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De nuevo en su despacho, Brunetti metió las cuatro hojas en una carpeta que guardó en el cajón en el que solía apoyar los pies. Después de cerrar el cajón de un puntapié, abrió una carpeta que le habían dejado en la mesa mientras estaba con Patta: los motores de cuatro embarcaciones habían sido robados mientras sus dueños cenaban en la trattoria de la isleta de Vignole.

El teléfono le ahorró tener que contemplar la trivialidad del informe.

– Ciao, Guido -lo saludó la voz de su hermano-. Acabamos de regresar.

– Pero, ¿no ibais a quedaros más días?

Sergio se rió.

– Sí, pero como los de Nueva Zelanda se marcharon nada más leer su trabajo, yo decidí hacer otro tanto.

– ¿Cómo te ha ido?

– Si me prometes no reírte de mí, te diré que ha sido un gran éxito.

Realmente, el momento lo es todo. Si esta llamada hubiera llegado cualquier otra tarde, o incluso si le hubiera despertado a las tres de la madrugada, Brunetti hubiera estado encantado de escuchar el relato de las jornadas de su hermano en Roma y muy interesado en sus explicaciones sobre su trabajo y la acogida que había tenido. Pero ahora, mientras Sergio hablaba de roentgens y de residuos de esto y lo otro, Brunetti leía los números de serie de cuatro motores fuera bordo. Sergio hablaba de daños en el hígado y Brunetti observaba una gama de potencias de cinco a quince caballos. Sergio repetía la pregunta que alguien había hecho sobre el bazo, y Brunetti se enteraba de que sólo uno de los motores estaba asegurado contra robo y únicamente por la mitad de su valor.

– Guido, ¿me escuchas? -preguntó Sergio.

– Sí, sí, desde luego -aseguró Brunetti con un énfasis innecesario-. Me parece muy interesante.

Sergio se rió, pero resistió el impulso de pedir a su hermano que repitiera las dos últimas frases que había oído. Lo que hizo fue preguntar:

– ¿Cómo están Paola y los niños?

– Todos bien.

– ¿Raffi todavía sale con esa chica?

– Sí; a todos nos gusta mucho.

– Pronto le tocará el turno a Chiara.

– ¿Para qué? -preguntó Brunetti, sin comprender.

– Tener novio.

Sí, claro. Brunetti no sabía qué decir. El silencio se prolongaba.

– ¿Por qué no venís todos a cenar a casa el viernes?

Brunetti se dispuso a aceptar, pero rectificó:

– Se lo preguntaré a Paola y veremos si los chicos han hecho algún plan.

Con una repentina seriedad en la voz, Sergio dijo:

– Quién había de imaginar que veríamos este día, ¿eh, Guido?

– ¿Ver qué día?

– El día en que para todo hay que consultar con la mujer y preguntar a los hijos si tienen otros planes. Nos hacemos viejos, Guido.

– Sí, seguramente. -Aparte de Paola, Sergio era la única persona a quien podía hacer esta pregunta-: ¿Eso te molesta?

– No sé si importa mucho que me moleste o no. Es algo que no podemos parar. Pero, ¿por qué tienes hoy ese tono tan serio?

A modo de explicación, Brunetti preguntó:

– ¿Has leído los periódicos?

– Sí; en el tren de regreso. ¿Eso de los Lorenzoni?

– Sí.

– ¿Lo llevas tú?

– Sí -respondió Brunetti sin dar detalles.

– Terrible. Pobre gente. Primero, el hijo y, ahora, el sobrino. No sé qué es peor. -Pero era evidente que Sergio, recién llegado de Roma y aún eufórico por su éxito profesional, no quería hablar de estas cosas, por lo que Brunetti cortó.

– Hablaré con Paola. Ella llamará a Maria Grazia.

25

Podría decirse que la ambigüedad es la característica que define a la justicia italiana o, más concretamente -puesto que este concepto es un tanto abstracto-, el sistema judicial que ha creado el Estado italiano para la protección de sus ciudadanos. A muchos les parece que, cuando la policía no está trabajando para llevar a los delincuentes ante los jueces, está investigando y arrestando a esos mismos jueces. Las sentencias son difíciles de conseguir y, muchas de ellas, revocadas en la apelación; los homicidas hacen pactos y salen en libertad; los parricidas reciben correo de admiradores en la cárcel; las autoridades y la Mafia marchan de la mano hacia la ruina del Estado o, peor aún, hacia la ruina del concepto mismo de Estado. El doctor Bartolo de Rossini podía estar pensando en los tribunales de apelación italianos cuando cantaba: «Qualche garbuglio si troverà.»

Durante los tres días siguientes, Brunetti, desmoralizado por una sensación de la futilidad de sus esfuerzos, reflexionaba sobre la naturaleza de la justicia y, con Cicerón como una voz que se resistía a callar, sobre la rectitud moral. Todo ello, al parecer, sin objeto.

Al igual que el duende de un cuento infantil que Brunetti había leído hacía décadas, que acechaba debajo de un puente, así acechaba también, en el cajón de su escritorio, la lista que había hecho, callada, pero no olvidada.

Brunetti asistió al funeral de Maurizio más asqueado por la presencia de las hordas, de vampiros con cámara que por el recuerdo de lo que contenía la pesada caja con bordes sellados con plomo contra la humedad del panteón familiar de los Lorenzoni. La condesa no estaba, pero el conde, con los ojos enrojecidos y apoyándose en el brazo de un hombre más joven, salió de la iglesia detrás del féretro de su sobrino, al que había matado. Su presencia en el acto y la nobleza de su porte sumieron a toda Italia en un transporte de sentimental admiración como no se había visto en el país desde que los padres de un niño norteamericano donaron sus órganos para salvar la vida de pequeños italianos, compatriotas de su asesino. Brunetti dejó de leer los periódicos, pero no antes de enterarse de que el magistrado encargado de la instrucción del caso había decidido considerar la muerte de Maurizio consecuencia de un acto de legítima defensa.

Brunetti, con el espíritu de mortificación propio del que, teniendo dolor en una muela, no para de hurgársela con la lengua, se dedicó al caso del robo de los motores. En un mundo desquiciado, los motores eran tan vitales como la vida misma. Así pues, ¿por qué no buscarlos? Pero, ¡ay!, el caso resultó excesivamente fáciclass="underline" pronto encontraron los motores en casa de un pescador de Burano, cuyos vecinos, al verle descargarlos de su barco uno tras otro, sospecharon y lo denunciaron a la policía.

El mismo día en que Brunetti había conseguido este éxito fulminante, apareció en la puerta de su despacho la signorina Elettra.

– Buon giorno, dottore -dijo al entrar, con la cara oculta y la voz ahogada por el enorme ramo de gladiolos que llevaba en brazos.

– Pero, ¿qué es esto, signorina? -preguntó él, y levantándose la guió tomándola del brazo, para que no tropezara con la silla que tenía delante de la mesa.

– Flores extra -contestó ella-. ¿Tiene florero? -Puso las flores encima de la mesa y, al lado, un fajo de papeles un tanto deteriorados por la presión de sus manos y la humedad de los gladiolos.

– Quizá haya uno en el armario -respondió él, desconcertado, incapaz de adivinar la causa de aquel derroche floral. ¿Y extra? A ella le llevaban las flores los lunes y los jueves, y hoy era miércoles.

Ella abrió el armario, revolvió entre los objetos del suelo y se levantó con las manos vacías. Agitando una mano en dirección al comisario, fue hacia la puerta sin decir nada.

Brunetti miró las flores y luego los papeles que estaban al lado: un fax del doctor Montini de Padua. Los análisis de Roberto. Los dejó caer en la mesa. Las flores hablaban de vida, de ilusión y de alegría, y ahora él no quería recordar al muchacho muerto ni remover los oscuros sentimientos que le inspiraban él y su familia.

La signorina Elettra no tardó en volver, con un jarrón Barouvier que Brunetti había admirado más de una vez en la mesa de la joven.