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– Oh, vaya…

Damian simuló que el comentario de Sara lo había herido, pero rió de buena gana.

– ¿Es cierto que los ciegos tocan la cara de la gente para saber cómo son? -preguntó él.

Ella lo miró con atención. Sabía a dónde quería llegar y cada vez estaba más nerviosa.

– Sí, a veces.

– Yo nunca lo he hecho. Y supongo que debería aprenderlo, ¿no te parece? ¿Por qué no empezamos contigo?

Sara suspiró.

– Bueno, no sé si…

– Oh, vamos… -dijo, sonriendo-. No es para tanto. Eres mi profesora y necesito saber qué aspecto tienes.

Sara miró hacia la puerta y sintió la tentación de salir corriendo, pero sabía que habría sido una reacción ridícula y excesiva. Además, Damian tenía razón: no era para tanto. Era bastante habitual que sus pacientes tocaran su cara para conocerla un poco mejor.

Por desgracia, Damian no era como los demás. Sara tenía miedo de que pudiera verla, a su modo.

Respiró profundamente y se intentó convencer de que podía hacerlo.

– Está bien. Me acercaré a ti y me inclinaré para que puedas tocarme.

Mientras avanzaba hacia Damian, Sara sintió que las manos le sudaban. El príncipe era de rasgos clásicos y bellos, un hombre increíblemente atractivo sobre cuya frente caía un mechón de cabello oscuro. En cuanto a sus manos, le parecieron fuertes y delicadas al mismo tiempo.

Una vez más, sintió que no sería capaz de hacerlo.

Y una vez más, se repitió que se estaba comportando como una colegiala, que aquello no era nada importante.

– Bueno, vamos allá -se dijo, para animarse-. Yo te guiaré.

Sara lo tomó de la mano y la llevó a su rostro. Damian la tocó cuidadosamente, sin prisa, pasando por sus cejas, sus mejillas, sus orejas e incluso su boca. Fue algo tan excitante que ella tuvo que cerrar los ojos y contener la respiración.

– Eres más suave que tu voz -dijo él.

Ella abrió la boca para decir algo, pero no pudo.

– Y hueles a margaritas.

– Pero si las margaritas no huelen a nada…

– Da igual que no huelan a nada. En mi imaginación, ese olor está asociado a las margaritas.

Sara se sentía profundamente avergonzada.

Estaba haciendo lo posible por recordar que era su terapeuta, pero sus palabras y su contacto le provocaban un inmenso placer.

Entonces, la tomó de la nuca y la atrajo hacia él.

– Ven aquí. Quiero probar algo más.

Damian se limitó a apoyar la cabeza contra el cuello de Sara, pero la imaginación de la mujer se llenó de escenas eróticas. Imaginó cuerpos unidos, cuerpos desnudos, cabellos revueltos, respiraciones aceleradas, caricias sobre una suave piel.

Era algo maravilloso. Y tan intenso que se sintió dominada por el deseo.

– Eres un canalla -dijo ella entre risas nerviosas.

Damian sonrió y se apartó.

– Un canalla a tu servicio…

Sara regresó rápidamente a su silla y recogió sus materiales de enseñanza. Por suerte para ella, el príncipe no podía ver que le temblaban las manos.

– ¿Cómo has conseguido convertir una terapia en una sesión de caricias? -preguntó ella-. No, no me lo digas… Sencillamente, tienes que prometerme que no volverá a pasar.

– Oh, no me decepciones…

Damian parecía maravillosamente dolido por sus palabras, y Sara pensó que era tan audaz como encantador. Pero en cualquier caso, se repitió que debía ser más cautelosa en el futuro.

Lamentablemente, no estaba nada segura de conseguirlo. Damian era demasiado atractivo, demasiado seductor, demasiado sexy. Además, estaba utilizando todos sus recursos para flirtear con ella, algo que por sí mismo bastaba para que se sintiera dominada por la euforia.

Entonces, comenzó a pensar de otro modo.

Hasta ese momento, Sara se había repetido en reiteradas ocasiones que debía mantener las distancias con él. Pero ahora, por primera vez, se dijo que dejarse llevar podía ser una buena idea. Y se preguntó si Damian habría notado su rubor, el temblor de sus manos, la aceleración de su pulso, la respiración entrecortada y casi jadeante.

Desesperada, pensó que sería mejor que pusiera fin a aquella situación.

– A primera hora de la mañana, volveré a llamar al fabricante de los transmisores – declaró de repente-. Y si no los pueden enviar de inmediato, iré personalmente a recogerlos. Sé que quieres empezar a practicar cuanto antes para estar preparado para el baile.

– El baile… Ah, sí, claro. Ese es el objetivo -declaró él, sin ningún entusiasmo-. Pero debo advertirte que no es una simple gala. También será la fiesta de mi compromiso.

Sara se quedó helada y lo miró con incredulidad.

– ¿Cómo? ¿Tu compromiso?

– Sí.

Sara palideció de repente. No podía creer que el príncipe estuviera comprometido con otra mujer y que nadie se lo hubiera comentado. Se sentía profundamente humillada y deprimida, y ni siquiera sabía por qué.

– ¿Y quién es la afortunada mujer, si se puede saber? -preguntó, con tanta calma como pudo.

La situación era terrible para ella. Sabía que las relaciones sentimentales de Damian no eran asunto suyo, pero se sentía como si lo fueran.

– Se llama Joannie Waingarten. Es la hija del conocido industrial Bravus Waingarten. Supongo que habrás oído hablar de él…

– Sí, por supuesto. Si no recuerdo mal, estos días ha salido varias veces en televisión por…

– Por un posible fraude, es cierto, pero sé que saldrá de esta. Su madre es de Nabotavia y él es un sincero amigo de nuestra causa.

– Sí, por supuesto -repitió.

Sara lo miró e intentó decir algo, cualquier cosa. Pero no se le ocurrió nada mejor que huir.

– Bueno, tengo que marcharme -añadió.

– ¿Vas a dejarme solo otra vez?

Ella dudó.

– ¿No decías que te gustaba estar solo?

Él movió la cabeza en gesto negativo.

– No. En mi mundo ya hay bastante oscuridad.

Damian lo dijo sin ninguna autocompasión, como una simple constatación de su estado, pero Sara sintió una punzada en el corazón. Deseó abrazarlo, animarlo, darle calor. Deseó tomarlo allí mismo.

Después, se mordió un labio y se dijo que sería mejor que saliera de aquella habitación cuanto antes. Estaba perdiendo el control.

– Te veré mañana…

Sara salió a toda prisa y sólo se detuvo al llegar a la escalera.

– Esto no volverá a pasar -se prometió en voz alta-. No volverá a pasar nunca más.

Damian permaneció sentado, todavía sorpendido por su encuentro con Sara. No sabía qué había pasado exactamente entre ellos, pero resultaba evidente que había pasado algo.

Hacía tiempo que ninguna mujer se derretía de ese modo entre sus brazos. Sabía que su condición de príncipe era razón más que suficiente para que algunos miembros del sexo opuesto se sintieran irremisiblemente atraídos por él, cuestión que nunca le había preocupado. Pero Sara no era igual. Había notado su excitación, y sin embargo, se había alejado de él.

Se le estaba resistiendo y empezaba a sentir fascinación por ella, aunque seguía pensando que se trataba de una respuesta física bastante lógica: al fin y al cabo, no se acostaba con nadie desde hacía meses.

Pero en aquel momento tenía cosas más importantes de las que preocuparse. Para empezar, estaban sus sospechas sobre el accidente.

Todavía no le había contado a nadie lo que pensaba, y al parecer, nadie parecía compartirlo; pero la certidumbre crecía día a día en su interior. Alguien había preparado el accidente. Sabía que la lancha se encontraba en perfecto estado y que no habría reaccionado de aquel modo, al tomar la curva, de no intervenir la palabra sabotaje.

No cabía otra respuesta. O sí.

Damian pensó que tal vez estuviera reaccionando de forma paranoide y exagerada. No habría sido extraño en su situación, dado que de repente había perdido la vista y no era más que un ciego, sentado en la oscuridad, que se sentía impotente, solo e indefenso.