Harto de todo aquello, se preguntó si se había convertido en una víctima. Pero no quería serlo. Odiaba serlo.
Y sin embargo, sentado allí, solo, lo era.
– Hoy va a ser diferente.
Sara se miró al espejo e intentó convencerse de sus palabras. Estaba decidida a concentrarse en el trabajo, olvidar lo sucedido y demostrarse que no se había enamorado del príncipe, que no se había dejado llevar por el deseo y que no le importaba que estuviera comprometido con otra mujer.
Por un momento, consideró la posibilidad de que Damian se hubiera inventado lo del compromiso para alejarla de él. Pero enseguida desestimó la idea; no se lo había contado porque quisiera alejarla, sino porque le daba igual que lo supiera. Además, sabía que no podía hacerse ilusiones con él. En el mejor de los casos, sólo podrían mantener una relación rápida y sexual.
Tomó aliento, abrió la puerta y salió al pasillo. Ahora estaba enfadada con Damian, y prefería el enfado que el deseo.
Una vez más, se topó con el duque y con el conde Boris en la sala donde servían el desayuno. Se sentaron juntos y charlaron un rato de cosas sin importancia, hasta que el primero dijo:
– Tengo una sorpresa.
– ¿Una sorpresa? ¿Qué es? El duque sonrió.
– Si te lo dijera, no sería una sorpresa, ¿no te parece?
Ella se mordió el labio inferior para ocultar su sonrisa.
– No, claro, supongo que no…
– Te has levantado muy pronto esta mañana -intervino el conde-. Eso significa que la duquesa se ha marchado…
– Sí -dijo el duque, sonriendo-. La princesa y ella se han marchado a un delicado salón de té en Dunkirk o algo así. Dudo que regresen hasta primera hora de la tarde.
Annie apareció entonces con un paquete para el duque. Se lo dio, y acto seguido, declaró:
– La princesa y la duquesa se encuentran en el salón de té de las Damas de Nabotavia, en Downey. Dijeron que estarían de vuelta a las tres en punto, como muy tarde.
– Muchas gracias, Annie, seguro que tienes razón -dijo el duque, con mirada pícara – Que Dios te bendiga.
El duque se inclinó hacia sus dos acompañantes y declaró, con tono conspiratorio:
– Annie me ha preparado una comida especial que llevará a mi laboratorio: eso es lo que contiene este paquete. Pero espero que el asunto quede entre nosotros y que sepáis guardar un secreto.
Boris arqueó una aristocrática ceja.
– Qué cosas tienes: por supuesto que sí. ¿Verdad, Sara? Lo que la duquesa no sepa…
Sara asintió y pensó que la situación era absurda. Estaba segura de haber leído alguna escena similar en una obra de teatro; pero en esta ocasión no se trataba de literatura sino de la vida real, de un mundo del que ella formaba parte.
Pero había llegado el momento de marcharse. Damian la estaba esperando.
– Si me perdonáis, tengo que hacer unas cuantas llamadas telefónicas antes de ver al príncipe.
– Por supuesto, márchate cuando quieras.
– Ah, por cierto -dijo el duque, cuando ella ya estaba a punto de salir-. Dile a Damian que su primo Sheridan llegó anoche. Estoy seguro de que se alegrarán mucho al verse. Siempre fueron grandes amigos.
Sara sonrió y dijo:
– Lo haré.
Damian oyó los pasos en el corredor. Para entonces ya sabía que se trataba de Sara, aunque en realidad, no sabía por qué.
En cualquier caso, el hecho de percibir detalles tan pequeños como ese hizo que se sintiera de muy buen humor.
– Hola -dijo ella.
– Buenos días. Llegas tarde.
– He tenido que hacer varias llamadas – suspiró -. Esos malditos transmisores… Dicen que se han quedado sin existencias del tipo que necesitamos y que no las recibirán, al menos, hasta esta tarde.
El buen humor de Damián comenzó a declinar.
– Tendremos que insistir…
– Si no llegan hoy mismo, llamaré a otra compañía.
El príncipe asintió, aunque la impaciencia lo estaba devorando por dentro. En los viejos tiempos, antes de perder la vista, tenía por costumbre salir a correr cuando estaba tenso. Ahora no podía hacerlo, de manera que se dijo que tendría que encontrar otra forma de liberar tensión.
– ¿Qué has planeado para hoy? -preguntó él, intentando pensar en otra cosa.
– En primer lugar, quiero revisar varias cosas contigo. Anoche hablé con el doctor Simpson y charlé con otros terapeutas sobre tu caso. Todos tienen cosas interesantes que decir, así que me dije que seguramente te gustaría oírlas.
Sara tomó asiento y le contó, con gesto imperturbable, todo lo que le habían dicho sus colegas de profesión. A Damián no le importaba en absoluto. Sólo quería que estuviera a su lado.
Al cabo de un buen rato, decidió interrumpir su discurso.
– Sara, todas esas personas son expertas en ceguera; pero a menos que ellos mismos se hayan quedado ciegos, no podrían entender realmente lo que se siente -observó-. Te confesaré que sus teorías no me interesan. Pero haré algo mejor que eso: te contaré lo que se siente.
Damián se detuvo unos segundos antes de seguir hablando.
– Me siento tan solo en esta oscuridad que a veces creo que me voy a volver loco; pero aún peor que la soledad, es la pérdida de la confianza. No podrías imaginar lo que es eso. El mundo entero se convierte en un lugar enemigo, desconocido, preocupante. Y por si fuera poco, tienes que aguantar los comentarios de los demás… ¿Sabes lo mucho que me molesta que se rían de mí?
– Nadie se ríe de ti.
El príncipe desestimó su comentario y a Sara no le sorprendió: lo había dicho con total sinceridad, pero no era lo más apropiado para aquella situación.
Creía saber lo que iba a contarle. Le iba a decir que él era un príncipe, un miembro de una Casa Real, y que estaba acostumbrado al poder, a la arrogancia, a sentir cierta superioridad hacia los demás. Y que naturalmente, se sentía muy mal al suponer que las personas que lo rodeaban, sobre todo las de rango social inferior, pudieran reírse a su costa.
Pero Damián no dijo nada parecido.
– Mira, Sara, quiero librarme de la ceguera tan pronto como sea posible. Aún no hemos hablado de posibles soluciones médicas. ¿Conoces, o conocen tus amigos, algún remedio? Tomaría lo que sea, estaría dispuesto a hacer lo que fuera… Sólo quiero librarme de esto.
Sara notó su desesperación y la pasión contenida en sus palabras. Sin embargo, no podía mentirle.
– Me temo que no hay ninguna solución mágica, Damián. No podemos hacer nada salvo intentar mejorar tu respuesta.
Sara estuvo a punto de disculparse, pero no lo hizo. Seguía empeñada en mantener la distancia profesional con su paciente, a pesar de lo mucho que le gustaba.
Damián se quedó allí, sentado, sin hacer nada. Era como un animal salvaje al que hubieran herido y que no supiera cómo reaccionar. Y ella se emocionó tanto al contemplar su expresión que en ese mismo instante decidió que haría algo, lo que fuese, para ayudarlo.
Se levantó, se sentó en el sofá a su lado y lo tomó de una mano.
– Lo siento, Damián. Sé que sentarte a esperar debe de ser una sensación insoportable, que quieres actuar. Estás acostumbrado a ello: cuando no te gustan tus circunstancias, las cambias. Pero esto es distinto. Se necesita tiempo.
– Tiempo -repitió él.
Damián alzó una mano y la acarició en la cara.
De repente, todos los sentidos de Sara se despertaron. Su corazón comenzó a latir más deprisa y deseó besarlo, con todas sus fuerzas, al contemplar aquellos labios firmes, duros, definidos.
Aquello era totalmente nuevo para ella. Nunca había sentido nada parecido por un hombre. Por supuesto, había salido con muchos chicos en su adolescencia y en la universidad, pero nunca había encontrado a nadie que la volviera loca de aquel modo.
Damián era distinto.
– Sara… -dijo él, con voz seductora.
– No.
Sara pronunció el monosílabo antes incluso de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Tenía que poner punto y final a aquella situación. Era una profesional. No podía traicionar su código deontológico.