamos las llamadas del teléfono de su casa y del móvil. Había una llamada hecha desde un móvil desechable y se me ha encendido la bombilla. ¿Tienes la relación de llamadas de los teléfonos de Tess?
Aidan rebuscó en la pila de papeles hasta que encontró la lista de las llamadas del teléfono de la consulta.
– A su casa solo la llamaron una vez… Fue la noche del suicidio de Cynthia Adams. Las otras dos llamadas las recibió en la consulta. -Levantó la cabeza para mirar a Abe-. No nos dejaba intervenir la línea; cosas del secreto profesional.
– Pues vuestro hombre lo sabe -dijo Abe-. Se aprovecha del sentido ético de Tess.
Aidan comparó las llamadas de los teléfonos de Clayborn con las del de Tess y se le aceleró el pulso.
– Una coincide. Es la de Seward, la hizo Nicole Rivera. -Miró a Abe-. No encontramos ningún móvil en el piso de Rivera.
– El asesino se los llevó.
– Junto con la peluca y el abrigo. El número es del mismo teléfono desechable. Qué hijo de puta. Él le dijo a Clayborn dónde estaba Tess.
– Pero si no habíamos revelado a la prensa el nombre de Clayborn, Aidan. Aunque sí lo habíamos comunicado a través de la emisora. Había una orden de busca y captura.
Aidan apretó los dientes.
– Entonces sabía que estaba conmigo y agitó el cebo en las narices de Clayborn. Hijo de la gran puta. Siempre le encarga el trabajo sucio a otra persona. -Bajó la vista a las llamadas de la consulta de Tess y frunció el entrecejo-. No me había fijado antes en esto, estaba tan obsesionado con las llamadas recibidas que no me fijé en las que se habían hecho desde allí.
Abe se situó tras él y se asomó por encima de su hombro.
– ¿Te refieres a la llamada hecha al 911?
– Sí. Tess recibió la llamada de Seward a las tres quince. Dijo que había salido corriendo y le había pedido a Denise que llamara al 911.
– ¿Denise es la recepcionista?
– Sí. -Frunciendo más el entrecejo, Aidan miró las llamadas hechas desde el móvil de Tess-. A mí me llamó a las tres y veintidós, siete minutos más tarde.
Abe se irguió.
– Pero Denise llamó al 911 diez minutos después de que Tess colgara.
Aidan se volvió a mirarlo.
– Tess me dijo que no sabía por qué la policía había tardado tanto en llegar a casa de Seward. No tenía previsto intervenir, pero Seward estaba apuntando a su esposa en la cabeza con una pistola. Esperaba que la policía hubiera llegado antes que ella.
– Y lo habrían hecho si Denise los hubiera avisado cuando se suponía que iba a hacerlo. ¿Por qué no llamó enseguida?
Aidan pensó en la recepcionista. Tenía acceso a todos los archivos de Tess, a sus pacientes; no solo a los historiales, sino también a sus direcciones y sus números de teléfono. Estaba allí cuando el mensajero entregó el CD, así que sabía lo de las grabaciones clandestinas de Bacon. Y no había sido capaz de mirarlo a los ojos esa mañana, cuando Murphy y él habían ido a la consulta para contarle a Tess lo del asesinato de Bacon.