– Ya. -La besó en la coronilla-. ¿Por qué, Tessa? Soportaré la verdad.
Ella suspiró.
– Porque aquí no estás seguro. Tres amigos míos han muerto y esta tarde han agredido a la hermana de Aidan. Será mejor que te vayas, no quiero que también tú acabes mal.
– Me iré si vienes conmigo.
Tess lo miró con el entrecejo fruncido.
– Eso no es justo.
Él se encogió de hombros.
– Pues demándame. Ese es el trato, Tess. Me iré a casa si tú también vienes.
– Te irás a casa porque tienes que estar cerca de tu cardiólogo, y yo me quedaré aquí porque es donde vivo. -Y le pareció curioso que el primer sitio que le pasara por la mente fuera aquel salón. Se había sentido muy a gusto en el piso de Eleanor, pero la casa de Aidan era un verdadero hogar-. Además, está Aidan para cuidarme.
– Y con nosotros te cuidará Vito, así que estamos empatados. ¿Has dicho que habías preparado cannoli?
Ella se rió.
– Eres muy tozudo.
– Ya lo sé. -Se puso en pie-. Me ha gustado volver a ver a Amy, ha sido casi como en los viejos tiempos. -Amy se había presentado en el tanatorio y luego se había apuntado a cenar con ellos. Ver todas aquellas caras sentadas a la mesa era verdaderamente revivir los viejos tiempos.
– Ella no tenía por qué dejar de ir por casa aunque yo lo hiciera -dijo Tess.
Su padre retiró la tapa de los cannoli.
– Y no lo ha hecho.
– ¡Michael! -Gina se levantó y le arrebató el plato de las manos-. No debes comer de eso -añadió con más suavidad.
– Por uno no pasa nada. -El hombre miró a la madre de Tess con ojos de cachorro-. Los ha hecho Tess.
– ¿Qué quieres decir, que Amy ha continuado yendo por casa? -preguntó Tess.
– No -insistió su madre, y apartó el postre.
Su padre suspiró.
– Amy ha seguido viniendo a casa cada año en el día de Acción de Gracias. Pensaba que lo sabías.
Tess sacudió la cabeza.
– No. Durante estos años yo he pasado el día de Acción de Gracias con los Spinnelli. Amy me decía que iba a casa de unos amigos de la facultad de derecho.
– Seguro que no quería herirte, Tess -dijo Vito, inquieto, y retrocedió cuando Dolly se incorporó y empezó a gruñir-. Esa perra es un peligro.
– No, solo nos avisa de que ha llegado Aidan. -Unos segundos más tarde oyó la puerta del garaje. El estómago se le encogió. Le preocupaba a quién habría encontrado muerto esta vez, con una nota prendida en la chaqueta-. Disculpadme. -Se deslizó hasta el garaje, necesitaba pasar un momento a solas con él.
Aidan salió del coche y al verla dejó caer los hombros con desaliento.
– Tess.
– ¿Quién era?
Aidan frunció la boca.
– La madre de Danny Morris.
– Del niño -masculló Tess-. ¿La han matado?
Incluso desde una distancia de tres metros pudo observar la fría mirada de ira en sus ojos.
– Se ha suicidado. Ha dejado una nota. Decía que se sentía culpable por no haber protegido a su hijo, que yo tenía razón.
Tess tenía ganas de acercarse a él pero percibía que necesitaba estar solo.
– ¿Sobre qué?
Él bajó la cabeza.
– Estaba seguro de que ella sabía dónde se escondía el padre. El lunes por la noche, después de que aquel hijo de puta me zurrara en el bar, fui a su casa. Le dije que estaba encubriendo a un monstruo y le pregunté qué clase de madre haría eso. -Levantó la mirada, en sus ojos se apreciaba angustia-. La presioné demasiado.
– No, Aidan, no lo hiciste. -Incapaz de controlarse por más tiempo, ella le rodeó los hombros con los brazos y le hizo posar la cabeza en el lateral de su cuello-. No le dijiste nada que no supiera ya. Además, si no le importara su hijo, daría igual lo que le hubieras dicho. En la nota te decía dónde puedes encontrar a su marido, ¿no?
Él alzó la cabeza lo justo, de modo que solo unos centímetros separaban sus ojos de los de Tess.
– Sí, pero no está en ninguno de los sitios que ella decía. ¿Cómo lo has sabido?
– Ha pasado otras veces. Las personas suelen dejar las cosas arregladas antes de dar el último paso. Ella lo ha intentado.
Aidan apretó la mandíbula.
– Tendría que estar viva para declarar en contra de su marido.
– Seguro que tú lo habrías hecho -dijo en tono quedo, y los ojos de Aidan centellearon.
– Yo no habría permitido que un cabronazo matara a mi hijo.
– No todo el mundo hace lo que debería, Aidan. Y no todo el mundo tiene la misma entereza. -Lo besó con ternura-. Lo siento.
Él volvió a apoyar la cabeza en su hombro con gesto cansino.
– ¿Conoces a una tal Sylvia Arness?
Ella negó con la cabeza mientras el temor volvía a atenazarle el estómago.
– No.
Él se irguió y la aferró por los brazos.
– ¿No? ¿Seguro?
– Seguro. -El corazón le aporreaba el pecho con tal fuerza que incluso sentía dolor-. ¿Por qué?
Él la aferró con más fuerza.
– Es una mujer afroamericana, de veintitrés años.
– No. Dime por qué me lo preguntas, Aidan.
– Porque está muerta. Howard y Brooks, de mi unidad, han respondido justo cuando yo salía de casa de Morris. Me han llamado cuando han visto la nota prendida en el abrigo.
A Tess se le puso un nudo en la garganta.
– ¿«Dime con quién andas y te diré quién eres»?
– Sí. ¿Seguro que no la conoces? Sylvia Arness es el nombre que aparece en su carnet de identidad.
Ella sacudió la cabeza despacio.
– Tal vez sea otro asesino que se ha inspirado en los crímenes.
– Es posible. ¿Te vienes a la comisaría para identificarla? Así nos aseguramos.
Ella asintió con gesto rígido.
– Claro. Les diré a mis padres que nos marchamos.
Aidan se apostó frente a la puerta.
– Si tu padre te ve con esa pinta, va a darle un… patatús.
«Ataque». Había estado a punto de decir «ataque», pero reaccionó a tiempo. Ella se irguió cuan alta era, cerró los ojos y se tranquilizó. Cuando volvió a abrir los ojos, él asintió.
– Mejor así. Se dará cuenta igualmente de que algo no va bien, pero no se asustará tanto.
– Gracias -susurró ella-. No lo había pensado.
– Es normal.
Abrió la puerta y saludó a la familia con una sonrisa cansina.
– Siento haber tardado tanto. Ha surgido otro caso.
Tess entró en la cocina detrás de él y al mirar a Vito a los ojos vio que este lo había comprendido.
– Papá, se está haciendo tarde -dijo-. Es mejor que volvamos al hotel.
Michael se sentó en una silla de la cocina; el gesto de su mandíbula denotaba obstinación.
– No soy ciego, y mucho menos idiota. Dime la verdad, Tess.
Ella estrechó la mano de Aidan.
– Gracias por intentarlo -masculló, luego miró a su padre-. Papá, Aidan ha tenido que atender otro caso, pero mientras estaba fuera ha surgido algo que podría estar relacionado conmigo, aunque no es seguro. Tengo que echarles una mano. Por favor, márchate con Vito. Tienes que descansar. Te llamaré, te lo prometo.
Michael se puso en pie con la barbilla muy alta.
– ¿Me promete que no la perderá de vista, Reagan?
Aidan asintió.
– Se lo prometo.
Jueves, 16 de marzo, 23.20 horas.
Spinnelli y Murphy se reunieron con ellos en la morgue.
– Si es un imitador, las cosas podrían ponerse feas en menos que canta un gallo -observó Spinnelli.
– Me gustaría saber cómo ha podido llegar a oídos de otro asesino lo de los mensajes -dijo Murphy-. Hasta ahora habíamos mantenido a la prensa al margen. Ahora la cosa es distinta, porque toda la gente que rodeaba a Arness ha visto la nota.
Tess apoyaba en Reagan su tenso cuerpo.
– Terminemos con esto cuanto antes.
Johnson aguardaba junto a la mesa de acero sobre la que yacía una persona cubierta con una sábana.