Sin poder impedirlo, un par de lágrimas asomaron en sus ojos. Pero reaccionó rápidamente, echó la cabeza hacia atrás y recobró el control.
– El bastón no es tan malo como crees. Al contrario -explicó ella-. Si aprendes su técnica, podrás pasear sin golpearte con nada, encontrarás el camino con facilidad, sabrás distinguir los objetos…
– Creía que para eso ya estaban los perros lazarillos.
– Sí, lo están, pero un perro lazarillo supone una enorme responsabilidad para su dueño.
Tendrías que establecer un lazo emocional con él, y una vez establecido, no podrías librarte de él como si fuera chatarra. En el futuro podemos considerar esa posibilidad y la posibilidad de que aprendas braille, pero de momento…
– ¿Tienen chimpancés lazarillos? -preguntó, para introducir cierto sentido del humor en la conversación-. Francamente, preferiría un chimpancé. Podría entrenarlo y enseñarlo a marcar los números de teléfono por mí.
Sara rió, pero no dejó que la distrajera.
– Hay otro método que te puede ayudar, y que básicamente consiste en aprender a distinguir las variaciones de los sonidos de tu alrededor. Suele funcionar bien con los ciegos de nacimiento, pero no sé si serviría contigo – comentó-. Se trata de hacer pequeños chasquidos con la boca y acostumbrarse a los ecos que producen para saber qué estructuras te rodean. Es algo así como el sistema de sonar de los murciélagos.
– ¿Y funciona?
– Hay quien dice que sí. Hay ciegos que afirman que es como si pudieran distinguir todo el paisaje que los rodea.
– No sé, no sé… casi prefiero el bastón.
Damian estaba haciendo un verdadero esfuerzo por controlar su desesperación y su ira y mostrarse amable. A fin de cuentas, y puestos a elegir, era mejor reír que llorar. Además, no quería que Sara pensara que era un cretino. Y, por desgracia, sospechaba que ya había llegado a esa conclusión.
Decidido a cambiar la imagen que estaba dando, se prometió que intentaría ser bueno. Sara no merecía otra cosa y por otra parte sabía que podía ayudarlo a mejorar, aunque no le gustara admitirlo.
Pero existía una razón al margen de todo aquello: no quería que se marchara.
De modo que respiró profundamente y dijo, de forma tan dulce y agradable como pudo:
– Está bien, mi querida terapeuta. Soy todo oídos. Haz lo que quieras conmigo, porque estoy en tus manos.
Sara tuvo que echarse unos minutos antes de la sesión de la tarde. Estaba agotada y no sabía qué le cansaba más: si el hecho de que Damian cooperara totalmente o el hecho de que coqueteara con ella. En cualquier caso, se había tomado la terapia en serio. Y el tiempo había pasado volando.
Todavía no podía creer que el príncipe hubiera abandonado su actitud inicial de rechazo. Pero a pesar de su sorpresa, seguía sin saber si las lecciones le servirían para avanzar realmente.
Capítulo Seis
Se había pasado la mayor parte de la mañana explicándole las distintas opciones que tenía en su estado, incluidos algunos programas informáticos diseñados para ciegos, y varios ejercicios básicos para moverse por la suite. Además, le había pedido que caminara por la habitación y que intentara identificar los distintos sonidos y guiarse con ellos.
Por supuesto, Damian no dejaba de hacer todo tipo de comentarios irónicos sobre la experiencia. Pero, por lo demás, no podía quejarse de su actitud.
Cuestión aparte era su propia reacción ante el príncipe. Al principio se había dicho que era lógico que se sintiera atraída por un hombre tan atractivo, pero no tardó en comprender que se trataba de algo más. Bajo su amargura y su dolor, había descubierto cosas que la estremecían, detalles que la acercaban a él.
Ahora, el mayor de sus problemas consistía en mantener la necesaria distancia profesional con un hombre por el que empezaba a sentir algo más que cariño.
Por esa razón, se sintió muy aliviada cuando Damian se marchó. Sara aprovechó para llamar de nuevo a su hermana y luego le pidió a Annie que le llevara el historial del príncipe para estudiarlo con más detenimiento. Aquella tarde debía reunirse con su supervisora para informarla sobre los progresos del paciente, y por la noche iba a cenar con otra terapeuta con la que había trabajado varias veces.
En cuanto al transmisor, todavía no había llegado; así que llamó al fabricante y le aseguraron que estaría en la mansión en una hora, pero la hora pasó y el envío seguía sin llegar.
Por lo visto, se vería obligada a dar la siguiente sesión sin el aparato de marras. Y lo malo del asunto era que se lo había prometido a Damian.
– Lo siento -le dijo, cuando se volvieron a encontrar-. El transmisor no ha llegado todavía, pero podemos trabajar con otras cosas.
– Trabajar, trabajar… -protestó-. Otra vez esa palabra.
Sara lo miró y se dijo que insistir con los ejercicios de la mañana tal vez no fuera una buena idea. Se le veía cansado y decidió optar por algo distinto.
– ¿Qué te parece si te leo algo? -preguntó, mientras recogía algunas revistas-. Veamos… aquí tenemos revistas sobre arqueología, ecología, e incluso arquitectura.
Damian eligió una y ella empezó a leer, aunque el príncipe no la estaba escuchando realmente. El sonido de su voz ocupaba toda su atención: provocaba en él una reacción similar a la del jazz. Se sentía como si fuera el único hombre el universo, como si de repente todo empezara a tener sentido. Más que una voz, era una cálida brisa de primavera.
– Un artículo interesante, ¿no te parece?
– Sí, muy interesante -dijo él, aunque no se había enterado de nada.
– ¿Quieres que lea otro?
– Sí, por favor, pero esta vez elígelo tú.
Sara decidió leerle una columna sobre los espejismos en el desierto de Arizona, tema que le pareció fascinante y que de hecho terminó de hechizar a Damian. Ahora, casi la podía imaginar físicamente. Y en su imaginación era una especie de ángel.
Incómodo con el rumbo que estaban tomando sus pensamientos, Damian decidió interrumpirla.
– Estoy intentando verte mientras lees -le dijo-. Bueno, más bien imaginarte… ¿De qué color es tu pelo?
– ¿Mi pelo? -preguntó, echándoselo involuntariamente hacia atrás-. Es rubio claro.
– ¿En serio? -preguntó, inclinando la cabeza-. Había pensado que eras morena…
Ella sonrió y negó con la cabeza. Le sorprendía que Damian se estuviera comportando de forma tan dulce y amistosa. Por lo visto, la terapia surtía efecto.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Tal vez por la densidad de tu tono de voz. Me trae a la memoria la belleza del Mediterráneo, sus campos, sus olivos, sus noches…
Sara rió con suavidad.
– Te recuerdo que en el Mediterráneo también hay muchas rubias -observó-. Aunque supongo que mi aspecto es más escandinavo que otra cosa.
– ¿Y de qué color tienes los ojos?
– Azules.
Damian se detuvo un momento, como si estuviera considerando detenidamente la información. Al cabo de unos segundos, preguntó:
– ¿Eres guapa, Sara Joplin?
El pulso de Sara se aceleró.
– ¿Qué importancia tiene eso?
– Mucha. Hasta los ciegos reaccionan ante una mujer bella. Imagino que es algo que está en la naturaleza de los hombres -respondió el príncipe-. Pero seas como seas, yo creo que eres bella. Extremadamente bella, en realidad.
Sara se quedó sin aliento. No se sentía extremadamente bella en absoluto, pero eso carecía de importancia.
– Si te hace feliz creerlo… Pero te recuerdo que te has equivocado de pleno con el color de mi cabello.
Damian sonrió.
– Ah, sospecho que crees que soy un hombre superficial…
Sara rió.
– No necesitaba que me dieras pruebas nuevas para llegar a esa conclusión. Ya lo había hecho.