Выбрать главу

Él cerró los ojos.

– Durante un tiempo, fue mi mejor amiga. O eso creía yo.

– Las heridas que te hace un amigo cuestan el doble de curar.

– De niño, mi mejor amigo era Jason Rich. -Hizo una pausa y con el pulgar empezó a acariciarle el dorso de la mano-. Jason y yo éramos uña y carne; y dábamos mucha guerra. -Sus labios dibujaron una mueca-. ¿Sabes que los soldaditos se derriten si los pones en una cazuela con el fuego muy alto?

– No, pero yo de pequeña jugaba con Joe, el soldado de Vito. Joe se moría por mi Barbie. Yo me habría puesto frenética si me hubieras estropeado la cazuela.

– Eso es lo que le pasó a mi madre. -Se quedó callado y pensativo-. Cuando teníamos diez años, Shelley vino a vivir al piso de al lado. Su madre era divorciada y en mi barrio eso estaba muy mal visto.

– En el mío también. ¿Así que Shelley se unió a las fuerzas militares en la operación cazuela?

– No. A Shelley le gustaba Jason y yo sobraba.

– Yo tengo una sensación parecida cuando estoy con Jon y Robin -dijo ella en voz baja.

Aidan abrió uno de sus ojos azules.

– Me podrías haber dicho lo de Robin.

– No me lo preguntaste. -Se puso seria-. Además, nunca le he dado importancia. Son mis amigos. ¿Jason y Shelley siguieron siendo amigos tuyos?

– Sí, pero al llegar a la adolescencia todo cambió. Se habían vuelto inseparables, y Shelley se quedó embarazada a los diecisiete años. Jason y ella se casaron a escondidas.

– Madre mía -exclamó Tess.

– Para entonces la madre de Shelley había vuelto a casarse y se encontraba en una situación más o menos cómoda. Se trasladó y les dejó la casa a Shelley y Jason. -Suspiró-. Pero Shelley perdió el bebé. No quería divorciarse y pasar por lo mismo que su madre, y además amaba a Jason, así que decidieron seguir juntos. Yo me hice policía, como mi padre y mi hermano. Y Jason también. A mí me tocó patrullar y Jason entró en Narcóticos. -Sacudió la cabeza-. Lo pillaron apropiándose de material incautado para consumo personal. Lo despidieron. Shelley se quedó destrozada y Jason… -Frunció los labios-. Se suicidó.

El corazón de Tess se aceleró.

– Oh, no.

– Pero mi amigo Jason era muy considerado. No quería que Shelley lo encontrara muerto, así que en vez de hacerlo en su casa lo hizo en la mía. -Se esforzó por tragar saliva-. Se hinchó de pastillas y las acompañó con unas copas de Jack Daniel's. Luego se acostó. Cuando doce horas después yo terminé el turno y llegué a casa, estaba muerto.

– Qué cruel. -Su voz sonó más tajante de lo que pretendía.

Él abrió los ojos.

– Pensaba que los suicidas te inspiraban compasión.

– El trastorno emocional o mental que impulsa a la gente a suicidarse me inspira lástima. Los seres queridos a quienes dejan me inspiran compasión. Aquellos que buscan ayuda me inspiran respeto. Jason tenía una vida por delante y la desperdició, y encima te implicó a ti. Me parece despreciable.

Él parpadeó.

– Es lo que siempre he pensado, pero me preguntaba si estaba bien.

– Yo me sentiría igual si alguien que me importa se quitara la vida. A menos que estuviera demasiado enfermo para evitarlo. ¿Estaba Jason enfermo?

– No lo sé, y creo que ya nunca lo sabré. Shelley se quedó destrozada. No tenía ingresos, ni siquiera un seguro de vida. No tenía pensión, ni estudios, ni nadie en quien buscar apoyo.

– Excepto tú.

– Excepto yo. Intimamos. De niño siempre había sentido algo por ella, pero ella era la chica de Jason. Al cambiar las cosas y tenerla para mí me sentía feliz.

– Y culpable, porque eras feliz a costa de la desgracia de tu amigo.

– Un poco, sí. De todas formas le pedí a Shelley que se casara conmigo y ella aceptó. Había ahorrado un poco y le compré un anillo que no estaba nada mal.

– ¿Le gustó?

– Me dijo que sí, aunque no se lo enseñó a ninguno de nuestros amigos. Una vez me insinuó que le comprara un anillo con un brillante más grande y yo me negué. No podía permitírmelo. Pero el marido de su madre se hizo rico cuando su negocio recibió una OPA y su madre le compró a Shelley un brillante más grande.

– Vaya.

– Fue nuestra primera disputa importante; pero no la última. Su padrastro estaba forrado y era muy generoso. Le compraba a Shelley muchos vestidos, y abrigos de pieles. Luego a ella le dio por decir que quería una casa en North Shore. -Apretó la mandíbula-. Su papá iba a ayudarnos.

Menudo golpe para su orgullo.

– Y tú le dijiste que no.

– Pues claro que le dije que no. Aquel gilipollas no hacía más que mirarme por encima del hombro a la mínima oportunidad.

Eso explicaba bastantes cosas.

– ¿Y cuál fue la gota que colmó el vaso?

– Su papá me ofreció trabajo. -Su tono desdeñoso se acentuó-. Yo no lo acepté y Shelley se puso a hacer pucheros. Me dijo que ganaría tres veces más que con un simple salario de policía. Un simple salario de policía. -Escupió las palabras-. Lo dijo tal cual, como si fuera una cosa de la que tuviera que avergonzarme.

Tess siempre trataba de no juzgar a los familiares de los pacientes a quienes no conocía. No obstante, Aidan no era ningún paciente, era su amor y se sentía herido.

– Si quería cambiarte es que no te amaba; y si creía que podía hacerlo es que no te conocía.

Su pecho se hinchió al respirar hondo y despacio.

– Gracias.

Ella desplazó los dedos hasta entrelazarlos con los de él.

– ¿Y?

– Y ya está.

No; no estaba. Pero era evidente que no pensaba contarle nada más.

– Muy bien.

El abrió un ojo.

– ¿Muy bien? ¿Eso es todo?

Ella esbozó una sonrisa irónica.

– ¿Qué quieres? ¿Qué me ponga a hacer pucheros? No va conmigo. -Arrimó la cabeza a su hombro-. Aunque sí que hay una cosa de la que me gustaría que habláramos abiertamente.

Él se puso tenso.

– ¿Cuál?

– Harold Green.

Él se incorporó de golpe, de modo que desde su postura Tess solo podía verle la ancha espalda.

– No.

Ella se estremeció.

– ¿Por qué no?

– Porque… -Se levantó y caminó hasta la ventana-. Porque no quiero hablar de él. Fue un accidente, nada más. Punto final.

– Lo mismo le dijiste a tu padre la otra noche.

– Tess, déjalo estar, por favor.

– No puedo. Pero ya que no quieres hablar, ¿me escucharás al menos?

– ¿No puedes callarte? -le espetó él.

Ella trató de no ofenderse.

– Sí. Dímelo y me iré a dormir.

– Ya te lo he dicho y sigues hablando de ello. -Su tono era frío como el hielo.

– Pues ya basta. -Trató de mantener la voz serena-. Es muy tarde, Aidan. Vámonos a dormir. -Se dirigió al baño, se volvió a mirarlo con impotencia y cerró la puerta.

Capítulo 20

Viernes, 17 de marzo, 2.55 horas.

Tess salió del baño cubierta con una camisa de Aidan. Le sorprendió ver que él no se había movido del sitio.

– ¿Hay alguien ahí fuera? -preguntó, y él negó con la cabeza.

– No. Si hubiera alguien lo sabríamos por Dolly.

– Acuéstate conmigo en la cama, Aidan. Te prometo que te dejaré dormir. -Tess se deslizó entre las sábanas y apagó la luz. En la penumbra de la habitación observó a Aidan de perfil; con el semblante austero y los brazos en jarras, miraba por la ventana algo que solo él podía ver.

– La encontré yo -dijo de pronto en tono brusco-. A la tercera niña.

Tess se incorporó. Se refería a la tercera de las niñas a las que Harold Green había asesinado.

– Ya lo sé. Murphy me lo contó la primera noche. Lo siento.

– La destripó. ¿Eso también lo sabías?

Tess tragó saliva.

– Sí. -Había sido horroroso. Las fotografías de las tres niñas brutalmente asesinadas de forma tan absurda parecían un atentado contra el decoro de quien las mirara. Pero había sido necesario mirarlas para poder examinar al hombre que les había infligido un trato tan atroz.